Por Alejandro González Castillo

Camino por la colonia Narvarte hasta encontrar el número que llevo cuadras buscando, toco el timbre y Juan Morales me abre para invitarme a pasar. Estamos en un estudio de producción audiovisual plagado de computadoras y, entre audífonos y lentes, me hallo una guitarra en un esquina; la pido prestada y trazo acordes cuando aparece Pascual Reyes. Al saludarme, me entrega la edición en vinil de Sufro, sufro, sufro, el álbum debut del grupo que comanda, San Pascualito Rey. Hace quince años que ese disco vio la luz y para celebrarlo sus artífices han decidido que hacerlo girar a 33 RPM es justo. Desgarro el celofán y descubro que los detalles de la obra están perfectamente cuidados. Saco los dos platos de sus camisas y encuentro uno rosa marmoleado y otro amarillo. Un lujo de edición.

Me despido de Juan y abordo el coche de Pascual, quien marca en su teléfono nuestro destino. Nos espera una hora de viaje antes de llegar a Xochimilco. Suficiente para platicar. Desde hace años yo lo busco para eso; le escribo, le llamo, lo sigo. Pero no sólo a él, sino a todos los que de alguna forma han formado parte de San Pascualito Rey. Ya perdí la cuenta de cuánto tiempo llevo escribiendo su historia, un relato que camina, que sigue andando, que parece no encontrar el final a pesar de lo que la pareja fundadora de la banda me cuenta que acaba de suceder. Avanzamos en la nave mientras Pascual maneja y platica, pero yo no enciendo la grabadora. Las últimas veces que nos hemos encontrado no lo hago más. Ignoro por qué prefiero sólo escucharlo, supongo que de pronto fue diciéndome cosas tan personales que comenzó a ser incómodo que entre los dos hubiera una grabadora.

Al final llegamos a una pulquería. Es ahí donde Pascual quedó de verse con la producción de una serie de televisión cuyo objetivo es visitar los sitios de retozo y gozo más emblemáticos del país. Hoy le toca a El Templo de Diana y Pascual operará como invitado del anfitrión del show: Don Cornelio. Poncho, quien lidera la producción, me dice que ya lo conoceré, cuando le pregunto quién es el tal Don Cornelio; “orita verás, es todo un personaje en Jalisco”, me suelta. Mientras tanto, el conductor de marras está entrevistándose con el hombre de la barra, hablando de curados y hierbas, frutas y medidas. A su alrededor, cámaras y micrófonos registran todo al tiempo que Pascual y yo observamos, a unos pasos de distancia. Cuando alguien grita corte, nos presentan al hombre, quien de inmediato se sienta con nosotros. Se trata de un tipo de alrededor de setenta años de edad, con gafas colgando del cuello y un sombrero de ala ancha cubriéndole la espalda, alguien cuyo verbo fluye vigoroso.

Platicamos los tres cuando a Pascual le solicitan que le cante “Las mañanitas” a la virgen del lugar, a lo cual accede luego de que le colocan un micrófono en el pecho. Con guitarra en mano, Pascual y Don Cornelio se paran frente a un altar y se entonan  a dueto. Las cámaras los siguen, yo miro a la distancia cuando uno de los del equipo de grabación se me acerca para intentar ponerme un micrófono. Le cuento que yo sólo acompaño a uno de los que están cantando, que no voy a salir a cuadro. El productor se me acerca y me dice que sí, que sí saldré. Pienso en que no me rasuré ni me peiné, pero acepto entrar al juego. Y de pronto ahí estamos, Don Cornelio, Pascual y yo, cercados por cámaras, micrófonos y reflectores. Sentados en una mesa, hablando de pulques. El encuentro avanza tendido, se trata de improvisar, se nos dice, de platicar como si sólo los tres estuviéramos ahí. Y así hacemos cuando a nuestro alrededor se van llenando las mesas. Son más o menos las dos de la tarde, la hora en que los estudiantes salen sedientos de clase, así que todos piden sus pulques y nos observan curiosos, preguntándose quiénes son esos señores que se ríen cómplices.

Comienzo a sudar. Me desabrocho un botón de la camisa. Estamos en un sitio caliente, pese a que sus paredes están forradas de azulejo. La hora no ayuda para que la cosa se enfríe, el sol afuera cae pesado; dentro, inmensos reflectores apuntan hacia mi cara. Medito que brillaré en sociedad cuando ese programa salga al aire, pero qué importa, charlamos amenamente, hablamos de las pulquerías que hay en nuestros respectivos barrios, del proceso de fermentación, de magueyes, de pasteurización. De infidelidades y borracheras, de resacas y arrepentimiento. Todo anda de fábula, pues. Entonces llegan a nuestra mesa unos tarros. Voluminosos tarros de pulque. Tres curados, de a litro cada uno. Tuna, apio y nuez. Don Cornelio y Pascual se lamen los bigotes al verlos. Yo, trago saliva. Claro, estamos grabando un programa para la TV en una pulquería, de manera que hay pulques y pulqueros y, lógicamente, hay que beber pulque, hacerlo frente a las cámaras, gozar el acto y decir salud. Calibro que todo eso debí considerarlo antes de que me pusieran un micrófono y aceptara salir a cuadro. Porque a mí, francamente, me caga el pulque.

 

Hace años, en Coyoacán, acudí a la presentación de un libro y dieron tamales, unos tamales deliciosos y encabronadamente picosos. A darle la tercera mordida a uno verde, corrí a aliviar el fuego en mi lengua a una mesa donde había algunas garrafas, sudadas de tan frías, copeteadas con un líquido amarillo. Olor a mango salía de esos envases de vidrio. Tomé un vaso y de un sorbo me bebí su contenido. Fue un choque mental brutal, porque yo creía que tomaba agua fresca cuando estaba bebiendo pulque. Y lo detesté. Se trató de una experiencia que me tomó años repetir. La cosa ocurrió en el cumpleaños de un amigo, estábamos aplastados en una cervecería de la colonia Roma cuando detecté un fuerte olor a excremento. Me paré, buscando el baño, alguna coladera o un charco de vómito. Nada; a mis espaldas, en la barra, descansaba un jarro con pulque. Lo acerqué a mi nariz y descubrí que de ahí emanaba la peste. Quise vomitar. “Es la muñeca”, me dijo un camarada entre risotadas.

Pues cántanos una, ¿no? De pronto, mis cavilaciones son interrumpidas por Don Cornelio, quien le pide a Pascual que se eche una canción. Éste decide hacer una versión ranchera de “Nos tragamos”. Así, sale al cuento lo que llevo tiempo sosteniendo. La premisa respecto a San Pascualito Rey que, sé bien, nadie podrá debatirme. Escucho mirando la alfombra de aserrín, cantando bajita la mano:

Hagamos de cuenta

Que no nos vimos

Que no nos acostamos

Ni nos extrañamos…

 

Luego, Don Cornelio toma su turno, abraza la guitarra y se arranca:

 

Cuando yo me quise ir, me dijo quédate en paz, ¿por qué te vas?

Ay, todavía es de madrugada, quero tenerte abrazado otro ratito nomás…

 

Ante tales coplas, llegan los aplausos de los parroquianos. Y Cornelio levanta su tarro, Pascual también. Noto que me dejaron el curado de tuna. “Digamos salud”, asevera el del sombrero a la hora en que Pascual sonríe, ya con la boca cerca del envase. Los veo a ambos, luego al productor frente a mí, hincado, expectante; estoy obligado a beber, sin más. Tomo el tarro y decido no oler, darle un trago largo y fingir que está delicioso. Finalmente sé que puedo soportar las nauseas, el asco; no por nada he recogido mierda de perro con una consistencia similar a la de la mostaza: estoy calado. Con esto en la cabeza sorbo de ese espeso líquido rojo, rojo bien vivo. Salud. Salud. Salud. Choque de tarros. Palgañote. Y cámara, para mi sorpresa la consistencia, la frialdad y la acidez de ese pulque son exquisitos. Hay un balance diabólicamente perfecto ahí. Me limpio la barba con la lengua, no puedo creer que eso sepa tan rico. De inmediato empino otra vez el tarro y verifico que, efectivamente, ese pulque está curado por las manos de la diosa Mayáhuel.

Poncho grita corte. Las cámaras se apagan. Don Cornelio, Pascual y yo nos quedamos platicando un rato más. Nos despedimos cuando llega el chicharrón, las tortillas y la salsa de molcajete; después tomo el asiento del copiloto, Pascual maneja. Así retomamos la charla donde se quedó antes de entrar a la pulquería. Hablamos del más reciente concierto del grupo en Pasagüero, de la gira por el sur del continente que se barrunta y de su próxima presentación en Lunario. Después de unos veinte minutos, me bajo del auto. Quedo de encontrarme pronto con Pascual y abordo un microbús en cuyo parabrisas está escrito División del Norte. En el camino, me cruzo con el Estadio Azteca y luego me pierdo, me extravío totalmente. Paso semáforos y más semáforos sin tener idea de dónde me encuentro  hasta que identifico un parque, un mercado, un café. Ya, ya sé dónde ando. Sigo a pie entonces, camino y camino hasta entrar al sitio que requiero para huir de la ciudad donde suelo perderme, elijo una mesa y pido una bola pensando en las leyes de Pedro Ángel Palou: escribir, juntar, ordenar.

Un amigo ha llamado asceta al tipo que sirve los tragos en el sitio donde recién entro. Un mote merecido, considero, cuando el sujeto llega con mi bola oscura y un vasito lleno de pepitas y cacahuates. Observo mi Sufro, sufro, sufro. Le doy vueltas, la abro tal como los álbumes fotográficos para dejar salir olores viejos y leo mis dedicatorias, escritas minutos atrás. Juan y Pascual me dicen que yo conozco bien la historia, que sé a la perfección de qué se trata. “Somos cómplices, sin duda”, recapacito. Intento repasar el listado de canciones, pero no paso de la uno: “Te voy a dormir”. Escuchar esa tonada en mi mente, ahí, en esa cueva ubicada en Bucareli, observando la portada del disco que la contiene, barriendo esa calavera borracha y triste y a esa amante dándole la espalda, juntos en un hotel que para mí tiene nombre y dirección, me hace recordar a Villaurrutia.

Rápido, enciendo las luces de mi cabecera mental, encuentro en el buró de la derecha un libro de pasta maltrecha, lo abro, me acerco a la oreja de quien a mi lado ronca, y le leo quedo, infectando su mejilla con mi aliento de pulquero, salpicando trozos de tuna machacada y uno que otro eructo:

Los dos sabemos que la muerte toma

la forma de la alcoba, y que en la alcoba

es el espacio frio que levanta

entre los dos un muro, un cristal, un silencio.

 

Silencio. Debo conservarme en silencio. De lo contrario correría el riesgo de que me echara del lugar él, aquel asceta que de pronto se levanta de su silla para encender las bocinas del lugar.

Ya suena John Coltrane.

Suena, por piedad.

San Pascualito Rey se presenta este 5 de diciembre en el Lunario del Auditorio Nacional, para celebrar sus XVIII años de existencia

Foto de portada: Francisco González Piña

Comentarios

Comentarios