*Ésta crónica está incluida en el libro Tiempo de compensación, crónicas a nivel cancha, publicado por Producciones El Salario del Miedo, 2016. Entrevista con el autor

Por Carlos Barrón

El cielo encapotado amaga con una fuerte lluvia mientras la ciudad de Puebla recibe a los visitantes en taxis amarillos y negros, que parecen abejorros a los que les han cortado las alas. Hacen el ruido de un avispero. El medio día trae polvo y resequedad. La calle es un caos. Sufren los transeúntes porque nadie les respeta el paso, sufren los automovilistas porque los camiones se apoderan de los carriles y sufren las banquetas con el hormiguero de los vendedores ambulantes. En este sitio que no conoce el silencio, vive un portero que fue infinitamente famoso: Pablo Larios Iwasaki.

El taxista silba y mira cejijunto por el espejo retrovisor, –¿a poco va a ver a Pablo Larios?–, su cara de gravedad invita a la desconfianza cuando pregunta el asunto de la visita por el rumbo de Ciudad Universitaria.

—¿Sabe que se metía de todo? Mucha cocaína. Tenía hartos coches. Cuando perdió el dinero, a sus dealers les pagaba con ellos. Entraban al garaje y les decía que escogieran el que les gustara. Así se acabó la nariz.

Mientras acelera, el taxista ha alcanzado una seguridad tremenda en su capacidad simultánea de manejar, hablar y rascarse el cuello. La duda queda en el aire. ¿A qué se referirá con la nariz? El hombre con el pelo completamente cano y presumido en sus movimientos que le hacen sentirse protagonista del momento, mueve con exageración la mandíbula y promete,

—Ya verá.

La vivienda es de dos pisos con piedra de granito en la fachada y algunas partes con revestimiento de vinilo. Es muy tranquila a comparación con el movimiento exterior. Tiene la pinta de estar deshabitada, por un segundo la idea de regresar es la mejor alternativa hasta que el cerrojo de la puerta se abre y aparece un hombre enjuto, casi quijotesco, que tiene una mirada taciturna y dos agujeros en medio de la cara en lugar de nariz. Es Pablo Larios, apodado el “arquero de la selva”, con su bigote inconfundible como de actor ranchero. Anda aletargado, tímido, se encorva cada vez más al caminar. No es ése que brilló en las canchas de futbol. Vive en el ostracismo alejado del entorno que lo hizo famoso.

La recepción la hace sin gala. Está despeinado, enmohecido, hasta cansado. Pide tregua para bañarse y caminamos a través de un patio invadido por cientos de cajas de cartón:

—Ahora me gano la vida en la fabricación de uniformes para guardias de seguridad.

El tiempo posterior al éxito es ingrato. Pablo Larios desaparece unos minutos y todo vuelve a una quietud laxante. La casa a pesar de todo es cómoda, limpia, amplia, sin tantas pretensiones. Ahí vive un portero famoso que quedó separado de sus tres hijos; el último, de diecinueve años, falleció en el Río Bravo cuando intentó cruzar la frontera a Estados Unidos. Le había prometido a su novia en Texas que la acompañaría a un concierto de Enrique Iglesias pero la corriente lo arrastró hasta vararlo, lo demás corrió a cargo de la deshidratación que acabó con él a unos doscientos metros del agua, cerca de la localidad de El Grajeno. Le quedan Carlos y Sumiko pero viviendo con tanta tierra de por medio, ellos en Ciudad Victoria, Tamaulipas y él en Puebla, la relación es más que fría.

—Pablito era un buen hijo, muy bonachón, muy amable. Desgraciadamente sucedió esta tristeza.

Tiene una mirada tan funesta como la de Cristo crucificado. Larios se refugia en lo que le resta en la vida: sus suegros y cuñados:

—Es mi familia que me cuida y atiende, porque mis papás están en Zacatepec y casi no los veo.

Queda un vacío en el estómago al pasar y tropezar con las cajas, es como si la noche anterior unos cuantos amigos se hubieran reunido para platicar entre copas y dejaran todo desordenado. Resaltan en la estancia algunos decorados japoneses, pues su madre se apellidaba Iwasaki, sin embargo no se halla ningún recuerdo de su etapa futbolística. Confiesa que mandó cuanto se encontró a Zacatepec y que conserva apenas unas fotografías amontonadas en un ático, que se consumen por el polvo y el olvido, sin que le interese verlas de nuevo.

—Soy de Zacatepec, vivía enfrente del estadio Coruco Díaz, sólo tenía que cruzar la calle; ahí debuté en 1980 contra el Atlético Español; mi técnico era Carlos Turcato, un buen hombre. Él tenía miedo de que me pegaran jugando porque siempre fui muy delgado, recuerdo que la primera vez me dijo: “cuidate mucho, no te vayan a quebrar”, pero desde niño por el negocio de mi padre, una casa de materiales, cargaba bultos de cemento de veinticinco kilos, o sea que estaba correoso. Me fue muy bien, me convertí en novato del año la siguiente temporada y estuve en la Selección juvenil que viajó a Tokio en 1979.

Trata de hacer una descripción de esos buenos momentos cuando dejaba la adolescencia. No jugó más que en el último partido ante Japón por una lesión del portero Alberto Aguilar. Ese encuentro con sus raíces no lo motivó, apenas si conoce la historia del apellido Iwasaki, sabe que sus abuelos llegaron de Asia a poner restaurantes típicos de su país en Zacatepec, removidos por la segunda oleada de la inmigración japonesa. De cuatro hijas, su madre y una tía se quedaron en México, los demás se regresaron con el tiempo. Larios conoció a su familia cuando lo vieron jugar en Tokio.

Tras ese episodio que no logró lastimar su ánimo, se hizo dueño de la portería de un humilde club llamado Zacatepec, que jugaba en el calor primaveral que sólo pega en el estado de Morelos, en la parte donde se ubica el ingenio azucarero Emiliano Zapata. El club fue fundado en 1948 y se hizo famoso por pelear con gallardía la permanencia en Primera División y también por la dificultad que representaba el territorio, pues se decía que los pobladores eran sumamente violentos y andaban con machete en mano. La cancha era regada minutos antes del partido para que la evaporación causara una fuerte humedad que muy pocos rivales soportaban, a esto se le bautizó como el infierno verde del estadio Agustín Coruco Díaz, la selva de Larios.

—En la temporada de mi debut con Zacatepec, me hicieron veintinueve goles, descendimos. Aún así me llamaron a la Selección, en la historia soy el único jugador que ha estado en segunda división y con el Tri, fue por allá del año 1983. Después pasé a Cruz Azul porque me lleva Alberto Quintano para ser titular—. Le falla el dato porque Cuauhtémoc Blanco también fue a un Mundial, el del 2010, cuando estaba en segunda división.

Es complicado creer que el tiempo haya pasado inmisericorde por él. Transmite la sensación de sentirse un fracasado en todos los sentidos. Intentó incursionar como director deportivo en Tampico Madero, pero no duró más de siete meses. Lo cierto es que su presencia, ha entrado en una extraña espiral de humo. Su rostro desvía la atención y eso no es precisamente lo que quieren los dueños de equipos. Los agujeros que tiene en lugar de la nariz provocan un fuerte escrutinio que le incomoda y hace que todo sea indiscreto.

Sentado en la sala de su hogar usa botas vaqueras y una camisa de playa. Ya bañado cambia esa expresión sombría. Larios recuerda que era alocado e intranquilo para su posición, no obstante de esa forma reducía el peligro de su valla hasta en un setenta por ciento, —la gente sufría con mis salidas, pero mis compañeros no. Volaba como una mosca, tan frágil y débil pero seguro a la hora de tomar el balón con las manos. Fallaba en algunas ocasiones, las menos. En el Mundial de México 1986 acepta que fue error suyo el gol contra Bélgica en la primera fase, —fue una de mis peores salidas, me ganaron por completo, a pesar de que toqué la pelota, le cayó a un jugador de ellos que estaba solo y la metió.

Poco antes del Mundial dejó Zacatepec para irse a Cruz Azul

—Me querían llevar desde el inicio pero los directivos no me dejaron porque deseaban que fuera al América. Como protesta dejé de jugar dos meses. A Cruz Azul le pedí once millones de pesos de ficha, con un sueldo de ciento cincuenta mil pesos mensuales, América ofrecía menos de la mitad… en Zacatepec ganaba veintetrés mil pesos.

—¿Qué le hizo a tanto dinero?

—No sé, lo gasté, compraba muchos carros.

—¿Dónde quedaron esos coches?

—No recuerdo, supongo que pagué cosas con ellos.

Un ex trabajador del club Puebla, Carlo Pini, asegura que con el dinero, Larios tenía conductas como la de un cocinero a la hora de hacer frente a un menú difícil. Lo recuerda como un tipo siempre amable, tranquilo, muy inhibido pero que despilfarró todo.

—Una vez, Manuel Lapuente, el entrenador, llegó con un Ford LTD del año, de esos autos grandes como lancha de Xochimilco. Larios tenía un Corvette que acababa de comprarse, es decir, un auto mucho más caro. Apenas vio el de Lapuente, le preguntó sobre las cualidades del auto. Al día siguiente traía un Ford LTD igual al de él, hasta en el color. Su carro, que había costado mucho dinero, se lo vendió por menos de la mitad a Gerardo Mascareño, otro jugador.

Mascareño conoció tanto a Larios que le asombró el final que tuvo. Sabía en el fondo que era una persona diferente, que de ningún modo podía tener cosas hermosas porque se encargaba de rematarlas por adelantado.

—Creo que una de las personas que más le ayudó fue Manuel Lapuente. Cierta vez el hijo de Larios tuvo un accidente y fue hospitalizado, Lapuente me habló para pedir que con su propia tarjeta de crédito fuera a pagar la cuenta porque Larios no tenía dinero… y estaba en su apogeo como futbolista.

—Dicen que se metía droga.

—No me consta. Al menos en Puebla nunca sucedió.

Pablo Larios logró que muchos seguidores mantuvieran la fe. Por mucho que hoy su reencuentro con los mismos sea en un campo de cardos, sigue estando en el corazón de varios que no olvidan sus vuelos de fantasía y su porte danzarín en el futbol. Este portero de grandes agallas entró en el alma, el cerebro, pulmones, riñones, vísceras, ojos y oídos de la población porque todo eso ponía en cada partido.

Participó cinco años con Cruz Azul, llegó a dos finales, mismas que perdió ante Chivas y América.

—Un día me habló Guillermo Álvarez, presidente del equipo y me dijo que me iba porque supuestamente me equivoqué en la final contra el América al dejarle un balón a Zague en 1989, entonces me vendieron en paquete junto a Edgardo Fuentes y Arturo Álvarez al Puebla. Nos fue muy bien, salimos campeones en todo lo que jugamos después—. Sin embargo, le guarda un inmenso cariño a la institución cementera, ahí se hizo famoso.

Manuel Lapuente se lo llevó al club camotero. Diez años después en 1999, recién retirado, este mismo entrenador le daría la oportunidad de trabajar con los porteros en la Selección Nacional.

—Me gustó tanto Puebla que me quedé a vivir aquí, porque también fue el lugar donde conocí a mi mujer y mira cómo son las cosas, murió hace algunos años, no tengo casi contacto con mis hijos, lo demás es historia. La familia de mi mujer es la que me ha apoyado y me protege, de mi sangre no tengo a nadie aquí.

A juzgar por su suerte, siente que el futbol no le ha correspondido en la recta final como él lo hizo desde el inicio. ¿Por qué habría de creer que las cosas serían fáciles simplemente por haber sido famoso y querido?

—Es difícil la vida después del futbol, sobre todo si no tienes trabajo y no acumulaste dinero. Tras llevar un ritmo de vida distinto, el retiro es cruel. Ya no eres la figura ni el conocido. A mí me aleja del futbol a los treinta y ocho años, Juan Antonio Hernández, normal, un tipo mafioso que retiró a otros más. Era un supuesto directivo que sólo quiso hacer dinero inescrupulosamente a costillas de la vida deportiva de muchos. Ya se veía venir de todas formas el final, uno nunca está convencido, aunque quedé satisfecho con lo que hice en la portería.

—¿Cuándo se retiró estuvieron todos los que presumieron ser sus amigos?

—No, a veces dice uno “qué pasó con toda esa gente”. No conté con ellos. Desaparecieron. De todas formas no me siento solo, mi vida está aquí. No es que los necesite para que me den algo, sino simplemente para convivir. No tengo amigos del futbol, tengo conocidos, a ninguno podría decir que le cuento mis problemas o mis secretos, para eso, está mi familia.

No le es fácil reponerse de la dolorosa realidad. Para recuperar la vertical de la plática saca un billete de cien pesos y manda a un empleado por unos cigarros —que sean Marlboro—, ordena sutilmente. Han llegado a la casa sus familiares, que ajetreados, resumen los pedidos de los uniformes de seguridad, entonces se le oye más suelto, más tranquilo a pesar de llevar ya un rato con un papel frotándose la nariz que desprende sin control una mucosa transparente. Es verdad que ama a esas personas que son su familia porque los ojos le centellean. Es un hombre extraño que sonríe de repente y ya no se asusta. Es suave y se aprieta fuertemente con los brazos cruzados creyendo cada versión que relata. Ha adquirido la fuerza de un dios con el simple respaldo de quienes lo quieren.

—¿Me cuenta qué le pasó en la nariz?

—Me cayó una infección, ya llevo tres operaciones, quizá deba hacerme una más. La tengo así desde hace varios años, la infección me destrozó el cartílago hasta tirarme la nariz, además tengo un orificio en el paladar que no se puede tapar. Respiro y duermo bien, sólo que a veces se me va la saliva por el paladar. Ya sé por dónde vas. Te aseguro que no consumí drogas.

Aunque dice vivir tranquilo, no se despeja de la atmósfera un dejo de nostalgia por ese portero que fue compañero de cuarto de Tomás Boy en el Mundial y vivió una tanda de penales contra Alemania sin que pudiera detener uno. Al ver las fotos el comparativo con la realidad es dramático. Pero tiene sentido del humor, sonríe al pregonar ser el menos goleado en una Copa del Mundo, sólo dos en contra durante cinco partidos de 1986: uno de Paraguay, y otro en un choque que tuve con Fernando Quirarte donde nos anotó Bélgica que ya te conté.

Y de esos golpes que Carlos Turcato temía le propinaran, Pablo Larios recuerda uno en particular.

—Fue antes del Mundial en un partido amistoso en Los Ángeles contra Uruguay. Enzo Francescolli me pegó en el riñón en una salida, di la vuelta en el aire y caí. Por la noche empecé a orinar sangre. Me costó, pensé que se me iba el Mundial porque a un mes de que iniciara ya paraba Olaf Heredia, no yo.

Así pasa su vida Pablo Larios, esperando regresar al futbol de alguna manera, ayudando a su familia en el negocio de uniformes de policía y sin ir al estadio a ver al Puebla porque comenta: lo mal interpretan, piensan que voy a buscar trabajo.

Larios es un portero retirado que un día tuvo todo sin ser inocente de nada. Buscará en lo que le resta de fuerzas, sacar el veneno acumulado a causa de su forma de vida de oropel. El futbol a final de cuentas es sólo eso, un recuerdo en sepia. El día que dijo todo esto, llovió.

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