Para alguien que le gusta leer, hay pocos regalos mejores que un libro. Una novela, un cuentario, un libro de historia, de superación personal, de ensayo, de geología, un manual de identificación de árboles endémicos, de cocina, de filosofía contemporánea e, incluso, uno de esos libros escritos por autores anónimos que se publican firmados por algún político detestable. Todo aporta. O puede aportar.

Y es que, cuando uno es un lector empedernido, es porque es una persona que siempre está a la búsqueda. Es alguien que tiene más preguntas que respuestas -y lo sabe. Alguien que busca comprender. Alguien que está inconforme con su ignorancia; porque así lo asume, como ignorancia, pues considera una obligación gozosa entender lo que desconoce. O por lo menos atisbarlo pues, entre más lee, más consciente está de sus limitaciones. Pero tiene la esperanza, siempre, de que en un libro va a encontrar eso que busca y que no sabe nombrar, aunque lo intuye. Porque además le ha pasado. Eso: encontrar lo que buscaba o, mejor, encontrar lo que no buscaba y le pareció maravilloso, excepcional.

Por eso lee. Por eso sigue leyendo. En espera de otra maravilla.

Y si, además ese lector escribe, entonces hay una segunda maravilla posible, un segundo alivio: el de encontrar un libro que dice mejor que tú lo que querías decir y, por lo tanto, ya no es necesario escribirlo (pues la escritura, también, suele partir de esa necesidad de poner sobre la mesa un hecho, un fenómeno, un tema de conversación).

Así, cada que me regalan un libro intento leerlo o, por lo menos, empezar a leerlo. No siempre lo consigo porque como dijera el bueno de Rulfo “lo que pasa es que yo trabajo” y a veces no da tiempo y ahí se van acumulando las pilas de libros por leer. Tampoco es que todos los libros que me regalan me encanten; no, sucede lo mismo que con los libros que compro: a veces me parecen imprescindibles, a veces no me gustan en ese momento pero sí en otro y a veces, simplemente, no soy capaz de encontrarles nada que me llame la atención (lo cual, por supuesto, habla más de mí que de los títulos).

Sin embargo siempre ha habido gratas sorpresas totalmente inesperadas, como cuando leí la novela Cuando todo el mar, de Gabriel Ledón; el cuentario Pobres niños que fuimos, de Mario Marz; o justo en estos días, La noción del tiempo, de Toni Khun. Éste último es un libro de fotografía. Es una obra de arte: logra que uno vea el mundo de otra manera, para siempre. Logra expresar lo que no puede expresarse con palabras. Y así se queda uno: sin habla.

Así, cada que oigo que algún escritor o lector se queja de que le regalan libros, supongo que es porque a veces, más de las que uno quisiera, resulta que el autor que te lo obsequia también insiste repetidamente en preguntarte qué te pareció y, para más inri, en enojarse cuando por fin le dices qué opinas de su texto que, como suele suceder, no es el nuevo Quijote ni la más reciente y mejorada Divina comedia. Es una forma sencilla de ganarse enemigos: decirle a aquél que se cree genio que no lo es. Pero prefiero este riesgo pues de otra forma habría sido imposible para mí tener a la mano tantos libros que hoy día considero indispensables.

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