Todo a nuestro alrededor brillaba, se veían filas y filas de horas y minutos que colgaban de las paredes como viñedos y florecían entre prados y árboles como frutas maduras; era el jardín del tiempo, la belleza de la vida humana que brotaba como horas perdidas en un palacio atemporal. La majestuosidad de todo te cortaba el aliento; ni todas las obras de arte juntas podrían crear algo tan sublime.

Por un momento olvidamos nuestra misión y nos paseamos por aquellos parajes dejando que nos embriagaran; hasta que los vimos, una corte de amos del tiempo que venían a alimentarse, una comitiva de ladrones de vidas que encontraban en la magnificencia de nuestros minutos un modo para saciar su hambre de inmortalidad. Corrimos a ocultarnos, los vimos profanar los prados, arrancar con violencia las horas y minutos y atiborrarse las fauces desesperadamente, masticando con la boca abierta, era grotesco. Cuando mordían una hora o un minuto, podías escuchar el murmullo del tiempo robado que se perdía entre sus dientes, y salía un suspiro, una no vivencia exhalada para el dueño de aquel instante. Era tan triste que preferí mirar hacia otro lado.

Y estábamos ahí, los escuchábamos atascarse las manos y la boca, pero no teníamos idea del siguiente paso en nuestro plan de acción; en el fondo, nunca pensamos llegar tan lejos.

Nos quedamos en nuestro escondite hasta que partieron, pero no quisimos seguirlos, queríamos disfrutar un momento más de aquella belleza imperecedera y planear nuestro siguiente paso. Debíamos encontrar un punto débil, algo que nos ayudara a destruirlos y devolver las horas a sus legítimos dueños.

Nos quedamos sentados entre las horas, observamos a los segundos, diminutos, corriendo velozmente entre las ramas, incapaces de mantenerse quietos.

Decidimos descansar un momento junto con nuestra carnada, habíamos perdido toda reserva de tiempo y nuestros cuerpos agotados se apaciguaron en el estupor de la belleza que nos rodeaba. Sin darnos cuenta nos quedamos profundamente dormidos.

Al despertar no podía moverme, traté de gritar pero ya no tenía voz. Estábamos perdidos, capturados de la manera más absurda. Miré a mi alrededor y vi a Alan que aún dormía, el resplandor de una ventana iluminaba su rostro, pero aparte de aquella luz no había más nada, sólo un manto de sombras que nos cubría hasta los oídos.

Escuché el crujido de la puerta, cerré los ojos.

Sentí cómo un frío intenso se apoderaba de mis manos, cómo se iban entre suspiros mis fuerzas y el silencio se apoderaba de todo. Abrí los ojos para encontrar de frente el rostro de la oscuridad que nos devoraba las entrañas.

Pasó una eternidad, y otra y otra más, y el silencio se lo había comido todo; en el palacio atemporal nuestros recuerdos nos alimentaban, con la esperanza de encontrar una salida, nada…

Un rayo de luz me perforó los párpados, arañando con su ligereza mis pupilas; su encanto me hizo abrir los ojos nuevamente.

¿En dónde estaba? ¿Acaso había sido todo un simple sueño? Dejé que mis ojos se acostumbraran al resplandor que los dañaba; apenas podía respirar. Me levanté, estaba en mi casa, era el mismo día en que me miré al espejo, la misma hora, la misma tarde y el mismo espectro en el reflejo de la pared, se postraba frente a mi mostrándome sus marcas.

Fue sólo un sueño, un estúpido e ínfimo sueño; no sabía si reír o tirarme de nuevo.

Estaba sola en casa, salí para encontrarme con un poco de vida y encontré calles desiertas, me paseé por las avenidas pensando que estaba en el estupor de aquellos jardines, o en mi cama.

Busqué por todos lados una señal de vida, busqué por todos lados; busqué vida, busqué y busqué y sólo encontré restos del tiempo pegados en las paredes…

Fin

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