Desde sus inicios y hasta casi finales de los años ochenta, el proceso migratorio que experimentó  México y Estados Unidos fue descrito como un fenómeno estrictamente laboral. Durante este periodo, el perfil del migrante mexicano era identificado muy fácilmente con el género masculino, joven, de origen rural y con estancia temporal en el exterior. La simplicidad de esta imagen radicaba en la funcionalidad para su estudio. En este periodo las autoridades gubernamentales de ambos países, prácticamente no intervinieron en este proceso, dejando la regulación del flujo migratorio a las necesidades económicas del mercado laboral.

En otras palabras, nos referimos a un largo proceso histórico que se remonta a finales del siglo XIX, que se perpetuó en el siglo XX y que para el siglo XXI se proyecta casi impredecible. Basta mencionar que ningún otro flujo migratorio con dirección hacia Estados Unidos ha durado más de cien años como el mexicano. Dicho proceso experimenta una salida masiva que involucra a millones de personas y a sus familias, con un impacto que incide en todos los ámbitos del espectro social de los lugares de origen y asentamiento, pues se trata de un fenómeno social que se materializa entre países vecinos que comparten una de las fronteras más largas del mundo en la que la relación económica es visiblemente asimétrica.

 

Breve Historia

La migración de mexicanos hacia Estados Unidos constituye uno de los fenómenos de mayor antigüedad y tradición en el mundo, su origen se remonta a más de 150 años. Dos acontecimientos permiten establecer el comienzo de este proceso migratorio, el primero, vinculado a una dimensión geopolítica, indica este fenómeno inició en 1848 con la firma del Tratado Guadalupe-Hidalgo, que oficialmente pone fin a la guerra entre México y Estados Unidos.

La derrota obligó al gobierno mexicano a pagar una compensación económica y además, ceder el territorio de los estados de California, Arizona, Nuevo México, Nevada y Texas, junto con algunas partes de Colorado, Wyoming y Utah. El segundo acontecimiento, describe la demanda de trabajadores que requirió Norteamérica, desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XX con el fin de cubrir la gran expansión de su mercado laboral. Ambos sucesos permiten comprender (y situar) el origen de este proceso migratorio.

Durante el siglo XX, se distinguen cinco etapas históricas de la migración mexicana, caracterizadas por una duración de 20 a 25 años. La primera etapa conocida como “el enganche” (1900-1929), arrancó durante el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz, y se caracterizó por la combinación de tres fuerzas que impulsaron el proceso migratorio: Primero, el sistema de contratación de mano de obra privado y semi-forzado conocido como «el enganche»; segundo, el estallido de la Revolución Mexicana que causó la salida de miles de personas, incluyendo a refugiados políticos y a sus familias; y tercero, el ingreso de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, lo que limitó la llegada de inmigrantes europeos y demandó mano de obra proveniente de México.

La siguiente fase fue “la era de las deportaciones” (1929-1941), las cuales se produjeron en 1924 con la creación de la Patrulla Fronteriza. La primera gran deportación se realizó en 1921, pero sólo fue un hecho circunstancial, pues el flujo migratorio se recuperó rápidamente en 1926.

La segunda gran deportación ocurrió entre 1929 y 1932 en el marco de la gran depresión económica que sufrió Estados Unidos, constituyéndose como la etapa de mayor impacto, pues alteró significativamente las redes y circuitos migratorios. La última deportación ocurrió en 1939, pero fue aminorada por los proyectos agrícolas del gobierno mexicano implementados en 1940.

La tercera fase es el periodo Bracero (1942-1964), que inició con la necesidad de Estados Unidos por disponer de trabajadores que se desempeñaran en el sector agrícola, debido al ingreso de este país en la Segunda Guerra Mundial. Por ello, a petición de los agricultores locales, el gobierno estadounidense pactó, por primera y única vez con México, un sistema de contratación laboral de trabajadores invitados conocido como el Programa Bracero. Esta iniciativa autorizó cerca de 4,6 millones de contratos temporales en los sectores de la agricultura y las acciones para la expansión del ferrocarril.

La cuarta etapa se refiere a la era de los indocumentados (1965-1986), que inició cuando el gobierno estadounidense aprobó una serie de medidas complementarias a sus leyes migratorias (Immigration and Nationality Act). Esta nueva reglamentación migratoria incluyó la legalización de un amplio sector de la población trabajadora y la creación de un nuevo sistema de visas que autorizó una cuota de hasta 20.000 permisos anuales por cada país. Estos permisos se concedieron por razones de parentesco, las necesidades laborales de Estados Unidos y consideraciones humanitarias. Así mismo, se buscó mejorar la protección de la frontera y se inició la deportación sistemática de los trabajadores indocumentados.

La última etapa inició en 1986, con la promulgación de la Ley de Reforma y Control de la Inmigración (Ley Simpson-Rodino, o IRCA). En términos generales, el IRCA partía de un modelo que reconocía una pérdida del control fronterizo, lo cual, se había convertido en un asunto de seguridad nacional. De forma que se buscó, por un lado, promover una amnistía para los migrantes indocumentados, y por otro, cerrar la frontera e impedir que los empleadores contrataran más migrantes.

A partir de este breve recuento histórico, se hace visible un movimiento pendular en la política inmigratoria norteamericana, que se explica en condiciones de apertura en caso de escasez de mano de obra debido a la expansión económica o a causa de conflictos bélicos. Y de cierre de frontera por condiciones de repatriaciones o por severas legislaciones migratorias en momentos económicos poco favorables o, incluso, por presiones del ambiente político interno. Sin embargo, las medidas migratorias estadounidenses no han conseguido controlar el flujo migratorio, al contrario, la migración mexicana ha experimentado un aumento durante las últimas décadas, lo cual deja en visto el papel de los gobiernos que ambas naciones juegan en el fenómeno de la migración y cómo ésta se ha transformado en un fenómeno incontenible o difícilmente controlable desde los límites de sus fronteras.

 

Los motores de la migración

El proceso migratorio entre México y Estados Unidos es complejo y dinámico; se ha apoyado en la conjugación de diversos factores estructurales, en su mayoría de carácter económico. De acuerdo al Estudio Binacional México-Estados Unidos existen tres factores que han sido los dinamizadores del proceso migratorio. Los primeros dos son los factores vinculados a la oferta y la demanda de personas, considerados como las fuerzas que inician el movimiento migratorio. El tercer factor refiere a la vinculación de los migrantes entre ambas sociedades, reflejado por las redes sociales que mantienen y perpetuán el proceso a través del tiempo. Sin embargo, se debe considerar a las políticas migratorias como otro elemento de importancia dentro de este proceso.

En este sentido, los factores que inician la migración mexicana pueden interpretarse como el movimiento de personas que deciden trasladarse a Estados Unidos, temporal o definitivamente, con el fin de trabajar o residir en ese país. De la parte mexicana, el desplazamiento se origina por los factores de oferta – expulsión relacionados con los problemas de la economía; la falta de empleo estable y bien pagado o la crisis del campo, por mencionar algunas. De la parte norteamericana, el origen está en los factores de oferta – atracción tales como el desarrollo de la economía en ese país que requiere de mano mexicana en sectores como la agricultura, jardinería, construcción, limpieza, servicios, etcétera.

A lo largo de su historia, la relación complementaria entre la oferta y la demanda originó la corriente migratoria mexicana. Sin embargo, la tradición de migrar hacia Norteamérica consolidó múltiples redes sociales entre ambos lados de la frontera, las cuales han jugado un papel fundamental en el mantenimiento y perpetuación del proceso. Las redes migratorias cumplen diversas funciones, por ejemplo: vincular a los migrantes con sus lugares de origen o facilitar el cruce fronterizo y espacios de alojamiento; su papel ha simplificado el proceso migratorio provocando que se mantenga sin la necesidad de que las estructuras económicas intervengan en el proceso.

La importancia de las redes sociales se explica por una serie de elementos como la continuidad histórica de la migración mexicana hacia Estados Unidos; el gran crecimiento de esta corriente durante las últimas tres décadas y media; el carácter circular de la migración mexicana y la aprobación de los gobiernos de ambos países de permitir el funcionamiento de organizaciones informales. Cabe aclarar que el fortalecimiento de dichas organizaciones llegó con el aumento en el número de migrantes mexicanos admitidos legalmente, pues estos pudieron residir en Estados Unidos, accedieron a la ciudadanía y se beneficiaron de la reunificación familiar.

Este último aspecto visibiliza el hecho de que las políticas migratorias son otro factor clave dentro del proceso migratorio, pues estas acciones han tenido un gran impacto en la modalidad y el perfil de los migrantes mexicanos. Dentro de estas iniciativas políticas se destaca el Programa Bracero y las reformas complementarias a las leyes migratorias de 1965 y Ley del IRCA, antes mencionadas.

Las medidas migratorias posteriores al IRCA, sólo se avocaron a dos aspectos: el primero, de enfoque restrictivo, del cual destaca la estrategia de 1993 conocida como «Prevención por medio de la disuasión», que consistió en el refuerzo del control fronterizo en los puntos de mayor cruce de los migrantes provenientes del Sur. El segundo aspecto se dio a partir de los acontecimientos del 11 de septiembre, en 2001, cuando la política norteamericana se enfocó en asuntos de seguridad interna.

 

La magnitud actual y el nuevo perfil migratorio

En 2015, la Oficina del Censo de Estados Unidos estableció que la población migrante mexicana en ese país era de 12 millones 128 mil de personas. Por su parte, el Banco Mundial (2016) señala que después de la India, México ocupó el segundo lugar de la lista de los países con mayor migración en el mundo con cerca de 13,2 millones de migrantes, lo que corresponde a poco más del 4% del total de la población de Estados Unidos y, a su vez, al 11% de toda la población de México.

Ahora bien, históricamente, el perfil del migrante mexicano corresponde a la figura de hombres jóvenes, solteros de origen rural. Sin embargo, en los últimos años, distintas fuentes académicas dan cuenta de importantes cambios en dicho perfil. Además también se mencionan modificaciones en la magnitud, modalidades y patrón de los migrantes mexicanos, pues cada vez es más notoria la participación de migrantes procedentes de las ciudades y de los centros urbanos mexicanos mayores de 15 mil habitantes. En el periodo 2000-2010, la migración urbana pasó de representar el 50% al 63% del flujo total en el último año.

Otro cambio significativo se dio en lo que se refiere al carácter familiar en la migración mexicana. Durante 2010, el número de hogares encabezados por migrantes o residentes mexicanos fue de 4.1 millones de personas de los cuales, sólo 33% estaba conformado exclusivamente por mexicanos; el resto estaba formado por personas de otras nacionalidades, principalmente estadounidenses. Esto podría indicar que se trata de los hijos de los inmigrantes mexicanos.

La participación de las mujeres es otro factor que ha influido en el asentamiento de la migración masculina y en la conformación de familias mexicanas en Estados Unidos. Desde 1970, se registró una mayor participación de las mujeres mexicanas migrantes situándose casi a la par del grupo masculino. Sin embargo, en el periodo de 2007 a 2010, aumentó considerablemente su participación al pasar del 12 al 26% del total de migrantes mexicanos. Al igual que los hombres, las mujeres mexicanas que migran lo hacen en busca de empleo antes que por motivos familiares. De esta forma, para 2010, la tasa de participación de las mujeres mexicanas en el mercado laboral estadounidense fue de 51%.

El ámbito laboral de los migrantes mexicanos en Estados Unidos también ha producido cambios en el patrón migratorio. Este aspecto está directamente relacionado con la estructura económica y productiva estadounidense. Así, entre 1970 y 2009, se observó una disminución en la presencia de migrantes mexicanos en el sector agrícola e industrial pasando del 14,7% al 5,4%. Y, por el contrario, en los sectores de la construcción y servicios aumentó del 4,1% a un 20%. Para 2010, los sectores de mayor desempeño laboral entre los migrantes mexicanos fueron los servicios de baja calificación con el 26,8% y los trabajadores especializados con el 26,9%. Sin embargo, las nuevas dinámicas laborales no han desplazado las ocupaciones tradicionales de los migrantes mexicanos en los sectores industrial y agrícola.

Anteriormente, los migrantes mexicanos se caracterizaban por tener un bajo nivel educativo. Empero, en los últimos años se dio una mejora en este rubro. Por ejemplo, para el periodo entre 1970 a 2009, se duplicó el porcentaje de migrantes con licenciatura terminada o posgrado, pasando del 3,6 al 7,8 por ciento y del 2,3 al 7,7 por ciento, respectivamente. Aunque, estos datos contrastan con los datos de 2009, en donde se advierte que cerca del 60% de los migrantes mexicanos mayores de 24 años tiene al menos 9 años de escolaridad y el 85% de ellos no superó el nivel de bachillerato. Lo anterior, se debe al carácter laboral de la migración mexicana y, al mismo tiempo, a que este proceso responde a la demanda de trabajadores poco calificados. Sin embargo, la necesidad del mercado laboral de Estados Unidos por contar con profesionistas calificados también incluye a la población mexicana. En 1980, por ejemplo, entre los grupos de migrantes calificados en Estados Unidos, la población mexicana se situaba en el lugar 13. En la siguiente década el grupo mexicano ascendió a la décima posición. Y, desde el periodo que abarca del 2000 a 2010, los migrantes mexicanos con alta calificación ocupan el cuarto lugar, siendo superados por los migrantes de la India, Filipinas y China, sin embargo, se mantiene por encima de los grupos de Canadá y Alemania.

Por otra parte, hoy en día el perfil del migrante mexicano se caracteriza por ser indocumentado, hecho, que paradójicamente sucede cuando se ha presentado una excesiva política migratoria que busca disuadir los flujos migratorios no autorizados, principalmente desde México. El Pew Hispanic Center estimó que en 2008, pese a las duras medidas al respecto, la migración ilegal mexicana incrementó su volumen entre 2000 y 2007, pasando de 4.8 a 7 millones de indocumentados. Para 2010, la población de inmigrantes mexicanos no autorizados sufrió una disminución a 6,5 millones. Aunque, los mexicanos siguen siendo el mayor grupo de inmigrantes no autorizados con el 58% en Estados Unidos.

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