Para llegar al Chical, desde Colima, hay que tomar la carretera a Coquimatlán y luego una desviación que se convierte en brecha antes de cruzar el río Armería sobre dos vados de concreto que funcionan muy bien salvo cuando hay creciente y entonces hay que subir al puente colgante también conocido como el “Puente del terror” (https://www.youtube.com/watch?v=csG6b2pPt2Q ) y verlos desde ahí como si fueran otro par de piedras riparias. Unos kilómetros más adelante está El Chical y, a la salida del poblado pero antes de llegar a la huerta abandonada de chicozapotes –de ahí el nombre-, donde está el ojo de agua que emerge filtrado desde el Volcán de Fuego y, abandonada como huerta como se abandonó la hacienda pero, revivido con empedrados y mesas y granja de tilapia para el disfrute en días feriados, antes de eso, está el Telebachillerato Comunitario No. 4.

Cuenta con tres profesores y mismos años de servicio.

Es bachillerato por las tardes, con 18 alumnos, y secundaria por las mañanas. Las clases a veces las toman en las bancas del jardín pues, aunque las aulas cuentan con ventiladores, las ventanas están diseñadas como si fueran para una escuela de ésas del Altiplano donde hace mucho frío y no pueden abrirse completas, de modo que cada salón es un pequeño hornito, o un spa, o un mini-baño turco para sudar a gusto.

En esta misma lógica inquebrantable de las autoridades educativas, las aulas cuentan con proyectores de video pero el agua para tomar la traen los propios estudiantes de allá, del ojo de agua, porque no hay bebederos. Hay libros, sí, pero los libreros de metal están desvencijados y en varios de aquéllos ya se notan los efectos de la humedad (¿habrán pensado nuestras autoridades, alguna vez, que no todo el clima del país es como en la Ciudad de México y que, en buena parte del territorio, hay que instaurar sistemas para proteger los libros de la humedad y los insectos?) Por lo mismo, la respuesta no extrañó:

-¿Alguien de ustedes ha leído un libro completo?

-No.

Eso dijo la gran mayoría luego de que lanzamos la pregunta después de presentarnos. Para nuestra sorpresa, hubo quién sí había leído al menos uno:

-El diario de Ana Frank.

-Cien años de soledad.

-Harry Potter.

-¡Edgar Allan Poe!

-Como agua para chocolate.

-El llano en llamas.

Llegamos al telebachillerato, Valentín Chantaca y un servidor, a hablar de literatura invitados por Alberto Juárez, el profesor de español quien, años antes, había sido profesor del propio Valentín. No teníamos mucha idea de qué hacer. Así que preguntamos:

–¿Por qué no les gusta leer?

–Porque es aburrido / A veces uno empieza con muchas ganas y luego ya se aburre / Porque usan palabras bien raras / Cuando el profe nos cuenta las historias, sí me llaman la atención pero luego el libro ya no. Y sí, eso mismo nos había dicho Alberto, que él les contaba las historias –de la mitología griega, de La Ilíada, de La divina comedia, de Pedro Páramo…—para ver si así los animaba.

Entonces hicimos lo mejor posible. Platicamos de lo que odiábamos y amábamos de la literatura, leímos un poco de lo que traíamos, un poco de obra propia (Valentín escribe cuentos de suspenso y terror) y de algunos de nuestros amigos que fueron editados por la Secretaría de Cultura de Colima en los plaquetes de Cuento en Comala (https://cuentoencomala.wordpress.com/ ) y, para nuestra sorpresa, no se durmieron sino lo contrario: cuando regalamos las plaquetes y anunciamos que sólo había tres de cada una, que íbamos a decir de qué trataba cada cuento de Eduardo Parra, Mónica Lavín, Federico Vite, Ana Clavel, etc…, que ellos tenían que escoger de cuál querían entonces, literalmente y como en las piñatas, corrieron por ellos.

Sólo dos estudiantes (una de ellas embarazada) no quisieron libros.

No sé si la literatura sirva para algo. Pero en estos días siento que sí, que contagia la alegría y propicia el diálogo.

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