Por Menara Lube Guizardi

A mediados de los años 40, mi abuelo, Antonio Guizzardi, sumado a un grupo de militantes de su pequeño pueblo –Muniz Freire, una colonia de migrantes italianos pobres, plantadores de café, en las montañas del estado de Espírito Santo, en el sureste brasileño–, fundaron la agrupación local del Partido Laborista de Brasil (PTB en la sigla lusófona). Él, con mi abuela Julia, tenían ideas muy claras sobre el futuro que deseaban. Militaron por la educación rural, ayudando a fundar los grupos de estudio en los que, por la noche, tras las extensas jornadas en el campo, se alfabetizaban los y las agricultoras. Polémico, bonachón, adorador de las juergas y promotor de las libertades (sobre todo las sexuales), mi abuelo persistió en su militancia laborista y, desde 1956 hasta el golpe militar de 1964, compuso (en diferentes cargos) el directorio del PTB en su pequeña ciudad. Por estas y otras cosas, fue prohibido por el responsable de la parroquia –el cura italiano (y latifundista) Bazzarella– de ir a la iglesia. Nunca logré averiguar si las reincidentes amenazas de excomunión que mi abuelo recibió fueron finalmente cumplidas. La ironía con que el “nono” molestaba al cura cada vez que lo encontraba en la calle pasaron, esto sí, a los anales de las anécdotas familiares.

Esta reincidencia en una perspectiva política de lo comunitario que molestaba –con ironía y más allá de ella– los lugares comunes de los grupos oligárquicos y élites locales no era, no obstante, una casualidad, una desviación excéntrica en la trayectoria de mi abuelo. Su padre, mi bisabuelo italiano, Gaspari Guizzardi, profesaba esta misma suerte de comunitarismo. “Profesar” no es, quizás, el verbo más adecuado. Conocido por su irritabilidad frente a la inercia de ciertos sectores intelectuales –postura que mi padre “heredó” integralmente–, mi bisabuelo era reacio a cualquier discurso político que fuera asumido sin una praxis equivalente. “Hacer” era imperativo: con pensar no bastaba. Por lo mismo, integró diversos frentes comunitarios para llevar a cabo las transformaciones fundamentales para el pequeño pueblo de cafeticultores. Se juntó a los vecinos de Muniz Freire para coordinar, con el trabajo colectivo voluntario, la construcción de las carreteras que permitieron comercializar su café, llevándolo al puerto, en la capital del estado, Vitória (donde nací). Amante de las matemáticas, usó esta pasión para hacer los cálculos de materiales para la construcción comunitaria de las casas de varios vecinos. Esto también se le pegó a mi padre, que ha dedicado su vida a construir (literal y metafóricamente).

Mi viejo se llama como mi abuelo, Antonio. Pero su apellido fue registrado con una “z” de menos. Por esto, mis dos hermanas y yo somos Guizardi y no Guizzardi. Mirando en retrospectiva esta genealogía familiar, me doy cuenta de que haber perdido una “z” no impidió que cundiera en nosotras estas características políticas que definen el legado de las generaciones de nuestra familia paterna que nos anteceden. Al igual que mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre, mis hermanas y yo somos sujetos profundamente comprometidos con la coherencia ética entre acción y posicionamiento intelectual; con la creencia (y con la donación personal) a la construcción de lo colectivo. Pertenecemos a una genealogía de sujetos comprometidos con una forma muy particular de humanismo político.

En medio a la fuerte tensión social que vivimos en Brasil, me tomo el tiempo de sentarme a escribir estas palabras como punto nodal de expresión de mi lugar político. Avesa al egocentrismo autorreferente, pongo en prensa estos párrafos genealógicos como manifiesto de mi derecho de existencia y de enunciación en este contexto fascista que nos toca enfrentar y denunciar hoy en mi país.

Permítanme que explique estas afirmaciones recurriendo directamente a las reflexiones que las inspiran, tejidas por Gramsci (en Quademi dal carcere): “El punto de partida de cualquier elaboración crítica es la toma de conciencia de lo que uno realmente es; es decir, la premisa ‘conócete a ti mismo’ en tanto que producto de un proceso histórico concreto que ha dejado en ti infinidad de huellas sin, a la vez, dejar un inventario de ellas. Por tanto, es un imperativo comenzar por recopilar ese inventario”[1].

Me propongo a recopilar este inventario personal en estas páginas porque su derecho de existencia está fuertemente amenazado. Tomada por “el pesimismo de la razón” del que también habla Gramsci, veo cómo algunos de los hermanos de mi padre y sus descendientes son hoy, precisamente, parte de la masa que apoya decidida e impetuosamente las propuestas del candidato de extrema derecha a la presidencia de Brasil, Jair Bolsonaro. Tíos que han donado parte de su vida y trabajo a la refundación de los partidos políticos en Brasil, en la transición democrática de la segunda mitad de los 80, son hoy parte de quienes encuentran natural y deseable el discurso de apoyo a la tortura, discriminación sexual, subalternización de las mujeres y racismo. Si bien no todos de mi familia han expresado conformidad con estas ideas, una parte muy significativa lo ha hecho. Mi padre –entre incrédulo, cansado y decepcionado–, hace días me dice no ser capaz de entenderlo.

Frente a su tristeza, resolví ofrecer mis ejercicios analíticos, intentando con esto redimir a los intelectuales que, vez que otra, podemos contribuir cambiar el mundo también desde la reflexión. El ejercicio de comprender la transformación del posicionamiento político de mis familiares puede ayudar a explicar porqué la democracia muere en un país como Brasil. La enunciación genérica de mi pregunta analítica es sencilla: ¿Qué lleva a sujetos que devienen de una genealogía política comunitarista, democrática, horizontalista y defensora de las libertades sexuales a apoyar una propuesta política con claros rasgos fascistas?

Mi primera inclinación –por (de)formación intelectual, si se quiere– es asumir que este cambio de posicionamiento está entretejido por particularidades que invaden y configuran las trayectorias de cada uno de estos sujetos de manera heterogénea. Incide, en la forma como cada uno de mis familiares adhiere a estas propuestas fascistas, sus experiencias particulares de asignación a una u otra clase social; su acceso a la educación, sus identificaciones de género, sus prácticas religiosas, sus expectativas de consumo, sus migraciones y los espacios concretos en que viven.

Pero la heterogeneidad configurativa de las trayectorias de cada uno de ellos es simultánea (dialécticamente simultánea) a un mecanismo común, que constituye el sustrato simbólico de estas diversas formas de adhesión al fascismo. Me refiero a que, particularmente en una familia con una historia como la nuestra, la adhesión a la extrema derecha bolsonarista solo puede ocurrir si hay una muy eficiente forclusión de la memoria familiar.

La forclusión es un concepto lacaniano que alude a aquellos significantes que son borrados por los sujetos –tanto de las dimensiones conscientes como inconscientes–. Se trataría del mecanismo fundador de la psicosis y, según Lacan, sería producido por la exclusión total de la figura paterna, la incapacidad de registro de esta por parte del sujeto en la primera infancia. Desde el feminismo crítico, Rita Segato expande el uso del concepto para explicar que la violencia patriarcal se ampara en un proceso de forclusión del elemento femenino y deriva en el ocultamiento progresivo de los saberes, conocimientos, prácticas y visiones del mundo femeninos.

Cuando digo que el proceso de “conversión al fascismo” (hay en él muchos paralelos con estructuras emocionales de vinculación religiosa) por parte de algunos de mis familiares es un mecanismo de “forclusión”, estoy (al menos en parte), reincidiendo en esta interpretación más expandida del concepto que propone Segato. Por un lado, esta adhesión fascista representa la forclusión literal de la figura de mi abuelo Antonio y de mi bisabuelo Gaspari, cuyas vidas, obras y discursos son borrados del imaginario familiar impidiendo los sujetos de reconstruir su propia genealogía, de posicionarse en ella y de pensar el mundo a partir de esta trayectoria.

Estamos hablando, así, de la reprodución de prácticas políticas que relegan, ocultan y sustraen los saberes producidos desde las experiencias vitales de los sujetos. Pero no solo en su dimensión individual, sino en su genealogía histórica, del lugar desde donde vienen y adónde van. En los términos de Gramsci, se elude el “inventario familiar” y la única forma de devolver al discurso la capacidad de reflexionar sobre nuestras trayectorias es realizar un imperativo esfuerzo de “recopilar ese inventario”. El olvido de los abuelos tiene en sí algo de psicótico, dado que empuja mis familiares a la incapacidad de establecer el registro, el vínculo de sentido, entre ellos mismos y su historia: de reconocer o darle ontología existencial a su condición de sujeto.

Ahora bien, no estoy diciendo en absoluto que los sujetos no pueden o no deben divergir de las trayectorias históricas de las cuales descienden y a las cuales integran en mayor o menor medida. Una afirmación de esta naturaleza sería un decreto del “final de la historia”. Equivaldría a asumir que los sujetos son tan solamente una reproducción apócrifa de aquello que fueron sus antecesores y que el futuro sería, como el presente, un lastre de reproducción estructural. Lejos de coincidir con esto, mi análisis sobre la forclusión se refiere puntual y incisivamente a la adhesión de mis familiares directos a enunciados que deniegan el derecho de existencia y de pertenencia al país de quienes son o devienen de posicionamientos como los de nuestros abuelos.

El pasado domingo, 21 de octubre, los apoyadores del candidato de extrema derecha realizaron un acto multitudinario en la Avenida Paulista (uno de los ejes articuladores más importantes de San Pablo, ciudad más poblada de Brasil). Desde su casa, Jair Bolsonaro (que no compareció personalmente) enunció a través de una videoconferencia transmitida en una enorme pantalla, palabras que hieren profundamente los derechos constitucionales y la propia institucionalidad del Estado Democrático de Derecho en Brasil. Con el apoyo eufórico de la multitud (que lo ovacionaba mientras profería estas frases), dijo que, de ganar la presidencia, los opositores que quisieran “quedarse aquí [en Brasil], van a tener que ponerse bajo la ley, como todos nosotros. O se van afuera [del país], o van para la cárcel”. Profundizando esta amenaza, dirimiendo cualquier duda sobre el carácter autoritario de esta promesa, anunció que hará “una limpieza jamás vista en la historia de este Brasil” y que “vamos a barrer del mapa estos bandidos rojos”.

Varios de mis familiares endosan estas ideas. En los grupos de Whatsapp, en Facebook, vengo leyendo frases de apoyo a la expulsión de “los rojos”, de los “malhechores de izquierdas”, expresiones con las cuales mi hermana mayor y yo (que tenemos una trayectoria militante más clara) venimos siendo definidas en estos y otros espacios. Aquí, el ejemplo de mi familia es providencial para explicar algo que vengo etnografiando en estas últimas tres semanas en Brasil. El apoyo de nuestros familiares a estas ideas se sostiene, obviamente, en su incapacidad de reconocer el proceso histórico concreto que ha dejado en ellos y nosotras una infinidad de huellas comunes. Nuestro rechazo como “rojas” es el rechazo al pasado familiar: es la negación al derecho de existencia y enunciación de una historia colectiva que nos forma a nosotras tanto cuanto a ellos. Es un ejercicio autoritario de memoria. Es una automutilación simbólica.

Pero hay varios indicios etnográficos que me hacen pensar que este mecanismo simbólico no es una excentricidad (entre tantas otras) de mi familia. En trabajo de campo, hace un par de semanas en las fronteras entre Brasil, Paraguay y Argentina, estuve conversando con apoyadores de Bolsonaro. Entre ellos, un joven negro, brasileiro, con quien compartí varios días de trabajo en una red de asistencia humanitaria a refugiados y migrantes.

El joven, Carlos, había empezado a trabajar a los quince años: provenía de una familia obrera, residente en la periferia de ciudad de Foz do Iguazú (del lado brasileño de este territorio fronterizo). Logró estudiar la carrera de derecho con enorme esfuerzo y gracias a un programa de incentivo creado por el gobierno Lula (el FIES, que financiaba acceso a universidades privadas de parte de estudiantes de baja renta). Su madre, trabajadora doméstica, accedió a los derechos laborales por primera vez también gracias a las reformas legales propuestas por el gobierno del Partido de los Trabajadores (PT). Nada de esto impedía que Carlos fuera un decidido apoyador de Bolsonaro. Repetía reincidentemente que los gobiernos del PT habían sido lo peor que pudiera pasar al país. En nuestras varias conversaciones sobre el tema, le enseñé grabaciones de los discursos de Bolsonaro agrediendo a los afrodescendientes (con frases que aducen que ellos “no sirven para nada, ni siquiera para procrear”) y, especialmente, a las mujeres negras (a quien ha llamado, por ejemplo, “promiscuas”, entre varias e irreproducibles menciones). Al escuchar estos discursos, los ojos de Carlos se llenaron de lágrimas. “¿Él está hablando de los negros?”, me preguntó incrédulo y con la voz trémula al ver uno de los videos.

Le hice diversas preguntas a Carlos intentando entender su apoyo a Bolsonaro. Le dije que Bolsonaro consideraba, en sus discursos, a los negros y afrodescendientes como minorías y que, por lo tanto, se imaginaba un país de mayoría blanca. Un delirio que las élites reproducen desde la colonia en Brasil. Le pedí que me contara cómo era su vida en 2012, en 2002 y en 1992, intentando con esto que hiciéramos un ejercicio de “inventario” de nuestras trayectorias en estas últimas décadas, antes y después del gobierno del PT. Un día antes de que yo me fuera de la frontera para venir a votar a mi ciudad, Vitória, Carlos me miró atentamente: “nosotros vivíamos mejor en el gobierno del PT”. Me abrazó y me agradeció. Este “nosotros” se refería a él y a su familia, pero también a la gente negra de Brasil.

 

Gracias a Carlos pude entender que la forclusión es la estructura simbólica que compartimos diversos grupos en Brasil. Históricamente, hemos conformado en este país una experiencia de la política en la cual sujetos de diversas orígenes y posicionamientos (de clase, religioso, de género) sufren una interdicción simbólica de acceder a sus “inventarios”. Rita Segato habla claramente de esto cuando analiza la forclusión de la figura de las mujeres negras brasileñas (trabajadoras domésticas y nanas) cuyo afecto, trabajo y cuidado desaparecen de la percepción de la realidad de aquellos hombres y mujeres blancas en cuya crianza fueron invertidos.

Lógicamente, este mecanismo actúa construyendo un grupo de poder prototípicamente representado por hombres y mujeres blancas, de las élites nacionales, cuyas percepciones de la realidad, basadas frecuentemente en la negación de los “otros” y “otras”, asumen el carácter de “única representación posible”. Son elevadas a la condición de universalidad. Así, la forclusión afecta la autopercepción de aquellos que no pertenecen a este grupo prototípico, impidiendo que puedan conformar sus propias lecturas y narrativas sobre su lugar en su propia historia y en la del país. Pero afecta también a las propias elites, cuyas subjetividades políticas están sentadas y demandan de los sujetos, y esto lo vemos fuertemente hoy, operar reincidentes violencias que empujan los “otros” a la periferia de la representación política.

Esta es, así, una sociedad que institucionaliza la psicosis política como estructura fundamental de vinculación del sujeto con su propio devenir. Unos y otros son violentados y la fractura permanente de los sujetos es el gancho interno que permite que los discursos de odio sean tan potentemente movilizadores en Brasil. Estos discursos, no obstante, vienen siendo articulados en estas elecciones en pro de la deconstrucción de las adhesiones a códigos mínimos de la democracia, cosa que no veíamos con esta intensidad desde la transición democrática. Tengo la impresión de que la desactivación de los mecanismos de vinculación al odio es una clave para pensar el futuro de nuestras democracias. En Brasil, en Sudamérica, en el resto del mundo.

 

[1] Gramsci, A. (1975). Quaderni dal cárcere. [Edición de Valentino Gerratana]. Turin: Einaudi Editore, Turin, p.1363.

Foto de portada: Midia Ninja

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