Era otra época cuando en el quicio de la puerta se sentaba mi padre a bolear sus zapatos de policía antes de ir al trabajo. La casa en donde vivíamos estaba en el callejón de Girón, cerca del mercado. Más abajo estaba Tepito, el tianguis iniciaba más adelante. Hoy, las calles en donde yo jugaba de niño están llenas de puestos de juguetes y fayuca.

Una tarde vino mi padre a despedirse de nosotros, venía herido de bala. El quicio de la puerta quedó impregnado de su sangre. Yo no sabía de arte ni me interesaba saber. Las gotas rojas pintaron el suelo de cemento.
El artista austriaco Hermann Nistch también pinta con sangre. Hasta 1998 hizo varios ritos a los que llamó Teatro de las orgías y los misterios. Rentaba castillos europeos para que las personas asistieran a una celebración ritual. Eventualmente ejecutaba sacrificios animales que no estaban dedicados a ningún dios. Eran fiestas en donde no sabemos a ciencia cierta qué se celebraba. Había música, procesiones y personas desnudas. De los vestigios sangrientos, Nitsch, guardaba las telas salpicadas de sangre y las convertía en objetos de arte para ser expuestos en museos.
El Museo Jumex había anunciado que en marzo presentaría la primera exposición de este artista en nuestro país. Un hombre controversial pero imprescindible en la historia del arte contemporáneo. Los grupos en contra del abuso animal hicieron presión en las redes sociales para que la muestra no se llevara a cabo. Un par de semanas después el museo anunció que la exposición de Nitsch estaba cancelada.
En los periódicos, junto a las notas que hablaban de la cancelación de la exposición de Nitsch, vi las fotos del rostro ensangrentado de un anciano que protestaba en Acapulco y que fue asesinado a golpes por los granaderos que reprimieron la manifestación. A veces pienso que los policías son pintores. Pintan el mundo de rojo carmesí.
Yo prefiero las pinturas de Hermann Nitsch ya que son el resultado de una catarsis liberadora. Rituales crueles, probablemente tan crueles como las antiguas celebraciones paganas, pero no tanto como las acciones violentas que cotidianamente nos hacemos entre humanos. La cancelación de esta muestra es un acto violento hacia mi persona. No es sangriento pero es violento, tan agresivo como la ley seca que ordenó el gobierno en la última visita del Papa Juan Pablo Segundo, justo el día en que yo asistía por primera vez al famoso buffet del California a disfrutar de comida y cerveza hasta decir basta. Sin embargo, ese día, gracias a los gobernadores católicos sólo comí sin beber cerveza.
Los ateos y los aficionados al arte somos una minoría. Somos discriminados periódica y sistemáticamente. A pesar de todo, estos actos crueles enraizados en la biopolítica nazi no me hacen flaquear. No creo en Dios, en ningún dios. Tampoco creo en Dalí, Diego Rivera o Frida Kahlo, artistas admirados por la mayoría. Ni mi padre ni el anciano asesinado a golpes por los policías están en el cielo o en el infierno. No existe la vida después de la muerte, lo único que queda, después de todo, son esas pinturas rojo carmesí dentro y fuera de la galería, a pesar de que algunos conservadores se empeñen en mantenerlas ocultas.

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