El domingo primero de mayo, día del trabajo, me armé de valor, me levanté temprano y salí hacia el Museo Universitario de Arte Contemporáneo que está a dos horas de distancia de mi casa. Tenía la sospecha de que estaría cerrado ese día, pero como casi no voy a la Ciudad de México tenía que aprovechar la oportunidad de ver la exposición de Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez, mejor conocidos como Los Carpinteros.

A medio camino de la ruta 1 del Metrobús nos evacuaron, ya que la marcha del día del trabajo impedía el paso. Caminé como 20 minutos hasta la Glorieta de Insurgentes y retomé mi rumbo.

Una hora más tarde llegué a Ciudad Universitaria y, afortunadamente, encontré el museo abierto. La muestra de Los Carpinteros ocupa tres salas y el patio que da hacia la calle. En realidad se exponen pocas piezas porque, al ser monumentales, no caben más en el Museo. En especial, yo quería observar de cerca su grandes dibujos hechos con acuarela, ya que en los libros me había llamado la atención la buena factura y oficio de sus obras.

Ambos artistas nacieron y estudiaron en Cuba, como resultado, su discurso es mordaz y finamente sarcástico. Sus dibujos, esculturas e instalaciones presentan un sólido equilibrio entre idea y forma lo que da como resultado un conjunto de piezas con excelente factura y economía de medios. Son obras poéticas contundentes.

La primera pieza que vi se llama Tomates, ésta es una gran instalación en donde se pueden observar demasiados jitomates desechos, aventados con fuerza sobre una pared salpicada de jugo rojizo. Los jitomates permanecen fijos en el muro y algunos yacen en el piso. Cuando uno los ve de cerca se puede distinguir que no son frutos reales ya que están hechos de porcelana. Son esculturas hiperrealistas.

También está la Sala de lectura estrella, un enorme librero-edificio de madera cuya estructura es una estrella. Al entrar, el espectador se ve rodeado de bases que esperan sostener libros. Esta construcción circular remite al panóptico, que es un modelo de edificio planeado para vigilar a una gran cantidad de presos o estudiantes con el mínimo esfuerzo.

El panóptico fue diseñado por Jeremy Bentham en el siglo XIX y es la prisión ideal. Michel Foucault teorizó sobre este tipo de dispositivos de poder en su texto «Vigilar y castigar». La Sala de lectura de los Carpinteros es ambigua, no es una cárcel sino un objeto que debe funcionar para almacenar y compartir el conocimiento. Según Foucault existe una relación estrecha entre saber y poder, aquellos que tienen poder son los que legitiman el conocimiento.

En el catálogo de la muestra, Alejandra Labastida menciona que una de las constantes en el trabajo de Los Carpinteros es eliminar la funcionalidad de los objetos comunes, así, en una sala en penumbras, observamos una enorme réplica del faro de la bahía de Cuba, el cual se volvió un símbolo de la revolución. El faro yace tumbado en el piso, mientras la luz de la lámpara gira dramáticamente en silencio. El faro funciona pero ya no sirve para guiar a los revolucionarios.

La Conga irreversible es una baile de carnaval en las calles ejecutado por un grupo de bailarines quienes bailan en reversa, al igual que la interpretación de la música que se escucha, como si la cultura y la sociedad avanzaran hacia atrás, en retroceso permanente. En este tipo de piezas resuena un malestar cubano que puede ser aplicado a otro tipo de circunstancias y sociedades.

La primer muestra monográfica de Los Carpinteros en América Latina puede ser visitada en el MUAC hasta el 4 de septiembre de 2016. El 28 de mayo, además, se inaugurará en ese mismo museo la exposición del escultor Anish Kapoor. Ambas muestras son un motivo suficiente para entrar a empujones en el Metrobús, traer los ojos rojo pacheco y vivir una experiencia con altos IMECAS en la Ciudad de México.
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Imagen de portada tomada de aquí

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