Es mentira que cada vez que aparece una pistola alguien tenga que dispararla tarde o temprano. Lino surgió en el salón con una y Adela le lanzó un libro. Le dio en la cabeza, el libro, a Lino, Adela salió corriendo de escena y nadie llegó a reparar en la pistola. Al contrario que en otras ficciones, ella no tuvo que cargar con el cadáver de Lino sobre su conciencia, sino que a los dos minutos el chico estaba de pie y se repasaba el borde de la pistola por el parietal. Estaba fría, muy fría, y era lo más frío que tenía a mano aquella tarde-noche de julio y el lado izquierdo de la cabeza le dolía por culpa de la edición de tapa dura, muy dura, de Cien años de soledad. Ninguno de los dos lo había leído, aunque no lo admitieran. Él no, por supuesto, ella tampoco.

Eso le recordaba vagamente a Bonsái, la novela de Zambra. En aquella, piensa Lino, los personajes se engañan mutuamente mostrando su fervor por Proust cuando ninguno de los dos ha terminado En busca del tiempo perdido. Es mentira que el argumento sea ese, o no es del todo cierto, pero no lo recuerda Lino correctamente por lo que le duele la cabeza. A Zambra le pasaba lo mismo. Migrañas. Se siente Zambra con la chola abombada por el golpetazo de Adela precisamente con un libro con el que la había engañado, al decirle que era su favorito, entusiasmado, y aparecer aquella misma tarde de su primer polvo con una edición especial en tapa dura, conmemorativa, que ella había recibido con los ojos muy abiertos porque, decía, la que había manejado Adela, nunca dijo “leído”, era una antigua de la biblioteca.

Y no era esa sin embargo la mentira que había hecho que Adela le disparara el volumen de García Márquez, había sido otra, que tampoco tenía que ver con la pistola. Lino había sido gay en la secundaria, lo primero que había estado entre sus piernas había sido un hombre y nunca se lo había confesado. La cabeza de un hombre, para ser concretos. ¿Qué fue primero, el polvo o la mamada? En su caso la mamada, una maraña de rizos gruesos, rígidos en su circularidad, por la que pasaba los dedos despistados mientras se la comían. Pedro. La cabeza. El dolor de cabeza, la cabeza de Pedro subiendo y bajando.

Pedro era el director de cine que había contratado a Lino para su siguiente película, cosas de la vida. Le había dicho que habían sido los del casting pero Pedro, también, había mentido. Lo había contratado porque no se podía sacar a Lino de la cabeza (vaya) desde que había descubierto que aquel muchacho que triunfaba con el Hamlet del colegio se había convertido en un galán que estaba a su alcance, al menos profesional. No se lo quitaba de la cabeza, la de Pedro, la de Adela dolía después de lanzar con fuerza el volumen también dolía: cefalea cervical. Tres cabezas a punto de estallar y solamente una pistola fría en una de ellas.

Tras afearle la mentira con el lanzamiento de Nobel, Adela enfiló Buenaventura con su auto, en una mala decisión sin duda. El dolor que irradiaba de su cuello y se extendía por la cabeza como el beso de una medusa cabreada terminó por dejarla incapaz de mirar a la derecha. Así que cuando Buenaventura desembocaba en Corrientes solamente pudo girar los ojos y no el cuello en el cruce. Solía ir con cuidado allí, porque, aunque tenía preferencia, todo el mundo hacía caso omiso de aquella vieja señal de STOP que no valía para nada.

El destino quiso que el Volvo con prisas que apareció de improviso y no frenó fuera el de Pedro, que venía diciéndose a sí mismo que quería quitarse de la cabeza a Lino, pero bien sabía que se engañaba. Adela quedó casi muerta después del trastazo, eso sí, con la cabeza plácidamente envuelta por el airbag, como un bebé perdido en las sábanas de la cama de sus padres, mientras Pedro, su coche en llamas, remontaba Buenaventura para llegar ensangrentado a casa de Lino. Había pensado en decirle que quería darle una segunda versión del guión, pero era mentira. Llevaba una botella de ron y solamente esperaba que Adela no estuviera presente para poder hacer con él lo que quisiera.

Cuando emergió por la puerta todavía abierta, porque Adela había reventado el cerrojo con el portazo, encontró a Lino con el borde de la pistola en la sien y pensó que se quería matar. Su cabeza, aturdida por el accidente, hacía que viera aún borroso, así que en realidad veía dos Linos, dos pistolas, y no se le ocurrió otra cosa que lanzar la botella a la desesperada, como esos tenistas que se ven lejos del punto decisivo del partido y sueltan la raqueta hacia la pelota. Es otra mentira más, aunque lograran impactar con la esfera verdosa y trasladarla al otro campo el punto no sería válido, y sin embargo ahí vuela la botella de ron hacia la cabeza maltrecha de Lino, impacta a la altura del nervio orbital y una esquirla de cristal se le introduce y le causa la muerte casi al instante.

Cuando se da cuenta de la tragedia que es haber matado a dos personas (o casi) en tan corto espacio de tiempo, Pedro toma la pistola y se la introduce en la boca. No es como la polla de Lino, piensa por un instante, uno de esos pensamientos estremecedores que solamente se tienen cuando todo parece perdido. Está fría, no caliente, y hace que le duelan los dientes cuando toma contacto con ella.

La pistola, como todo en el relato, es de mentira.

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