Las laderas del volcán dormido descansan en silencio, formando un lecho de roca y ceniza que se extiende, ondulado, como nuestros cuerpos inertes bajo las sábanas de la cama king size. Morenos, un poco quemados esta semana, apuramos el último sueño insular con los últimos rayos del primer sol de la mañana frente al Timanfaya.

Por su interior, por la intimidad del volcán antiguo, por entre el calor de nuestras epidermis conocidas en esta mañana de abril, discurren tranquilas las brasas que resultaron de la explosión original. Aquella que un día comenzó a desgarrar la isla por el oeste y que, igual que la herida del niño pequeño, estiró la piel hasta romperla, tiñó de rojo el calendario y dejó después una cicatriz irregular, un zigzag en el que nunca volverían a crecer el pelo, la hierba, la sensibilidad a las cosquillas ajenas. En nuestra erupción particular, los meses y los años de explosiones sucesivas contrajeron y expandieron nuestros aparatos cardiacos, removieron nuestras entrañas y pusieron boca abajo y patas arriba lo que anteriormente habían sido nuestras geografías. Después de ti, amor, y de aquella lava que me regalabas de viernes a domingo, nunca volví a tener los frío de cintura para abajo; tú, por tu parte, simplemente devolviste a Venus la condición de planeta más cálido.

Ahora el recuerdo que llevan de Lanzarote los turistas es una postal, la fotografía fija en sepia de lo que fueron el calor y la tragedia, pero también el comienzo de la felicidad actual. La isla de nuestro amor, por su parte, desciende dulcemente hasta las playas de un mar en calma, donde nos bronceamos en fines de semana largos, como este, que robamos al capitalismo salvaje y a las capitales de estado. En esta mañana de abril te preparo al despertar tostadas rojísimas de desayuno, y nos echamos al estómago zumo de fruta de la pasión, que en otro tiempo hubiéramos recolectado de nuestras propias venas, en las que crecía a borbotones.

Un momento de silencio, de nuevo, y nos reímos a la vez en voz alta. En el volcán, un rato más tarde, caminas descalza por la ceniza y compruebas bajo tus propios pies que el calor, lejos de extinguirse, quema hasta llegar a la garganta.

Bendigo que así sea, y doy gracias. Y no lo digo ya por la montaña.

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