Por Paulo Neo

Tres orfanatos en cinco años. Ahora tengo trece, pero tenía ocho cuando mis padres murieron. Todavía me acuerdo de ese día. La puerta del dormitorio estaba cerrada. Yo desperté primero y me levanté, era domingo y hacía un poco de frío. La noche anterior vinieron unos amigos de papá, estuvieron tomando mucho vino y fumando mucho también. Mamá estaba seria, como cansada de todo y papá tenía los ojos rojos y todos gritaban a la vez. No sé en qué momento me dormí. Cuando abrí los ojos, el sol entraba por la ventana. Quería decirle a mamá que tenía hambre, que seguro ya era la hora de desayunar como hacíamos siempre, los tres juntos. Pero como digo, la puerta estaba cerrada. La abrí despacio y sentí un olor raro. Llamé a mamá pero no me escuchaba, probé con papá y tampoco. Los sacudí del  brazo, les grité, pero ninguno de los dos reaccionó. Pensé que debían estar muy cansados. Prendí la tele y me quedé un rato acostado entre los dos, para ver si alguno se despertaba, pero no pasaba nada y me aburrí. Así que los dejé y me fui a la cocina y me preparé una chocolatada, también me zampé unas galletas. Después llegó la policía y ya no me acuerdo mucho qué pasó después.

Ahora tengo una nueva familia, se llaman Claudio y Viviana y son jóvenes y tienen una casa grande con patio y pileta, pero yo nunca me meto porque no sé nadar. Cuando Viviana se agacha, yo me quedo mirándole las tetas pero disimuladamente, con cuidado para que Claudio no se vaya a dar cuenta. Tienen un auto grande y nuevo y los fines de semana salimos a comer afuera pero ninguno de los dos toma vino, ni cerveza, ni fuma. A veces me despierto a la madrugada, me levanto, voy hasta su dormitorio y cierro la puerta con fuerza.

Comentarios

Comentarios