Quizá uno de los primeros hechos culturales capaces de hacernos adquirir una perspectiva transcendental de la vida en sociedad, ha sido la muerte. Admirar el vacío de un cuerpo sin vida es mirar dentro de nosotros mismos en cuanto que somos polvo y en polvo nos convertiremos.  Hoy estamos aquí, mañana quién sabe.

Explicar por qué de repente ya no se está vivo,  nos hizo adquirir la idea de que tras esta vida, hay otra, si no mejor quizás si peor; porque hemos hecho de la existencia post mortem un reflejo de nuestra vida y los actos que en ella hemos cometido. Como mirarnos en un espejo, contemplamos la otra vida desde un opuesto en que la existencia se manifiesta fuera del latir de los corazones, y dentro de la memoria que nos modela como seres humanos susceptibles a las transformaciones y los cambios interminables.

Los pueblos mesoamericanos para mi gusto son quienes mejor cristalizaron la realidad social de la muerte (y el sacrificio) como una parte fundamental de la vida cotidiana; importante para su economía y su sobrevivencia.  “Sólo dejaremos cantos”, decía Nezahualcoyotl. Y es verdad porque de nuestra persona solo queda nuestra obra, y son los vivos quienes nos mantienen vivos y presentes una vez vueltos ausentes. La tierra no hace distinciones, por eso a ella vamos ricos y pobres, felices y tristes, guapos y feos. Es por ello que ese afán de trascender a nuestra ausencia se viste de conceptos, rituales, mitos, ideas improbables a la luz del mundo empírico.

En México la muerte se alimenta de la vida y es tan familiar y confortante frente a la pena de la vida. Salida perfecta para los pobres, los trágicos y los tristes. La muerte es un escenario vivo a nuestro gusto y determinado por la forma en cómo morimos, no como vivimos. Por eso en el mundo prehispánico el lugar a la vuelta de la vida se determinaba por cómo habíamos de abrazar ese momento inaplazable y verdadero. Por eso los héroes que morían en la guerra o el sacrificio morían por cambiar su realidad humana tan llena de deseos, a una vida digna y consistente de fortuna para él y los suyos.

En el escenario ambiental está la muerte por los medios, que también era divina. Así el ahogado, el alcanzado con el rayo iba allá donde las flores y los cantos, las mariposas y el agua vendita, corrían entre campos llenos de riquezas naturales, divinas. Todos los demás que morían por causas “naturales”, quizás fortuitas, quizás irrelevantes, debían de librar una última cruzada contra el olvido para ganar el derecho  de regresar al caldo primigenio del cual emanaba el calor convertido en nueva vida, limpia, libre de prejuicios, y que una vez en la cancha de pelota de la vida,  habrían de volver a ser objeto diario del capricho de los dioses.

Nezahualcoyotl lo sabía: a la luz del gran esquema de la cosas, de nosotros no quedará nada para ser recordados, al menos las flores que sembramos, los cantos que entonamos.

Morir en México es algo natural. Lo que no es natural en México es morir por la violencia de género, el crimen organizado y la corrupción de Estado, aunque luego sea “normal”. Y si bien el culto a la muerte puede ser parte de nuestro código epigénetico, no deberíamos enaltecerla a través de actos frívolos de odio, de misoginia. Morir al igual que ceder a la carne o a los vicios es un proceso íntimo de desconocidas consecuencias, aunque luego uno sepa cómo acaba la película; dejando aunque sea flores, aunque sea cantos, aunque sea comida.

 

 

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