La opera prima de George A. Romero cumple 50 años de su estreno

Por Aldo Mejía

Barbra y Johnny viajan hasta Pensilvania para llevar flores a la tumba de su padre, cuando él empieza a molestar a su hermana con la idea de que un monstruo venga tras ella. Una silueta aparece en el panorama y avanza hacia ellos con aparente parsimonia y en cuanto les da alcance, se lanza sobre Barbra aunque parece querer someterla más que comérsela. Su hermano va en su defensa y empieza a forcejear con la criatura como si fuesen un par de luchadores. Pronto pierde el combate Johnny y queda tendido en el cementerio tras golpearse la cabeza con una lápida. Horas más tarde ha de volver, como muerto viviente, para provocar la muerte de su hermana.

Qué diferentes lucen estos monstruos ideados por George A. Romero en su ópera prima si se les compara con las creaciones a las que nos tiene acostumbrados la industria de los zombis contemporánea. En la primera escena de La noche de los muertos vivientes, el monstruo, que para ese momento aún no era bautizado como zombi, parece emular más a un Frankenstein que a alguien que se niega a permanecer muerto. Carece del aspecto putrefacto y tampoco emite sonidos que adviertan peligro; por el contrario, conservan fuerza física y algo de pericia para ir tras sus víctimas al grado de tirar de la manija de un auto y de tomar una piedra para romper una ventana, aunque son lentos.

Hace ya cincuenta años desde la proyección de La noche de los muertos vivientes, filme que, por supuesto, no fue precursora de estos monstruos puesto que en 1932 se estrenó la película La legión de los hombres sin alma (White Zombie, en inglés), misma que fue protagonizada por Béla Lugosi, y a la cuál le sucedieron cuatro filmes de este género pertenecientes a la serie B.

Son otros los rasgos que la mantienen como un referente del género y como una de las películas de culto más apreciadas por los seguidores del imaginario zombi. Primero empieza por tomar distancia de los rituales haitianos que mediante el vudú traían de vuelta a quienes habían muerto, eso sí, desprovistos de voluntad y habilidades motrices. En el guion ideado por Romero, un noticiero advierte que la radiación venida en un satélite que la NASA había lanzado a Venus, puede reanimar a los muertos y un reporte posterior ha de confirmar que los entes están por todo el país y que su propósito es el de comerse vivas a sus víctimas. La constante de esa premisa que permanece hasta nuestros días, es la forma de deshacerse de ellos: un disparo o un golpe certero a la cabeza.

Muchos méritos tienen tanto el guion como la producción si se considera que se hicieron con apenas 114 mil dólares, pero no parece que fuese el negocio una prioridad para Romero pues al hacer un cambio al nombre en el producto final se le retiraron los derechos de autor, hecho que facilitó su distribución por muchas salas de cine norteamericanas, las cuales se iban enterando de su existencia gracias al boca a boca. Además, pudieron reducir costos en la producción al echar mano de sus amigos y habitantes de Evans City como intérpretes de los temibles zombis. Para la filmación utilizaron una cámara de 16 milímetros que dado su reducido tamaño facilitaba el uso de tomas over shlouder, lo que dio de manera intuitiva y casi accidental, una apariencia más dinámica a las confrontaciones y una nueva perspectiva que hoy se relaciona a la estética del cine de serie B. Todas estas condiciones propiciaron que su popularidad fuera en aumento luego del estreno. Quizá hoy por hoy podríamos considerarla como la primera producción “viral” de cine independiente norteamericano.

Una casa contiene la trama en la que siete personas tratan de sobrevivir –aunque un par de hombres tratan de hacerse con el liderazgo de los sobrevivientes, más que procurar su bienestar-, pero no sería una película de zombis si no perecieran algunos en el trayecto. Imagino que, en la época en la que salió debió haber sido impactante la escena en la que una niña muere y regresa para tomar una espátula de jardinería y apuñalar a su propia madre mientras ésta usa su último aliento para lamentar en lo que se ha convertido su bebé.

No pocas lecciones dejó Romero para las historias de zombis venideras, entre ellas está el mantener la tensión en un espacio reducido, enemistar un par de personajes apenas aparecen en escena y el plantear que no es necesario un conflicto global para mantener interesado al espectador. Una en particular proviene desde el nombre pues, al igual que The Walking Dead, no hace referencia a los que caminan al tiempo que se pudren y van en busca de alguien a quien comer, sino a los que tratan de buscar alternativas para sobrevivir aún a costa de los demás. En una situación como esa todos son el gato en una caja y hasta la ironía mata, como bien se puede ver en la última escena.

Hubo películas que antecedieron a La noche de los muertos vivientes de George A. Romero en las historias de zombis -no fue un monstruo que él haya ideado-, pero la valía de su trabajo radica en detalles como el haber rodado la cinta en blanco y negro en una época en la que ya no era necesario hacerlo y haber convocado a actores sin mucha popularidad para protagonizar la historia. Inclusive un actor de color se erige por primera vez como protagonista de una cinta de terror. Es el legado de Romero al tema racial. Más aún, este fue sólo el punto de partida del trabajo de Romero, quien supo trascender al cine de serie B y adaptar sus siguientes películas a los nuevos valores de producción que fueron apareciendo.

 

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