La reacción entre dos cuerpos, imperiosamente adyacentes, propicia un ataque cardíaco; casi siempre suscitado en el punto más frágil del hombre, a saber: el cerebro.

Las reliquias resultan obscenamente prodigiosas. Nunca llegué a las mismas conclusiones de mi padre; no obstante, siempre supe imitarlas, copiarlas a pies juntillas. Los ancianos conforman una suculenta paradoja: nos envuelven con su nauseabundez. Son prodigiosos.

Los delitos tenían, para Rishmunk, una especie de actuabilidad (si aceptamos con humildad las herméticas proposiciones jamesianas)

El día

El rumor se había extendido con prodigiosa celeridad. El pequeño pueblo, cuyos habitantes parecían ser la imitación sencilla de un solo modelo, apostado en una cima desconocida y graciosa, cayó en la oscura cuenta. Gritillos de grillos. Las figuritas, dos diminutas sombras arrinconadas, cuchicheaban temblorosos sonidos. ¿Es verdad que…? Ya lo creo, dijo el otro. Un adulto sollozaba, amargo, tras el mostrador. Snif. ¡Licor! ¡Ja!

-Bueno, supongo que esta vez tendremos que pensar bien las cosas, exclamó un sujeto alto, desgarbado y, evidentemente, borracho como un mico. Narices enrojecidas, ojos vidriosos, mandíbulas castañeantes. Bonito rumor tabernero.

-Escuchen, habló el anciano campirano, barbicrecida grissombrero calado. Hay que sobreponerse. No podemos dejarnos caer así. Un viejo ha hablado. Yo muero, ustedes siguen viviendo. Ley aristotélica. Scala naturae. Tremendo granuja ese. Los colores disminuían en grado creciente, la oscuridad se prolongaba audaz. Sol solo. Solaz solitario.

La botella de oporto, humedecida, cayó. Una sombra macilenta, cara arrugada por una juventud avejentada, manos traicioneramente flacas, endeble; miró con espanto el estruendo. Estruendo. Qué triste es todo esto. El alcohol huye de nosotros. También.

-Yo digo que bebamos, vituperó el más alto de los diez. Los finales deben dar preámbulo al comienzo, ¿no? Creación. Ex nihilitas. ¿Cómo ocurrió?, llora, llora un pobre desdichado. Debimos ser más cuidadosos, abrigarlo, mimarlo, creer…

Callen, amigos. Callemos y forjemos ese silencio blasfemo. Las dos imagencitas salieron. Uno: vamos a casa. Otro: estamos en ella. Uno: este sitio ha dejado de ser nuestro. Otro: ¿a dónde iremos, entonces? Uno: a casa. Juntos, caminaron hasta el inmenso árbol. Gula. Y allí, ebrios, cayeron pesadamente. Pereza. Contemplaban el cielo diurno, opalino y rojizo a un tiempo. Estamos de acuerdo en algo. Él y yo meditamos lo mimo, justo aquí. El polvo, ¡oh!, delicia. Vamos a casa.

Cortejo que pasa presuroso. Dos enfrente, dos atrás. ¿Quién lo diría? Universo cargado por una tortuga. La inmensidad sostenida por la mensidad. ¿Los seguimos? No, suficiente. Féretro. INRI. RIP.

-¡Cuidado, bestias! Sombrero bombín. Ira. ¡Sí, claro! Después de que lo matas (aunque realmente fuimos todos, ja), ahora insultas. Bestia. 666. Te condeno. Sólo sujétenlo bien. Discutir es vana complacencia. Vanagloria. Las piedras del camino ofrecían algunos obstáculos importantes; sin embargo seguíamos, paso a paso. Soberbia. Ni siquiera podremos divertirnos cuando esto termine. La conciencia es demasiado voraz. ¿Ves aquello que emerge? Resplandor rojizo. Luxuria se desplaza. Sí, lo veo. Extraño, tanta redondez. No es habitual. Llamémosle mulier. Hermes Trismegisto: arriba es abajo, y abajo es arriba. Unidad múltiple. Pues, querido, presiento que necesitaremos muchas de esas. Adicción al círculo. Sfaira. Avaritia.

El mundo se convirtió. Los ángeles están de luto: Deus est mortus.

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Jesús Gamboa es cuentista, reportero en El Diario de Juárez.

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