Cada año el gobierno federal otorga cierto número de becas a jóvenes creadores y creadores artísticos en más de diez áreas artísticas distintas. Y cada año, también, hay cierto número de personas que criticamos la forma en que se entregan las becas.

Pero hay dos tipos de crítica: la que pretende mejorar el funcionamiento de las becas y que pretende acabar con ellas. Yo estoy por la primera opción: todo sistema es perfectible. Más aún: cortar de raíz algo que funciona me parece la peor forma de intentar construir algo.

Así, a continuación hablaré de por qué considero que funciona.

Antes de eso, algunas cifras. Entre las críticas que dicen que es mejor acabar con todo, afirman que es un despilfarro de dinero. Jóvenes Creadores otorgó 215 becas de poco menos de diez mil pesos mensuales por un año en la última convocatoria, la de 2017. Esto es, unos 25 millones de pesos.

Esto equivale a 5 conciertos del Buki (a lo que le costó al Instituto Sudcaliforniano de Cultura este año para el carnaval) o al sueldo anual de 14 diputados federales y medio.

Entre las críticas, se suele decir que “la mayoría de los becados” no llegan a ser artistas. Pongamos un caso extremo: sólo el 10% de las becas de Jóvenes Creadores redundarán en artistas profesionales. Aun así, ¿quién prefiere 5 conciertos del Buki en lugar de 21 nuevos artistas mexicanos?, ¿o mantener a 14.5 diputados en lugar de apoyar la carrera de 21 nuevos artistas?

Si fuera sólo el 5%, yo también preferiría 10 nuevos artistas mexicanos a 5 conciertos del Buki.

Las becas del Sistema Nacional de Creadores de Arte otorgan el triple del estipendio mensual, dura tres años y, en la convocatoria de 2016 (la de 2017 no ha salido aún), se otorgaron unas 200 becas. Es decir, el equivalente a unos 15 conciertos del Buki o el sueldo anual de 45 diputados.

No me malentienda, el Buki me encanta. Sólo establezco un punto de comparación, lo mismo daría si fueran conciertos de Pink Floyd o de la Filarmónica de Berlín pagados por el Estado Mexicano.

Ahora bien, otro de los puntos que suelen olvidar los análisis que critican un gasto público específico -en particular los análisis que se reducen a una cuestión de inversión y rendimiento- son las externalidades positivas.

Las externalidades positivas, para un producto, son los beneficios que conlleva su producción o consumo y que no se reflejan en el precio del mercado. Por ejemplo, si tenemos dos productos iguales y que se venden al mismo precio pero el proceso de producción de uno es mucho más contaminante que el del otro, este último conllevará una externalidad positiva en comparación. En el caso de una inversión pública, las externalidades positivas son, en palabras llanas, todos esos beneficios que suceden y que no se pueden prever.

Las becas a artistas -como las becas de estudios o las becas a investigadores- conllevan toda una gama de externalidades positivas. Ejemplificaré con el área que mejor conozco: la literatura.

Hace treinta años, más o menos cuando inició CONACULTA, si uno no vivía en el Distrito Federal y quería escribir, tenía que atenerse a lo que hubiera en su propio rancho. Esto es, en primer lugar, a la ausencia de librerías y, en segundo, a la ausencia de escritores y profesores de literatura. Dependiendo del lugar en el que usted viviera esta ausencia podía ser no muy grande (Guadalajara, Xalapa, etc…) o inmensa (Cabo San Lucas, Tehuacán, Tizimín, Manzanillo…). Y eso, claro, considerando nada más las ciudades. Pues bien, las becas tanto de Jóvenes Creadores como del SNCA, han significado un cambio radical en este sentido y es algo que se puede constatar en los diferentes estados de la República.

Por un lado, Jóvenes Creadores ha permitido el contacto de miles de jóvenes del país dedicados a las artes. Si bien es cierto que ha habido una mayoría de autores que provienen de las grandes metrópolis y, en particular, de la Ciudad de México, sí ha servido como una válvula de escape creativo para quienes vivimos “en provincia”. Más aún, la externalidad positiva se muestra también en el efecto dominó que produce el saber que alguien del rancho, alguien que conoces, ha obtenido la beca: el “yo también puedo” que, antes de las becas, se figuraba imposible.

Por otro lado, el programa del Sistema Nacional de Creadores contempla una “retribución social” que, en muchos casos en literatura se traduce en tener escritores itinerantes dando talleres literarios por todo el país. Esto conlleva, por lo menos, cuatro externalidades positivas para alguien que quiere escribir. 1) Hay alguien que no te conoce -y, por tanto, ni te odia ni te adora ni te tiene envidia ni…- que puede darte una opinión de tu trabajo más objetiva, por lo general, que la gente de tu rancho. 2) Escuchas nuevas voces y nuevas perspectivas sobre la literatura y, por tanto, tu panorama se amplía. 3) Los escritores que llegan suelen llevar consigo material de lectura lo que, aunque sea mínima pero sustancialmente, modifica la variedad de lo que puedes leer (sobre todo en las ciudades que carecen de librerías o que las pocas librerías que hay son sólo escolares y de materiales no literarios). 4) Estos escritores itinerantes también suelen orientar a los asistentes a sus talleres sobre cómo pedir las becas de jóvenes creadores, cómo contactar a las editoriales y revistas, qué premios existen y, en resumen, cómo acceder a los circuitos culturales para que esta preeminencia de las metrópolis se vaya reduciendo y la oferta literaria del país se amplíe.

Existen muchas otras externalidades positivas: la reinversión de la beca en la creación de bibliotecas, salas de lectura, becas particulares para que un joven artista termine la preparatoria, editoriales independientes, exposiciones, funciones gratuitas, talleres gratuitos en comunidades de bajos recursos y un larguísimo etcétera.

Así, las becas de jóvenes creadores y del Sistema Nacional de Creadores de Arte son mucho más que un apoyo a artistas específicos: trazan una red de beneficios para todo el país.

Comentarios

Comentarios