Sin faltar a la costumbre de sus controvertidas acciones y duro temperamento, hace algunos días, el músico inglés, Sting, se presentó en Morelos y provocó reacciones varias tras haberse solidarizado con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Colocando a un lado el acto político (no por falta de trascendencia), la visita dio un puntapié a mi memoria para desempolvar el gusto por el británico que comenzó con una película; hasta la fecha, una de mis preferidas.

La escena tiene a una niña y su planta. El jardín de una escuela, listo para recibir a las nuevas habitantes, tiene un espacio para albergar una verde amiga que ha sido preparada para echar raíces. La cámara sube y nos alejamos de ambas. Créditos. Shape of my heart, de Sting, al fondo.

No estoy seguro de si esa última escena de León (o El Perfecto Asesino, en nuestro país) habrá sido mi primera oportunidad de escuchar al inglés, pero, sin duda, fue la primera ocasión en que su música sacudió mi curiosidad. Y lo mejor fue que la canción no fue sino el colofón de una sacudida mayor y mucho más memorable. El descubrimiento de un adolescente de 13 años que da cuenta de que las películas, además de visuales, son musicales. Antes de León, su seguro servidor no tenía remota idea de lo que sucedía en el fondo de una pantalla. Y a partir de ese instante, el mundo cambió. Y cambió para bien.

Tras notar que vivía en penumbra musical averigüé que Éric Serra compuso la banda sonora para la película, y que Luc Besson fue quien la dirigió. Descubrí, además, que ambos eran compañeros de trabajo y que la dupla se repitió en par de ocasiones anteriores (Azul Profundo y Nikita) y que se mantuvo en trabajos posteriores (El Quinto Elemento, Juana de Arco).

El drama de la pequeña Natalie Portman y Jean Reno no pudo haber sido tan emocional sin la banda sonora que los acompañó y que construyó toda una narrativa musical paralela y compañera de las igualmente bien trabajadas secuencias visuales. Si tienen dudas, la banda sonora se puede conseguir en las tiendas de discos (para los más jóvenes: sí existe tal cosa) o localizar con facilidad en Internet. El material es ampliamente recomendable. Su calidad lo sostiene por sí solo.

Musicalmente, además de Sting, la película hizo otras valiosas contribuciones a mi biblioteca mental gracias a las canciones que aparecen en ella. Un par de Gene Kelly: I like myself y Singing in the rain. Y otra sacudida más para los incipientes oídos de un adolescente: Björk con su Venus as a boy. Pero Kelly y la islandesa son harina de un costal que deberemos abrir más adelante.

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