Confieso que la primera vez que oí hablar de Arreola fue tarde; en España, tristemente, sigue sin ser un autor muy conocido.

Por aquel entonces estudiaba en la desaparecida Escuela de Letras.

Lo recuerdo perfectamente.

Aquel día salí de la clase de Muñoz Molina. Compartíamos camino de vuelta hacia Ópera y yo estaba emocionadísimo con todo lo que decía. El tema estrella de esa semana era la memoria y, más allá de adentrarnos en el mundo de Proust, acabábamos de analizar Dora Bruder. De camino al Metro, me encontré a Eduardo Vilas que, casi siempre, salía y entraba de la Escuela de Letras con un montón de libros entre las manos. Le pregunté algo sobre la clase de la siguiente semana y se sorprendió de que no conociera a Juan José Arreola.

Me despedí de Muñoz Molina (el ejemplo vivo de que la intelectualidad y la humildad pueden convivir en una misma persona) y, al final, acompañé a Eduardo Vilas a La Mayor, que era la cervecería donde se alargaban las clases de escritura. Ese día, yo había quedado con Antonio Ortega para entregarle un artículo para El Crítico y Benjamín Prado estaba contando anécdotas sobre Bob Dylan; había escrito (o estaba escribiendo) un reportaje para Rolling Stone. Sobre la mesa había un montón de vasos de cerveza, cuadernos y un libro de la editorial Joaquín Mortiz que, por curiosidad, lo abrí al azar.

La migala. Ese fue el primer cuento que leí.

Madre mía, pensé. ¿Por qué nadie me había hablado antes de Arreola?

Confieso que, si alguien me hubiera preguntado entonces por un cuentista mexicano, el primer nombre que hubiese dicho habría sido, probablemente, Juan Rulfo. Pensar que había en México alguien tan genial como el creador de Pedro Páramo, empezó a confirmar mis sospechas y activar mi fascinación por la literatura mexicana.

La siguiente semana (recuerdo hasta el día: el primer miércoles de aquel diciembre) leí la noticia de su muerte.

Tengo la sensación de que durante aquellos meses lo único que hice fue leer a Arreola de forma compulsiva. Fue una sensación extraña: como si me sintiera culpable de haber llegado tarde por tan poco tiempo.

Del resto, no me acuerdo muy bien.

Mi obsesión literaria de entonces estaba clara: Arreola fue la excusa para aprender un vocabulario que desconocía por completo (recuerdo mi primera lectura de la faulkneriana Feria) y, sobre todo, para leer y entender mejor a Pacheco, a Revueltas, a Sabines, a Elizondo, a Dávila, a Arredondo, a Castellanos

Años después, conocí a Daniel Fragoso en Madrid. Curiosamente, estábamos muy cerca de la antigua Escuela de Letras. Nos presentaron unos amigos en un local de la calle Segovia. Por aquel entonces, él estaba rondando por la Autónoma y la palabra mágica fue “Arreola”. Así nos conocimos; platicando sobre Confabulario, mientras yo intentaba ubicar en el mapa una (para entonces) desconocida Pachuca y, sobre todo, apuntar mentalmente los autores (entonces, ignorados) que debía leer para saciar mi obsesión de aquellos años. Recuerdo, sobre todo, a dos: Luis Felipe Lomelí y Yuri Herrera.

Durante aquellos años, mis rutinas semanales pasaban siempre por las librerías madrileñas de segunda mano. En tres de ellas (en Tirso de Molina, en Quevedo y en Goya) ya me conocían. Era el tipo que les pedía los libros de un tal Arreola.

El resto llegaron por correo postal.

Y así, un buen día me di cuenta de que tenía una balda entera de la estantería con toda su bibliografía.

Aún recuerdo la emoción al recibir aquellos libros rojos y cuadrados que venían directamente de México. Y mis preguntas seguían siendo las mismas: ¿por qué todos sus textos funcionan tan bien? ¿Qué los hace tan especiales? ¿Y por qué casi nadie conocía por aquí su obra?

Recuerdo las clases de Estabilidad Textual del primer año de doctorado. Éramos pocos, así que aproveché para investigar y preguntarme si habría alguna forma de poder comprobar, de una forma más o menos científica, la calidad literaria del autor jalisciense.

No me quitaba a Arreola de la cabeza.  Tanto es así, que el primer poemario que publiqué (hoy, felizmente descatalogado) lo titulé con las tres últimas palabras de su cuento Armisticio.

Muchos años después, conseguí cuadrar la logística (no solo la económica) me matriculé en el Máster de Estudios Literarios de la Complutense. A la hora de plantear el trabajo final, lo tuve clarísimo.

Fueron meses de poner en claro las lecturas e investigaciones de aquellos años, para intentar averiguar por qué me hipnotizaba tanto su obra. ¿Era su prosa poética? ¿Los temas? ¿Su estilo? ¿La ironía? ¿Qué tenía él que no tenían los demás? ¿Por qué me alegraba tanto al leerlo y pensaba (y sigo pensando) que todo el mundo debería conocerlo?

Le di vueltas y, al final, me di cuenta de algo, aparentemente formal, pero que recibí como una auténtica revelación. Por aquellos meses estaba estudiando la Divina Comedia y había una idea que me parecía asombrosa y que comentaba mucho el profesor García Galiano: cómo Dante había escrito aquella genialidad como si fuera una tela de araña. Todo estaba conectado y, si quitabas una palabra de cualquiera de sus versos, la obra entera se desplomaba. Mientras, Fernando Ángel Moreno nos despertó a todos su fascinación contagiosa por la literatura fantástica y sus conexiones infinitas. ¿Y si Arreola tuviese una ambición parecida, pero tejiera su red incluso fuera del propio texto?

Así fue como la hipertextualidad dio sentido a todos aquellos años.

Al estudiar su obra otra vez, me di cuenta de que todo estaba conectado; sus cuentos, a través de alusiones, imitaciones burlescas, epígrafes, pastiches, citas y dedicatorias configuraban un universo maravilloso que tenía una explicación más sencilla de lo que pensaba: su lectura era una invitación a la propia lectura. ¿Y si el placer de sus textos estaba en la idea borgiana de generar una lectura que propusiera, en el fondo, lecturas infinitas?

Su Bestiario, por ejemplo, me llevó directamente a Confucio, a Lao Tse, a Cervantes, a Kant… Si leía Prosodia, por ejemplo, estaba leyendo realmente a Homero, a Góngora, a Schwob, a Sartre, a Nabokov o hasta la Biblia. Cantos de mal dolor, quizá el mejor ejemplo, no fue sino una excusa para leer paralelamente a Sófocles, a Dante, a Ronsard, a San Juan de la Cruz, a Melville, a Nerval, a Kafka, a Eliot, a Cortázar… y así, hasta a Lautréamont, claro.

Hace tres años me marché de España y, más allá de los golpes de suerte, de coincidencias y de otros amigos que se cruzaron por mi camino, comprendí por qué desde el primer día de aquel septiembre me sentí en México como en casa.

¡Si hasta tengo familia allí!

Siento que es el momento de agradecer a la gente que se cruzó por mi camino y, quizá sin saber, hizo que las piezas de mi vida fueran encajando en su sitio hasta el día de hoy.

Quizá todo estaba escrito.

De ser así, el culpable tiene nombre y apellidos.

Este 21 de septiembre, Juan José Arreola Zúñiga habría cumplido cien años de vida.

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