“Papá, ¿me pones otra vez la caricatura de cómo se inició la vida?”,  me pregunta mi hija de casi cuatro años y vuelvo a buscar en internet el primer capítulo de Érase una vez… el hombre, esa serie que Albert Barillé comenzó a dirigir a finales de los 70 y se distribuyó a través de un montón de televisoras de varios países del mundo.

Frente a la casa se ve inmenso el Volcán de Fuego de Colima que, como su nombre indica, a cada rato hace pequeñas erupciones. De modo que hablar de volcanes y, luego, de volcanes y dinosaurios y terremotos y ríos de lava se ha vuelto una práctica común. También observar las especies en floración que aparecen en las cuatro cuadras de camino a su preescolar, así como los tipos de aves que llegan a perchar a los árboles y cables de alrededor. Para los pájaros, nos ayudó muchísimo el trabajo de una tatuadora, Sandra Esquivel, quien se dio a la tarea de hacer grabados de las aves endémicas del estado (http://ladobe.com.mx/2015/03/sandra-ezquivel-el-color-de-las-aves/ https://luisfelipelomeli.wordpress.com/2017/01/06/sandra-ezquivel-el-color-de-las-aves/ ); para las plantas, comenzamos con las especias de la cocina y luego salimos a distinguirlas en la calle (romero, albahaca, eneldo, etcétera), después pasamos a los árboles frutales (carambolo, noni, guanábana, limón, guayaba, yaca, etc…) y ahora ya distinguimos unas 15 especies de pasto y el doble de plantas anuales de las que, por supuesto, no tenemos la más remota idea de cómo se llaman: nadie nos ha sabido decir y mis pesquisas en la red han sido infructuosas.

De modo que, eventualmente, una mañana mi hija me preguntó cómo había iniciado la vida, por qué había tantas formas diferentes de vida y por qué, claro, ya no había dinosaurios. Le expliqué como pude y, de repente, pude ver en su cara cómo, lo que le contaba, a ella le sonaba a cuento fantástico: desde la versión corta y reducida de la teoría de Oparin y el inicio de la vida en los océanos hasta el meteorito de Chicxulub de Álvarez, pasando por las eras del hielo de Agassiz.

Por la noche me volvió a preguntar y le volví a contar.

Dos o tres días después vino de nuevo la pregunta.

La siguiente semana, también.

Y así muchas otras veces.

En algún momento recordé la caricatura de Barillé y se la mostré. Le encantó. Y desde entonces ha ido combinando el volverme a preguntar (ya sea la misma pregunta o variaciones: “¿los mamuts se extinguieron por el asteroide?”) con pedirme que le ponga de nuevo la caricatura.

Cualquiera que haya convivido con infantes sabe de estas repeticiones: cuántas veces pide el huerco ver la misma película, por ejemplo.

Y es que en cualquiera de los casos anteriores –las especias, la vida, las floraciones, los dinosaurios, los árboles o las aves- el método de aprendizaje que ha propuesto mi hija ha sido siempre el mismo: repetir. Habremos ido unas cien veces al estante de las especias en la cocina a olerlas, probarlas y decir sus nombres. Desde hace dos años y medio recorremos casi todos los días el mismo camino al preescolar y observamos los pájaros y las especies vegetales. Y diario, diario, diario, vemos el volcán.

Luego ella ha propuesto, digamos, sus propias “autoevaluaciones”: “no me digas los nombres de las especias, papá, los digo yo” o de repente me empieza a contar cómo inició la vida y añade “¿así?”.

Pero no fue sino hasta ayer, cuando me volvió a pedir que le pusiera la caricatura, que caí en cuenta del proceso. Para todo lo que mi hija quiere aprender, procura repetirlo. Lo repite para memorizarlo. Y lo memoriza para establecer sus implicaciones, relaciones, causas y consecuencias: “la albahaca es lo que le ponemos a la pasta, ¿cierto?” o, en la calle, “este es el mismo romero que tenemos en la despensa, ¿verdad?” o “¿ese volcán también echaba lava cuando los dinosaurios?”

Repetición, memorización, aprendizaje.

Si usted tiene hijos o convive con niños, pregúntese si también hacen lo mismo y por sí mismos cuando quieren aprender algo: ya sea aprenderse la letra de una canción, volverse diestros para usar una herramienta o aprenderse tooooooodos los nombres de los dinosaurios. Repetición, memorización, aprendizaje y, después, innovación: una vez que “conocen”, comienzan a jugar, a experimentar formas y combinaciones nuevas, a intentar nuevos métodos. Por ejemplo, en el caso de mi hija, a mezclar especias de la cocina para obtener sabores nuevos, mezclar colores para obtener uno nuevo o, cómo no, mezclar a Oparin con la película de Moana (que, a su vez, es un collage de inventiva propia y leyendas polinesias) para tener una nueva teoría del inicio de la vida en el planeta.

En las últimas décadas, las modas educativas en estos lares del mundo han sido el constructivismo y la educación por competencias. Dicen que son una maravilla y, en su versión coloquial –esa que repiten los profesores-, uno de sus puntos fuertes o más aplaudidos es que elimina el proceso de memorización por parte de los alumnos porque es arcaico y obsoleto y no funciona. Yo no sé si estos pedagogos hayan tenido hijos alguna vez, si se hayan fijado en cómo aprendían sus hijos o si se trate nomás de un bonito caso de “teléfono descompuesto” pues, supongo, Piaget y otros tantos sí se habrán dado cuenta de cómo sus plebes buscaban memorizar y cómo eso les servía para entender, pero en la divulgación de la teoría esa parte se trastocó y ahora se demoniza.

Me queda claro que, de forma general, cualquiera de nosotros es capaz de recordar algún episodio ingrato en que nos obligaron a memorizar algo y, por eso, es que somos rápidos en adherirnos a la idea de que la memorización es antipedagógica e incluso detestable (sí, a mi hija tampoco le gusta memorizar lo que no le gusta). Más aún quienes se encuentran en pleno proceso educativo, los estudiantes, y también algunos profesores que quieren evitarse la lata de ser odiados por sus alumnos por ponerlos a memorizar. Es decir, en esta versión popular, es muy rentable y muy vendible la idea: un gran negocio. Pero, por un lado, sus adalides olvidan para qué les ha servido memorizar eso que no odiaron memorizar y, por otro, también olvidan que la repetición y la memorización parecen ser procesos que buscan todos los niños, de forma autónoma, para aprender. Tal vez los que niegan la memorización deberían de volver a leer a sus autores o, mejor aún, convivir más con sus hijos.

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