En los últimos tres años el Instituto Sudcaliforniano de Cultura se convirtió en mi editorial favorita. Adquirí más libros de este fondo que de ningún otro. Más que de cualquier editorial comercial y más que de cualquier catálogo extranjero.

Y, aunque ya he comentado algunos de sus títulos antes (por ejemplo, aquí http://www.planisferio.com.mx/memorias-del-territorio/ ), me parece importante volverlo a hacer por varias razones.

Primero, porque el pasado 28 de febrero fue destituido su coordinador, Sandino Gámez y, por lo tanto y ante la ausencia de una explicación convincente por parte de las autoridades sudcalifornianas, el fondo corre el riesgo de desaparecer.

Segundo, porque para muchos críticos y reseñistas (que afirman no “querer hacerle juego al mercado” pero sólo reseñan títulos de editoriales comerciales) parece que los fondos estatales les pasan de noche o, de plano, no los conocen.

Y tercero y más importante, el acervo mismo, del cual hablaré en tres bloques:

Memorias del territorio

Si su abuelo fue campesino, pescador, obrero, ganadero, zapatero, empresario, etc… ¿no le gustaría que hubiera un libro que hablara sobre su abuelo? ¿Uno que le contara cómo eran las siembras y las cosechas, cómo fue cambiando la técnica con el tiempo, como pasaron de ir a buscar tiburones a remo y luego a lancha de motor y qué peces abundaban y cuáles han desaparecido? Pues eso. Esos libros sí fueron editados en Baja California Sur en los últimos años. Libros magníficos que pueden constar sólo de relatos y anécdotas sobre nuestros antepasados (de dónde venimos, pues) o incluso impresos en formato amplio y enormes fotografías para que su padre le diga a su hijo “mire, plebe, así mero remendaba las redes, así nos ubicábamos en medio del mar por las noches”. Por ejemplo: A vela, remo y motor: la tradición de la pesca en Espíritu Santo, de Santa Ana et al. y Memorias de un pescador en el Golfo de California, de Castro Miranda.

Pero también sobre nuestras cosmogonías (Narraciones saladas: leyendas sudcalifornianas, de Martínez y Flores), sobre nuestros antepasados más remotos (Una expedición a la nación guaycura en las Californias, de Arraj) y su arte y legado (Lienzos de piedra: pintura rupestre en la península de Baja California, de Hambleton, o Palimpsesto: ensayos sobre arte rupestre, de Varela), de los exploradores (Vida y obra de Fernando Jordán, de Aguayo), las querellas internacionales (Baja California Sur ante la corte gringa: una novela judicial sobre el despojo de tierras en Sudcalifornia, de Ojeda), de la fundación antigua de nuestras ciudades (Loreto y los jesuitas: los soldados de Loyola en la Antigua California, 1697-1768, de Lucero) y no tan antigua (La ciudad del canal, de García o Las memorias del Vigía: Cabo San Lucas en su historia, de de la Peña), sus crónicas (El diario de mi ciudad, de Avilés), y ensayos sobre la identidad (Paceño, yo: El proceso de construcción de identidad colectiva en La Paz, Baja California Sur, de Guillén Monsalvo), etcétera.

Algunas de estas obras, como La ciudad del canal, mezclan elementos ficticios. Mejor aún. Porque todos estos títulos, a diferencia de la mayoría de lo que se publica en las universidades públicas que tiene un estilo más ilegible (eso que llaman “académico”), estos son libros hechos para ser leídos por toda nuestra familia y no sólo por unos cuantos elegidos de la torre de marfil de la sapiencia. Por eso, no es de extrañar que la comunidad lectora sudcaliforniana haya crecido tanto en los últimos años y sea una de las más activas del país: porque además los libros están distribuidos por todo el estado, en bibliotecas y salas de lectura, y se leen y se comentan. ¿Y qué mejor que discutir nuestro pasado para entender nuestro presente?

Pero ahí no para la cosa, la colección incluye títulos cuya importancia trasciende las fronteras de la península y el país, como Crónica de la matanza inédita 1946-1952: la fiebre aftosa, el rifle sanitario y la ganadería en México, de Eakin, y títulos sobre desarrollo económico, por ejemplo, Opciones de desarrollo en el oasis de los Comondú, Baja California Sur, México, de Gámez. Y, por supuesto, también sobre el patrimonio natural: Baja California Sur: santuario de la ballena gris, de Vázquez.

Sí. Éste es el conjunto que más me gusta, el que siento que debe de ser una obligación para todos los fondos estatales, municipales y universitarios. Uno que está ausente en casi todos ellos o que, cuando llega a publicarse algo, son como se dijo textos que parecen un copy-paste de tesis doctorales.

Infantiles

Por si fuera poco, la Coordinación de Fomento Editorial, también incursionó en el libro-álbum para niños con una calidad de edición, ilustración e historias que no le pide nada a las grandes editoriales transnacionales.

Yo no soy experto, pero estos dos están entre los favoritos de mi hija: Debajo de mi cama vive un duende, de Rojas e Higuera (sobre un duendecillo que le tiene miedo al niño que vive arriba de “su casa” y un niño que quiere ser amigo del duende que vive bajo “su cama”), e Ibó: un cuento sobre la pintura rupestre en Sudcalifornia, de Condes y Marrón (sobre el niño a quien le gustaba contar historias y llenó las paredes de las grutas de la península con sus cuentos ilustrados).

Ficción

Por último, el Fondo también ha publicado lo que normalmente se publica: libros de cuento, novela y poesía de autores locales y otros de allende el Mar Bermejo. La pequeña gran diferencia entre este conjunto de títulos y sus similares de otros estados del país es que su calidad es impresionante y también la variedad temática y de autores. En varios estados (no todos y cada vez menos, por suerte) se suele publicar nada más a un grupúsculo de autores que sólo se conocen en su propia región, que además acostumbran cooptar los puestos públicos y que, como cerecita, a veces también vetan a los propios autores del rancho que sí han sido publicados más allá del rancho. Pero no en la Sudcalifornia. Y esto se debe a un trabajo de casi un lustro.

Tres títulos que me gustan harto: Dispárenme como a Blancornelas, de Salinas Basave (coedición con Nitro/Press), Las palabras revoloteaban como las moscas alrededor de la mierda: el zumbido de sus alas era el de la rutina, de Aguirre Riveros y Cuentos cortos de narcotienditas, de Malvaez Crespo.

“Cuando vi que no sólo publicaban a los ruquitos de siempre, me emocioné y me puse a escribir”, me comentó una chava de dieciocho años en la recién terminada Feria Sudcaliforniana del Libro y la Lectura Los Cabos 2017 y el sentimiento es compartido por el resto de jóvenes y no-tan-jóvenes. Cualquier escritor del continente que haya ido a la Sudcalifornia a dar talleres en los últimos años puede dar fe de la emoción: no sólo suelen ser mucho más socorridos que en otros estados de la República sino que la hondura de los textos de los colegas es impresionante. O a presentar un libro o dar una plática: el público siempre supera los cien asistentes.

Eso: la emoción compartida crea sinergia. Al incrementarse el trabajo de los mediadores de salas de lectura de un lado al otro del estado, al tener a disposición títulos que hablan sobre sí mismos, al ampliar el catálogo a formas experimentales, jóvenes, etcétera, los sudcalifornianos han construido de Guerrero Negro a San José una de las comunidades literarias (de autores y lectores) más maravillosas del país: con trabajo voluntario, con la iniciativa privada y con una Coordinación de Fomento Editorial que operaba con menos del 10% del presupuesto, para todo el estado, que el que gozan algunos institutos municipales de cultura de la República.

Tengo esperanza en que todo este trabajo no se perderá con la salida de Sandino Gámez ni se caerá en la mediocridad de los compadrazgos o en la displicencia hacia la cultura (como suele ocurrir cuando dirigen esos funcionarios acomplejados a quienes parece estorbarles la gente que hace mucho con poco). Por lo pronto, mientras llega la explicación oficial, hágase de sus títulos que están de lujo.

 

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