Algunos seres de luz adoran el verano. Los veranos. Y el verano los adora a ellos. Sus cuerpos elásticos parecen manufacturados ex profeso para esta época del año. En su piel resbala la arena que a otros se les pega irremisiblemente a la epidermis; sus iris están despejados y no conocen los ojos rojos de la sal; tienen las articulaciones más largas, más extendidas, como si su estado natural fuera la completa horizontalidad. Como si los capturáramos constantemente en el momento de despertar, estirándose, en mitad de esa línea blanca de la madrugada que destila la noche de la mañana en la que todavía no se ha gastado ni un gramo del día y quedan por delante todas las horas de sol.

Es una pena que otros, hijos del verano único, singular, no pertenezcan a su ancestral tribu genética. Esos que se criaron en la luz plena, o quizá precisamente por ello. Los veranos en tierras amarillentas monodosis de sol, tan lejos de aguas abiertas como cerca de cielos infinitos. Horas de olas de calor y, entre medias, noches en las que sudar follando y en las que matar el tiempo ingiriendo suficiente alcohol como para poder sobrevivir al siguiente y frío invierno. Veranos en Castilla, veranos en Madrid, donde los llaman los veranos de la Villa, y eso que siempre odiamos las rimas por aquí.

Los excluidos nunca participaron de la promesa del estío. No pueden evitar mirar a su alrededor con cierto resquemor porque, aunque hayan alcanzado la edad en la que se pueden mover hacia otras latitudes y esforzarse por cambiar de vida, saben que nunca podrán alcanzar a sus primos lejanos. Su piel es más dura y más oscura, curtida por los años de lagartos, y en sus ojos siempre ligeramente entornados, por si acaso, la fotografía del verano es una instantánea a la que le falta luz, por mucho tiempo de exposición que utilicen.

Mira a tu alrededor. Como se suele decir, si no eres capaz de reconocerlos, es que eres uno de ellos. Que tengas buen viaje en segunda clase.

 

Comentarios

Comentarios