Por Adrián Román

.- Esta crónica está publicada en el libro La noche del Sandunga, Ediciones El Salario del Miedo, 2019.

Yo fui el Sandunga. Legendario jugador de futbol que corrió por los campos de la puerta 5 de Ciudad Deportiva. Aquel jugador espigado que le pegaba a la pelota de cucharazo y corría a grandes zancadas. Yo, Sandunga, Sandunga, mamá, por dios que así me decían. Y yo fui el mismo Sandunga que dejaba la piel en el césped del Maracaná. El mítico escenario que noche tras noche convocó las guerras épicas entre los de la calle 21 y los de la 35, de la colonia Ignacio Zaragoza. En el Maracaná, ese sagrado campo pambolero, que no era otra cosa que un camellón en avenida Churubusco. Pero seguro que yo no era el único que imaginaba alrededor una tribuna llena que no paraba de gritar. Yo, Sandunga, vivía más cerca de los rivales, en la calle 25. Pero la playera invisible, el escudo, el territorio que yo defendía, era el del mercado.

Yo soy el Sandunga. El defensa central que juega debajo de la lluvia. Doce años y un metro setenta de estatura. A mi izquierda está el Moreno y a la derecha el Polainas, detrás de nosotros, en la portería, el Papón. Estamos jugando contra un equipo de Neza. Ninguno de nosotros trae uniforme. Nosotros jugamos sin playera porque ellos metieron el primer gol. Estamos apostando un balón para el que se lleve el triunfo. El balón es de mi propiedad.

Un Etrusco Libero.

Yo, Sandunga, pedaleo una Vagabundo roja. Calzo unos tenis Adidas color azul eléctrico, con las franjas planteadas. Cuando comencé a juntarme con los del mercado ni siquiera sabía pegarle al balón. Ni barrarme, ni porterear, ni ni madres. Pero le ganaba a todos en la maquinita de box. Eso sí.

Yo fui el Sandunga.

Llegué a vivir a la colonia Ignacio Zaragoza como a los ocho o nueve años. Y al principio no salía ni le hablaba a nadie. Estaba triste por haber dejado a mis amigos de la unidad de Centeno. Me bastaba la complicidad de mis primos, que vivían en la Ramos Millán, y mis compañeros de escuela. Siempre he sido un animal solitario. Quizá por eso soy tan egoísta. Me entretenía en mi cuarto 2 jugando con mis Star Wars y mis G.I. Joe, mirando el Metro desde la ventana, o dibujando los goles de Hugo Sánchez. Desde muy niño tuve una relación codependiente con las maquinitas. Me aburría jugar en la sala o en la recamara de mis primos o amigos que tenían Atari, In-Television o Nintendo, y no me acomodaba nunca al control. A mí me gustaban las maquinitas.

La experiencia de estar en la calle, lejos del yugo hogareño, con la libertad de decir groserías si algo no salía bien, y sentirse admirado por los espectadores, formar tus monedas al borde de la pantalla para apartar tu turno. La oportunidad de ser un vago. Aquella era una ciudad tan ñoña que a ciertas madres les parecía peligroso que sus hijos estuvieran en esos centros de consumo de videojuegos. Yo conocía todos los locales de maquinitas en el barrio. Atrás de mi casa estaban dos de las más chidas. Las de Joel y otras en la esquina de la calle 23 y la 14. Joel te premiaba si avanzabas mucho en una máquina y con una sola moneda. El premio mayor eran unas papas Sabritas. Yo me gané una Tutsi Pop y un Frutsi. Las maquinitas del mercado eran mis favoritas. Porque tenían más juegos y los atendía una chava güera, flaca y deliciosa. Regresando de su local siempre le dediqué una chaquetita.

Yo soy el Sandunga. El mismo que se barre en este momento para despojar del balón a un tipo que corre un chingo y le dicen el Arracadas. Cuando me levanto, conmigo emerge un aroma a pasto recién cortado, húmedo, a lodo. El Moreno me choca la mano. Seguimos perdiendo. Uno a cero.

Mi juego favorito no era Mario Bross o Street Figther, me gustaba más el aire barriobajero de Double Dragón, esa amalgama entre Mad Max y The Warriors, donde la misión era rescatar a una princesa punk. Las máquinas eran fundamentales en mi vida. Las adicciones me han acompañado desde muy niño. Muchas veces me regañaron porque me gasté el dinero de las tortillas o el refresco en mi vicio.

Yo soy el Sandunga. Cuando cayó el primer gol yo estaba de portero. Detuve tres o cuatro tiros. Pero en una jugada el Arracadas recibió el balón, se llevó por velocidad al Moreno, y me cruzó el balón fuerte, hasta el otro poste y por más que me estiré no pude alcanzar la pelota. El Papón me dijo que mejor se 3 ponía él. Víctor me dio una palmada y me dijo, “Rífese, Sanduga, ya sabes, que no pasen.”

Llevaba varios años sentado en la tranquilidad de no ver a mi padre. Eso me daba cierta paz. Pero mi casa era un hervidero de emociones. Siempre vivimos en comuna. Desde antes de dejar de ver a mi padre, mi ma y yo nos fuimos a vivir con sus hermanos y mi abuela. Éramos como una tribu de gitanos bajo el mandato de la gran matriarca.

Yo debo ser el más joven de la cancha. Nuestros rivales son más viejos incluso que mis compañeros. Estamos jugando contra ñores mañosos que seguro juegan juntos desde hace mucho. Ellos saben mover más la pelota, tocan con más precisión y calma. La lluvia arrecia. “Hazlos correr, pinche Gallo, ya se están cansando.” Grita Víctor.

Para escapar de una adicción es necesario que llegue otra. Al menos en mi caso. Porque nunca aprendí a manejar mis emociones, a encararlas, hacerles túnel y dejarlas atrás. Siempre me he hundido en ellas. Y llegó el futbol a mi vida. El vicio de patear sin descanso el balón. Mirar todo el futbol posible, leerlo, hablarlo, pero jugar. Jugar. Patear el balón me permitía escapar de la neurosis ajena. Al menos me daba chance de postergar el encuentro.

Estamos jugando en uno de los campos de hockey sobre pasto. Las porterías son más parecidas a las de futbol rápido y de madera. Para entrar a los campos hay que saltarse las rejas. Los cuidadores nos persiguen todos los días. Uno de ellos, al que apodamos Abulón, nos golpea las pantorrillas, mientras trepamos la reja, con una varilla que usa para levantar las hojas secas.

Yo era malo jugando futbol. Malo en serio. Así que me propuse entrenar. Me iba solo a los campos de hockey. Conducía mi Vagabundo con una mano y en la otra llevaba el balón. Chutaba solo durante horas, llevaba la pelota con una pierna, luego con la otra, de un lado al otro del campo, driblando rivales inexistentes. Y a mí alrededor me inventaba escenarios, tribunas llenas, compañeros, rivales, y la voz de un narrador.

Tenía la cara llena de barros y un pelo esponjado que era imposible de peinar. Con los complejos propios de haber nacido con la piel oscura en un país 4 racista. Mi apodo fue obra de alguno de esos malandros mayores con los que me juntaba todas las tardes. Ser el Sandunga me daba otra identidad y quizá por eso logré sobrevivir a aquella época.

Mis amigos se burlaban de lo lenta que era mi bicicleta, con su pesado y elegante cuadro, con un asiento chaparro y largo, aunque muy cómodo, con un manubrio cromado y en forma de grandes cuernos, como si en vez de bicicleta tuviera una Harley Davidson. Me gustaba leer el Esto, el Así soy, ¿y qué?, el Sensacional de Maistros, y revistas de futbol nacionales y europeas. También era fan de la lucha libre y el box, toda expresión corporal me fascinaba. Por supuesto la pornografía era una de mis favoritas.

Hay otro tipo que no es tan veloz como el Arracadas, pero es más peligroso, juega más, con calma, y le pega bien desde lejos al balón. Hace rato le detuve una pelota que iba en el aire, y volé, ganándome el aplauso de todos. Ahora viene un balón elevado dirigido a él. Lo corto con el pecho y avanzo. Todos se ponen nerviosos de que pierda la pelota. Enfrente tengo al Arracadas. Escucho varias voces nerviosas que me piden que le pase el balón al Gallo. Yo no hago caso, detengo el balón, lo piso, y miro mis opciones mientras el Arracadas se deja venir con el hambre de un tiburón que ha olfateado sangre fresca. De un lado tengo a David y del otro al Gallo. Muevo el cuerpo para darle la pelota a David, pero cuando el Arracadas se mueve hacia donde lo lleva el instinto, yo aprovecho para cambiar de rumbo. Él trata de recuperarse y viene hacia mí, le hago un túnel y le paso el balón al Gallo. Todos respiran aliviados, y algunos hasta aplauden. “Vientos, pinche Sanduga.”

Pocas cosas he tenido claras en la vida, y una de ellas es que nunca quise ser vendedor de seguros, ni oficinista, ni terminar una licenciatura. Nunca me interesó vestir de traje, ni siquiera conducir un auto. No quería ser rockstar ni poeta, quería ser futbolista. Un diez, por supuesto. Un medio campista que driblara como Pelé, pero con la estatura de Gullit y la habilidad ambidiestra del maestro Galindo.

Una tarde mientras tiraba penaltis unos chavos me gritaron desde otro campo, les hacía falta un jugador para completar la cáscara. Eran los chavos que 5 vivían atrás del mercado. Jugamos y a partir de entonces nos vimos cada tarde a las cinco en punto.

Todos en mi casa me miraban con cierto aire de repugnancia y pena, me hacían sentir que era mi culpa tener el rostro lleno de granos purulentos. Lávate con esto y aquello, ponte esta pomada, azúcar, avena, toallas limpiadoras, visitas al dermatólogo, lo que fuera por frenar las evidencias de la edad. Sobra decir que en la escuela ninguna mujer me hacía caso. Incluso escapaban de mi presencia. Yo sólo quería estar solo en mi cuarto y masturbarme. Veintisiete años después mis expectativas no han cambiado mucho.

El Gallo era el que mejor le pegaba de todos. Era el líder de la banda. Nuestro creativo. Él empató el juego. Sacó un tiro desde lejos, raso y pegado al poste. Todos nos alegramos. Uno no puede permitir que vengan de otro barrio a ganarte un balón, aunque estén más rucos. Nel, no lo permitiríamos.

Siempre he ansiado la gloria. Ser levantado en hombros por un acto heroico. Y sabía que jugar futbol podría darme eso que tanto necesitaba. El reconocimiento de los otros.

Estamos completamente empapados. La lluvia siempre hace más dramáticos los escenarios, más estoicos. El juego es de ida y vuelta, ellos atacan, el Moreno y yo cortamos su juego y lanzamos a los nuestros al frente.

La lluvia, la maldita lluvia hace que un balón que sacó con fuerza el compañero del Arracadas se le resbale al Papón. Dos a uno. Chales. Se nos cae un poco el ánimo. Pero nos aplaudimos y decimos, ahorita los empatamos. La lluvia ya podría estar registrada mediante una crónica en las sagradas escrituras.

El Huevo estrella un balón en el larguero. “¡Su puta madre!” Lamenta mi amigo, y se mece los cabellos. Es uno de nuestros jugadores más versátiles. Alto y delgado, de pelo güero y lacio. Sus carnales son el Marcos y Mario. El aguacero del tiempo no me permite observar si ellos están aquí o no. Pero al Huevo lo veo corriendo de espaldas, ya atento a lo que suceda con la pelota.

Los nómadas no tenemos estabilidad emocional. Nada nos pertenece, nosotros, muy a nuestro pesar, sabemos que todo es efímero. Y yo pensaba que aquellos serían mis últimos amigos. La vida me esperaba con un arcón lleno de grandes tipos que aún ni siquiera intuía que iba a conocer, pero mis amigos de aquella época eran dignos de ser eternos compañeros de mi vida.

Don Galleto dribla al Polainas, que queda tendido en el suelo, se lleva al Moreno, que se recupera y va tras él, pero no lo alcanza. El papón sale a taparle pero ya es tarde, Galleto tiene olfato goleador y evita las manos de nuestro portero. Yo no dejé de seguirlo jamás, y corro para encontrar la pelota y antes de que cruce nuestra portería la mando lejos. “Eso, chingá, pinche Sandunga.”

Unos años más tarde mi familia y yo dejamos el barrio. La renta de nuestro departamento se había vuelto imposible de pagar. A mi abuela y a mí nos acosaban los cobradores por teléfono. Ese timbre es uno de los sonidos más espantosos que recuerdo en mi vida. Todo el tiempo tener que mentir, sentirte indigno de tu propia casa. O de ese lugar en el que dormías. Y no poder hacer nada.

El Pitus remata de cabeza, pero ha tenido que hacerlo incómodo y el balón se quedó en las manos del portero contrario. Estuvimos cerca de empatar. Nuestro ánimo mejora.

Mi madre había tenido empleo fijo hasta entonces. Pero la despidieron. Y se quedó en casa durante un largo rato. Aquello fue el principio de su depresión permanente. Dejó de arreglarse, de vestirse bien y de sonreír. A menudo su misma voz era su juez más cruel. Y esa falta de quehacer la hizo concentrarse en exceso en mí cuando menos lo necesitaba. Se fijaba en cómo masticaba, cómo me vestía, cómo caminaba, toda su atención sobre mí. Como un defensa incómodo que no deja de hablarte, de joderte, que no te permite moverte mucho.

La lluvia no afloja. Estamos esperando que en cualquier momento llegue el Arca de Noe. El balón cada vez se desliza con más esfuerzo por el césped. Ya no alcanzamos a ver qué sucede al otro lado de la cancha, pero no bajamos los brazos. Los rucos ya están cansados. Casi no corren, el partido es nuestro, es sólo cosa de tiempo para que los goles caigan.

Yo fui el Sandunga, y faltaba mucho para que aquella época terminara. Luego que nos rendimos ante la falta de tolerancia de los guardianes de los campos de hockey, nos mudamos a un camellón que hicieron en Churubusco. Lo nombramos el Maracaná. Había canchas de futbol rápido, pero a veces éramos tantos, que preferíamos jugar en el pasto, y hacer las porterías con nuestros suéteres. Y allá también hubo noches gloriosas para todos.

La lluvia nos hace parecer náufragos sin armas. Al mismo tiempo nos hace lucir como reyes cubiertos del más alto honor. La lluvia era la voz que narraba nuestras hazañas. Las correas de nuestros escudos estaban maltrechas. Pero nuestros rivales estaban más agotados. Fueron ellos quienes inventaron el final del juego. Era cierto, ya no se podía ver la pelota. Insistimos en que siguiera, en que no tardaba mucho para que escampara. Pero no quisieron seguir, No había condiciones para seguir jugando. Perdimos. Se llevaron nuestro balón. Y regresamos a casa en silencio, ya sin nuestra única arma.

“No hay pedo, Sandunga, luego te lo pagamos.” No hay pedo, les contesto. Y conduzco lentamente mi birula debajo del agua que ya comienza a menguar. Deben ser las nueve de la noche. Hay algo en el fondo de mi pecho que me hace sentir orgulloso de la derrota. Del esfuerzo. Soy un hombre, a mis doce años, que es capaz de confiar en su propio coraje. Abro la puerta, y mi madre está furiosa. Comienza a regañarme por estar empapado. Si fuera sangre, en lugar de agua, le daría lo mismo. Me pregunta por el balón, le digo que se perdió en la lluvia, antes de encerrarme en mi cuarto. A pesar de ella, esta ha sido una de mis grandes noches, no necesito saber el futuro. Lo reconozco en el aire. Duermo orgulloso de mí.

Yo fui el Sandunga.

 

*La Noche del Sandunga se presenta este Jueves 11 de Julio en el mítico Fiuma Cocodrilo del Barrio Chino, en la Ciudad de México. José Maria marroqui no. 28, Colonia Centro.

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