Ya les había comentado que soy ateo. Que no creo en la existencia de la vida después de la muerte. Sin embargo, en mis años de infancia fui católico porque así me enseñaron en casa. El poeta Charles Baudelaire tampoco creía en Dios. Cuentan que antes de morir, con su cuerpo deteriorado e inmóvil por la sífilis, se resistió a besar el crucifijo del cura que le dio la última bendición.

Me fascina leer a los poetas malditos: a Rimbaud, a Verlaine y, principalmente, a Baudelaire y al Conde de Lautréamont. Cuando era muy joven sabía de memoria algunos de sus poemas. Los recitaba cuando estaba borracho. Los versos hablaban de carroñas, de moscas, de putrefacción y de muerte.

Lautréamont dice: «No me verán, en mi última hora (escribo esto en mi lecho de muerte), rodeado de curas. Quiero morir mecido por las olas de la mar tempestuosa, o erguido sobre la montaña… pero no con los ojos vueltos a lo alto».

También recuerdo unos versos de Rimbaud dedicados al cadáver de un soldado tirado sobre la yerba:
«Es un surco de verdura donde canta un río
. Prendiendo entre risas jirones de plata
por las yerbas; donde el sol alumbra desde
la altiva montaña: es una vaguada que hierve de fulgor.

Un soldado joven, cabeza desnuda, boca abierta
Y la nuca encharcada entre el fresco berro azul. Duerme; está tendido sobre la yerba, bajo el cielo,
Pálido en su lecho verde donde llueve la luz.

Duerme con los pies entre gladiolos. Sonriendo
. Como haría un niño enfermo, sueña:
¡Mécelo con amor Naturaleza, que tiene frío!

Los aromas ya no estremecen sus sentidos. Duerme tranquilo al sol, con una mano sobre el pecho.
 Dos hoyos rojos se abren en su costado».

En pintura también tengo presentes varias obras que se relacionan con la guerra, con los soldados y con la muerte. A principios del siglo XX no fueron pocos los pintores que participaron en la primera guerra mundial. Pintores expresionistas como Kirchner y Otto Dix produjeron imágenes que reflejaban sus experiencias en el campo de batalla. Por mencionar un ejemplo, tenemos el autorretrato como soldado hecho por Erns Ludwig Kirchner en 1915, en donde éste se representó en primer plano con la mano derecha mutilada, haciendo una referencia metafórica a su imposibilidad de pintar durante la guerra.

Erns Ludwig Kirchner, Autorretrato de soldado, 1915. Imagen de artehistoria.com

Desde un enfoque distinto, también debemos reconocer que los soldados en condiciones de ventaja pueden ejecutar acciones rapaces y viles hacia otros seres humanos. En la serie de grabados Los desastres de la guerra, Goya documentó muy bien las atrocidades de la guerra de independencia española a principios del siglo XIX.

Casi 150 años más tarde, el pintor norteamericano Leon Golub participó en la segunda guerra mundial. Cuando regresó a su país de origen se dedicó a encarnar en sus obras las acciones más oscuras y recurrentes de la condición humana. Su trabajo artístico es un referente de la pintura figurativa de la segunda mitad del siglo XX.

El sábado anterior tuve la oportunidad de ir a ver la primera exposición retrospectiva de Golub en nuestro país, presentada en el Museo Tamayo. Dios no estaba ahí. Al menos, no estaba en la obra de este artista que de forma literal presenta imágenes de la violencia entre seres humanos a causa del abuso del poder.
Pude observar pinturas de gran formato, hechas con largos trazos seguros y enérgicos, en donde figuras humanas con uniformes de policías o soldados torturaban a mujeres y a hombres desnudos. También vi figuras, enormes e imponentes, de mercenarios encajuelando a sus víctimas.

Leon Golub, Interrogatorio III, 1981.

Lessing, en su pensamiento neoclásico, decía que un buen pintor debería transformar la fealdad en belleza. La obra de Leon Golub muestra que Lessing estaba equivocado, sus pinturas monumentales son grotescas como la esencia del ser humano. Aquí podemos ver el monstruo que todos llevamos dentro y la posibilidad de lastimar, mutilar o asesinar a otro si se dan las condiciones adecuadas. ¿Embellecer no es ocultar?
La pintura de Golub es actual y universal. De acuerdo a eventos recientes en los que han desaparecido muchas personas en nuestro país y a los vínculos entre los mercenarios y el gobierno podríamos entender que esta exposición es una declaración de protesta hecha por los trabajadores del Museo Tamayo. Desde mi punto de vista es un acierto.

Al igual que Baudelaire, en mi lecho de muerte no quisiera que me diesen a besar ninguna cruz. Que no venga un cura a prometerme que hay vida más allá de la muerte. Aquí hay muchas cosas infernales que son nuestra prioridad antes que estar imaginando mundos y dioses fútiles y frívolos.
Referencias
Lautréamont, C. d. (2000). Cantos de Maldoror. Ciudad de México: Ediciones Coyoacán.

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Imagen para portada tomada de http://spanish.peopledaily.com.cn/31618/7681312.html

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