Se gira. Las gotas que chocan con el suelo hacen el sonido de los globos de agua al estallar. Mira a la cama de nuevo, con la ventana a la espalda. Él la observa, desnuda, a contraluz, y se fija en el vello de sus brazos, erizado por la electricidad estática de la tormenta que avanza detrás de su cuerpo. La ciudad está lejos, demasiado lejos para ir en tacones con aquella lluvia. Su media sonrisa es clara: no piensa acercarla hasta allí.

Hace un rápido cálculo mental. No quedan condones. Pero tampoco hay nada mejor que hacer mientras esperan. Ambos han cruzado ya la línea de meta del amor y no lo han hecho precisamente en cabeza. Lo que les queda por delante, entre sudor y dolor articular, es mirar con envidia a los vencedores y esperar en las duchas a que el público se haya marchado del recinto sin tratar de pensar demasiado en los años que han pasado entrenando para no llegar a ningún sitio. Así que ahora no tendría sentido ponerse a charlar, remover las aguas turbias del pasado para que salten a la cara de nuevo los insectos que las han contaminado, ensayar el romance para darse cuenta al tiempo de que han aprendido de nuevo una obra de teatro que nadie va a representar.

Sin condón, la primera embestida les duele a los dos. Ella piensa en cremalleras que se enganchan, él en las veces que ha roto un sobre por el lugar equivocado y se ha cargado la mitad de la carta. Siguen, lentamente, con ella encima y la lluvia colándose en la habitación. Ha cambiado el viento, entra ahora de lleno. Da igual. Comienza a sonar el somier con las embestidas de ella, que fija su manicura sobre las costillas de él para que no entre muy profundo al principio. Hacía cuánto que no lo hacía sin protección, no lo recuerda. Un escalofrío en la espina dorsal, los dos, un trueno fuera, el estremecimiento repentino de la polla y el calor, ahora sí, el calor que comienza con la fricción, el calor del miembro incandescente que traspasa, firme y decidido, la barrera gelatinosa que se va formando entre sus piernas. La primera gota de sudor en la nuca cuando por fin la mete hasta el fondo, la película casi transparente que comienza a hacerse más abundante en el prepucio, oculto en la caverna. Follan con la intensidad de las primeras veces, adolescentes traviesos que descubren sus cuerpos a estrenar. Se tocan, se lamen, se abren y se cierran con la belleza traviesa de las flores carnívoras. Paran y vuelven a empezar, él encima, embestidas lentas de nuevo, la habitación se inunda y lo hacen bajo el agua. Se besan partes arrugadas de sus cuerpos, se meten los dedos y las lenguas en todos los recovecos, una vez, dos, tres. Pierden la noción del tiempo, la noción y la nación, porque olvidan los minutos en el intento. Ella termina varias veces y él una solamente, pero después continúa embistiendo hasta que ella se vuelve a correr y, por fin escampa.

Se queda una mañana de domingo perfecta. Bajan a la calle juntos y se despiden junto al coche de él, un Seat Ibiza blanco del 98. Un avión atraviesa el cielo, muy arriba. No se volverán a ver en la vida. Amén.

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