Quién, qué dios,

qué enloquecidas alas

podrán venir, amar

aquí.

Donde no hay nada.

Antonio Gamoneda

Junior murió hace un año, poco antes de sus dieciocho. Encontraron su cadáver arrumbado en un lote baldío de Guadalajara. La policía relató en su informe que fue majado a golpes y luego torturado durante mucho tiempo. Después le metieron catorce balazos. Pasaron tres días para que su familia se enterara de la ejecución y necesitaron casi dos horas para reconocerlo.

El ombligo de Junior estaba más allá de Zapopan. Mucho más allá. Provenía de la región serrana de los límites entre Guerrero y Michoacán. Hijo de un profesor rural y un ama de casa, Junior creció en un ambiente hostil y violento que lo predispuso a tomar el camino más común entre los adolescentes sierreños: el narco.

Sus primeros logros fueron presumidos en Facebook. Junior fumando a través de un bong; Junior en un restaurante, rodeado de botellas de whiskey JB y dos jovencitas igual de imberbes; Junior en una selfie en un motel barato, en una cama detrás se ve un montón de billetes de cien y cincuenta pesos; Junior en una motocicleta Italika, quemando llanta; Junior con un traje camuflado en una zona inhóspita, rodeado de cerros inmensos y árboles hasta el infinito.

Cuando al profesor rural le informaron sobre los pasos en los que andaba Junior, fue tajante en su sentencia: «si él escogió ese camino, que lo ande. Pero andará solo. Ya está bastante grandecito para que yo lo cuide».

Nadie volvió a hacerle la observación. Nadie. Ni siquiera su esposa, cuando vio entrar el féretro de su hijo por la puerta de su casa.

Desde que se enteró de la muerte de Junior, su padre fue a ver a un amigo que incursiona en la política para que lo ayudara a conseguir un lote en el panteón municipal. Cada espacio de tierra en el camposanto, de 2 x 3 metros, cuesta novecientos pesos. No es mucho, pero hay que mover influencias para que no te toque en una ladera, junto al basurero o encerrado entre mausoleos.

El profesor buscaba un espacio digno para enterrar algo más que a su único varón; enterraría, también, su apellido, su estirpe. Y en un lote de panteón no cabe tanto. Tuvo suerte; su amigo político no sólo le consiguió un buen lugar, sino que usó sus contactos para que el lote de Junior no tuviera costo.

Pero no todo iba a ser tan fácil: cuando llegó a Guadalajara a reclamar el cadáver de su hijo, le informaron que para «entregarlo» debía aportar una cuota voluntariamente obligatoria al Ministerio Público por los trámites que exigió el caso. El motivo: las circunstancias de la muerte vinculadas a grupos delictivos. La cooperación fue impuesta en veinticinco mil pesos y no hubo poder humano que la redujera. De este trámite no queda prueba alguna, pues es un movimiento que se realiza bajo el agua. Lo mismo pasó en el Servicio Médico Forense (Semefo) y con el acta de defunción. Además, tuvo que someterse a un interrogatorio de rutina para responder algunas preguntas sobre el oficio de su hijo.

El padre de Junior creyó que por fin había acabado el viacrucis, pero faltaba lo mejor: el Semefo exige los servicios de una funeraria para entregar el cadáver. Por ley, los deudos no pueden llevarse el cadáver como si fuera un televisor de plasma. De modo que tuvo que contratar una agencia funeraria que de inmediato le informó que, para trasladarlo a su lugar de origen, los honorarios y trámites extras iban a duplicar el costo inicial: veintiocho mil pesos.

A todo eso tuvo que sumarle los seiscientos del costo de la misa, doscientos pesos para la rezadora que veló durante la noche, quinientos para elaboración del altar, dos mil quinientos a cada uno por las flores y los músicos, setecientos de veladoras, cuatro mil para alimentación de los dolientes, dos mil pesos para bebidas frías y calientes, trescientos cincuenta en platos, vasos y cucharas desechables; cien pesos de servilletas, cuatrocientos de pan dulce, ciento cincuenta de tortillas, ochocientos para la ropa fúnebre (sin zapatos), y casi cinco mil de bebidas alcohólicas.

Pero no todo fue negro. La novia de Junior está embarazada.

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