Esta mañana, después de haber dormido sólo dos horas durante toda la noche, me levanté pesadamente de la cama para ir a trabajo, sentía mi cabeza hecha mierda y mis ojos no eran capaces de enfocar algo sin sentir, que debajo de mis párpados, algo se hundía sin piedad en la blancura espectral de mis cuencas medio dormidas.

No podía pensar en nada más que largarme a otro mudo y me encontré soñando con la vida ideal de una postal de recuerdo, obviamente no de un recuerdo propio sino del de alguien más que había tenido la amabilidad o la indecencia insana de mostrarme una realidad más interesante que la modalidad invariable de mis miles de horas al año.

Trataba de hilar mis ideas, como si en algún punto me pudiesen señalar con la mano un camino recto y que mi vida de ausente se transformara en una imagen real que fuera más allá de lo mundano; pero tan solo conseguí quedarme parado media hora frente al espejo tratando de descifrarme, sólo para darme cuenta de que tenía un par de pelos en donde antes no había nada y finalmente que ya iba tarde al trabajo.

Salí corriendo de mi casa, con el estómago vacío, mientras la cabeza, que me daba vueltas, no paraba de invocar realidades alternas, al grado de que en un punto perdí la noción de mi rumbo y mi camino. Me quedé parado frente a la vitrina de una tienda de ropa para caballeros, allí, escondida entre los pliegues de un abrigo caqui, estaba una enorme mancha; yo no podía dejar de mirarla, era como taparse lo ojos para no ver una escena y hurgar entre tus dedos para saber qué es lo que pasa, como el error en la Matrix, la imperfección presente en un cuerpo inerte que a su vez nos indica a cada hora nuestro modelo a seguir. No sé si me explico pero en ese traje, ése instante y en ese segundo cayó ante mis ojos el monumento inmemorable de la representación humana la perfección con defecto, es decir: la humanidad.

Puede parecer abstracto y absurdo cómo una simple imagen evoca dentro de nosotros los pensamientos más disparatados o las incoherencias más realistas. Miré mi reflejo frente a esa vitrina que colocaba la mancha del abrigo caqui justo sobre mi frente, luego me alejé, pero la seguía mirando ahí inerte y clavada sobre mi seño como una gran marca de peste.

Traté de seguir mi camino, pensando que era sólo mi mente jugando su juego favorito, mientras me desconcertaba hasta la locura en un ambiente lleno de gente. Continuaban mis pasos y con cada ruido seco de mis huellas podía ver que las personas giraban su rostro hacia mí y murmuraban. Comencé a estresarme, qué mierda tenían que mirarme a mí habiendo tanta gente; me causaba ansiedad ver sus ojos grandes y desorbitados hurgando entre mis facciones y las líneas de los años que se han dibujado en mi cara.

Pasé frente a otra tienda de ropa y pude ver en el espejo del aparador que, efectivamente, tenía la mancha en mi frente, una mancha como de tinta que parecía tatuada sobre mis cejas; traté de limpiarla con la manga de mi abrigo pero no se quitaba. Resolví volver a mi casa, no sería capaz de soportar las miradas inquisidoras de mis colegas ni la estupidez de sus burlas, llamé al trabajo, me contestó las voz floja y somnolienta de la recepcionista, inventé una excusa y fui directamente ante el espejo que me mostraba ya más de la mitad de mi cara tatuada, con esta sustancia negra que parecía ir avanzando con las horas. Traté de lavar mi rostro con todos los productos de limpieza que había en la casa, pero no funcionaban.

Abrí la computadora y busqué un dermatólogo: Dr. Pasos, el primero en la lista. Llamé y acordamos tener una cita por la noche, dada mi incapacidad de salir a la calle por el temor al mundo y por la falta de algo más que una bufanda para cubrir la indecencia inconsciente de mi mancha.

Mientras esperaba mi ansiada respuesta, caminaba impaciente por mi casa, no podía dejar de mirarme en el espejo y de ver cómo con el paso de los minutos la mancha consumía la blancura de mi piel entre su negrura, como una sustancia que se escurre y se seca. Me faltaba el aire, no podía asumir lo que me pasaba ¿era una enfermedad? Comencé a sentir como me picaba, como su presencia sobre mi piel aumentaba el peso de mi cuerpo y como mis extremidades menguaban ante la opresión de aquella mancha inerte que me tragaba volviéndome una masa informe.

Era casi de noche, se acercaba el momento de salir de mi casa y buscar una respuesta a la condición que me aquejaba, traté de levantarme del sillón y sólo logré escurrirme hacia el centro de la sala, observé como mis manos se alejaban deformándose por completo en el horizonte de la cocina, y me quedé tirado e inerte bajo la luz de la única lámpara que medio alumbraba los restos de mi cuerpo que para ese momento parecían ya no tener forma. Pasaron las horas hasta que se hizo de día, cuando comencé a escuchar el ruido de la chapa, era ella, nada más y nada menos que la mujer que limpia con cuidados maternales los rincones empolvados de mi casa. Traté de hablarle, de moverme de un lado a otro para que pudiera percibir que en esa mancha negra en el piso se escondían los restos de mi humanidad ya consumada. Logré llamar su atención. La vi mirarme escondiendo entre sus facciones los rastros de confusión y de ternura, que atenuaban siempre sus modos antes de hablarme; pero antes de escuchar siquiera una sola palabra, antes de sentir que podía entender que estaba yo ahí, tirado en el piso, como una mancha deforme, se alejó de mí. Sentí esperanza, sentí como en alguna parte de mi ser disperso mi corazón palpitaba con violencia, sin embargo la felicidad no duró mas que un instante, la vi volver y antes de poder darme siquiera cuenta de lo que pasaba, ella me había borrado del piso para siempre.

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