Para Alejandro S.Pardo Mendoza,

In memoriam

Vine a Ensenada para tirar al mar las cenizas de mi padre. Acá tengo familia, de él, y casi toda vino al “funeral”. Más que para entregarles una de las tres urnas (otra se va al mar y otra se la quedó mi madre), vine porque él me lo pidió. “Quiero que echen mis cenizas en la playa donde nadaba cuando era niño.” Cuando lo dijo aún no estaba en su lecho de muerte, vamos, ni siquiera estaba enfermo, pero él lo quería así desde entonces. Y así lo hago ahora.

Llego dos meses después de la cremación, en parte porque debía ahorrar para el boleto de avión. Mi esposo guardó cuanto pudo y al final me dio el dinero para el vuelo, nada ostentoso, clase turista y desde Toluca, donde hay aerolíneas más baratas. A mí me aterran las alturas y los juegos de feria, pero me encantan los aviones; esa sensación de declive, ese vértigo en el estómago, no lo puedo explicar.

Me alejé de Dios cuando murió mi abuela materna; regresé con Él cuando mi padre enfermó. Mientras el tumor le comía la pierna, pasaba todas las tardes leyéndole salmos, después de comer o cuando a él más le dolía. Por él empecé a rezar y también dejé de hacerlo después de su muerte; ya para qué; de todos modos Dios se queda ahí todo el tiempo.

De mi familia no vino nadie. “Ya está muerto, a él no le importaría”, dijeron mis hermanas cuando vaciaron el ropero. Sólo a mi madre le hubiera gustado pero no pudo; tiene un problema de presión arterial que no le permite abandonar la ciudad. Ella se ponía muy mal cuando venía, la última vez casi se nos queda por acá.

Mi esposo también se quedó allá en Agnosia, está triste porque no pudo despedirse de él. La última vez que vio lúcido a mi padre estábamos todos en una oración colectiva y no se prestó la oportunidad. En ese momento pensó que si se despedía podría decirle que dejara de dudar de él, que se había equivocado cuando me fue infiel, pero que ya no se repetiría; él se haría cargo de mí, de mi madre y mis hermanas, sería “el hombre de la casa”, no lo defraudaría. Las cosas que uno dice cuando las personas están por morirse y no se halla otra expiación que prometer cualquier cosa. Pero no pudo ni despedirse ni venir, se quedó en casa trabajando y cubriendo mis horas en la preparatoria.

Mi padre es… perdón, era cristiano, yo soy católica. En su lecho de muerte, mientras le tomábamos las manos, unos pastores cantaban y no nos dejaban escuchar sus últimas palabras. Los detesté después de eso. Me siento culpable porque ahora creo que todo aquello, esas oraciones y plegarias convulsas, eran inútiles; aunque lo mantuvieron vivo más tiempo, vivo y alegre. No sé qué pensar. Antes de ser cristiano, él era ateo.

En su funeral en Agnosia, cuando velamos el cuerpo antes de cremarlo, hubo evangelistas y pentecostales. Unos llegaron a montar toda su parafernalia, con los instrumentos de una banda de rock, holophonor incluido; era un montón de adolescentes que hablaban todos al mismo tiempo, muy ostentosos, con ánimos lacrimógenos. Los otros, casi todos ancianos, llegaron con libros de cánticos en versos alejandrinos. Eran tan malos que nos pusieron de buenas, nos dieron la oportunidad de bajar al café de la funeraria para fumar. No recuerdo cuál de los dos pastores estaba muy enojado por el asunto de la cremación: “Cuando venga el día de la Resurrección él ya no tendrá un cuerpo en el cual encarnar”, nos decía. Así son todos los que creen en Cristo: preocupados por la resurrección del cuerpo y no por la del alma. La enfermedad acercó a mi padre a las dos religiones así que a veces teníamos a los brasileños y a los pastores en la pequeña alcoba de mi padre jugando a ver quién oraba mejor. Aquello era siempre muy divertido.

Él se bautizó un par de meses antes de morir y lo volvieron pastor casi de inmediato porque, decían, estaba cumpliendo un apostolado, o algo por el estilo, desde su lecho. “Inicia cumpliendo tu promesa”, le dijo el pastor. “No necesitas levantarte de esa cama para predicar, la esperanza debe convertirse en amor. Es cierto, las pruebas aumentan la fe, mas, no lo olvides, fe significa fuerza.”

Después de bautizarlo, el brasileño le prometió que para el mes de octubre estaría fuera de su cama. Lo cumplió: mi padre murió en la madrugada del 5 de octubre; y ahora vuelve a las heladas costas de su infancia. El sitio donde ha sido más feliz será también donde volverá de regreso a la tierra. Hace rato, después de la misa, mi abuela se acercó a mí y me dijo: “Murió la noche de san Francisco”. Yo le dije que no, fue un día después; pero por una cuestión de husos horarios ellos recibieron nuestra llamada poco antes de la medianoche del 4 de octubre. También me gusta pensar que fue de esa manera, y se lo contaré a mi madre y a mis hermanas cuando regrese.

La verdad siempre me dio algo de coraje ver cómo la fe de los hermanos, los evangelistas, los brasileños, los pentecostales, lograba arrancarnos las lágrimas y cantos para los cuales nosotros ya no teníamos fuerzas. Dicen que la culpa por la muerte de un ser querido se experimenta de muchas maneras; yo en lo particular creo que no recé lo suficiente, que mi fe fue poca y mis ayunos, tibios. No es porque crea que con puras oraciones se solucionan los problemas. De haber hecho todo aquello hubiera terminado, de cualquier modo, sintiendo culpa por alguna otra cosa. No es eso. Simplemente no podía tomar otra actitud, porque ninguna era correcta.

De cualquier modo mi padre no me dejó llorar. Apenas llevaba un día muerto y yo debí terminar las contabilidades inconclusas; de lo contrario, la empresa que lo corrió tras enterarse de su enfermedad no le hubiera pagado a mi madre la indemnización. Terminé los balances con la ayuda de mi suegra. Una de mis hermanas falsificó su firma. Entregamos los libros en la empresa y les dijimos que él estaba muy mal; nos pagaron una miseria. Una semana después les llamamos para contarles; el gerente no mandó ni flores, tampoco hizo una llamada.

De camino a la playa muerta le cuento a mi abuela una anécdota: los chicos del vehículo de la funeraria eran los mismos de la ambulancia que se lo llevó un día al hospital para unos estudios. La ambulancia también era la misma, sólo cambiaban los logotipos. Eso la divierte mucho, es como esas viejísimas películas mudas, dice, o esas caricaturas antiguas que tanto divertían a mi padre cuando era pequeño.

“Poco a poco Ensenada creció encima del mar, varias calles le ganaron terreno, se lo comieron. Lo dejaron negro”, decía mi padre. Él creía que algún día llegaría un huracán, o un maremoto, y devolvería el agua y todo lo que las personas mataron, devolvería el color azul a esas aguas grises. Aunque él ya no estaría aquí para verlo.

Una de las hermanas de mi abuelo hace pasteles de queso. Después de tirar las cenizas me llevará a una tienda especializada en repostería, acá hay muchas, para comprar vainilla blanca para mis postres, ésa de baja calidad que llaman francesa pero en realidad es de Madagascar; también compraré dos botes de capeador en cualquier súper, uno para mi esposo y otro para mi madre. Acá en Ensenada las langostas con frijoles y el camarón eran como el suadero y la longaniza, uno los encontraba en todos lados y muy baratos. A mí me daban asco los mariscos, todas las cosas venidas del mar, creo que por una intoxicación o algo así, no me acuerdo, yo era muy chica… pero me gustaba la playa. Una vez mi padre me tomó una foto cuando estábamos de vacaciones en Tecolutla y, dijo, nunca me había visto más feliz. A mi padre le encantaban los tacos de acá, tacos de camarones capeados que algún imbécil bautizó después como tacos gobernador; acá eran la comida rápida antes de que se extinguieran, te los servían con habanero o con guacamole; a mi padre le encantaban y mi madre agradecerá el detalle.

En un video que grabó con su teléfono celular hace varios años, mi padre nos muestra la pequeña península desde donde arrojaremos la ceniza; ahora mismo la estoy viendo, negra, muerta, oliendo a yodo, sin animales ni barcos pesqueros, idéntica. En el video su voz se oye clara, aunque de repente se la come la estridencia de las olas. “Aquí crecí, y en esos escollos me iba a nadar con mis primos, antes de que construyeran el hotel.” Vivió su niñez en Ensenada, en el mar; después el mar se volvió corrosivo y mis abuelos se lo llevaron a vivir a medio desierto, a Mexicali. Algunas personas rumoraban que se fue a la ciudad de México porque quebró a un tipo; también decían que perteneció a un grupo de élite y otras cosas horribles. En México conoció a mi madre y luego se mudaron a Agnosia. Para mí esas historias son algo que no sucedió; mi padre era otra persona, lo era desde que yo lo conocí, y el mar de ese desconocido era azul.

Mientras algunos tíos y yo nos acercamos a los rompeolas, me acuerdo de una de las ocasiones en que más le dolía la pierna; le inyectaron morfina y ni así se durmió. Aquella vez el brasileño nos dijo: “El señor no quiere morir, no se condenará, está dispuesto a aceptar el sufrimiento para seguir con los suyos y en gracia con Jesús; hay quienes creen en la eutanasia y se condenan; aunque él ya está cansado prefiere luchar, o morirse luchando; nosotros debemos apoyarlo”. Las palabras de ese señor siempre se escuchaban como el siseo de una víbora.

Todos los doctores, hasta los amigos de la familia, regañaban a mi madre: cómo era posible que lo tuviera ahí, en su casa, que la higiene y las mascotas y bla, bla, bla. Mi padre se sentía mejor en casa, en un hospital no hubiera durado tanto. La tercera urna de cenizas, como dije, se quedó allá, en casa de mi madre; ella la guardará porque quiere que se mezclen las cenizas con las suyas cuando le llegue su hora. Cuando yo era más joven eso me parecía algo cursi, ahora ya no tanto; es porque estoy envejeciendo.

Un hermano de mi abuela, el más joven, que creció con mi padre y lo trataba como a un hermano, es el único con el valor para llegar a las últimas rocas, donde el agua furiosa de repente cubre hasta la cintura. Los demás nos quedamos unos metros antes, con el Jesús en la boca, esperando que no resbale.

Creo que a mi padre le sirvió el tratamiento alternativo de los últimos meses. Un remedio cubano con veneno de escorpión detuvo la metástasis en pulmones y cerebro. No sé si era cierto, parecía que su pierna se iba recuperando. Fue cuando vino la trombosis en una arteria y todo se fue al diablo. Su pierna se gangrenó y él ya no tuvo fuerzas para seguir; ya no aguantaría una amputación, estaba muy débil. No murió por el cáncer sino por sus complicaciones: una infección, la pierna momificada bajo el tumor, una neumonía… fue tan medieval.

En su delirio, mencionó que iba en una carreta dorada, tirada por caballos alados. El último día hasta creyó vivir en 1973. Le di a beber agua con un paño toda la tarde hasta las once de la noche. A la una de la mañana mi hermana me despertó y dijo: “Ya”, “¿Ya me toca la guardia?”, pregunté. “No, ya se murió.”

Nunca había venido a Ensenada antes y sólo conocía las palabras de mi padre. Cuando llegué pensaba que tiraríamos sus cenizas en un lugar solitario e idílico, en una peña junto al mar frío. Ahora sé que a la peña se la ha tragado la ciudad; para llegar hay embarcaciones, vienen cada media hora, y las ceremonias para tirar cenizas deben apartarse con tiempo porque acá son muy populares. Este mar negro, muerto desde hace años, es el único remanente de las historias de mi padre. ¿Alguna vez volverá a ser azul?, ¿Volverán a nadar peces en estas aguas corrosivas? No lo sé. La verdad tampoco me importa mucho. Vine a tirar cenizas, no a recogerlas.

Mi tío abuelo saca una pequeña bolsa de la urna y la rompe sobre el agua. Lo hace rápidamente, porque está atardeciendo, el mar se enfurece con prisa, y su propia piel comienza a enrojecerse al contacto con el veneno. Ya no puedo ver las cenizas, se dispersan con las olas, pero sé que algunas ya vuelven, entre los cadáveres calcificados de las anémonas y las piedras, de regreso a mis pies.

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Rafael Tiburcio García (Villahermosa, 1981) es docente y maestro en Estudios Humanísticos en Literatura. En sus ratos libres es locutor, melómano y geek aficionado. “Le han ganado terreno al mar” aparece en «Cuentos de bajo presupuesto (Cecultah, 2014)», libro merecedor del Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2014.

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