Existe ese dictum, tan simple y sonado, que dice que “uno es lo que come”. Bien puede comprobarse al conocer los hábitos alimenticios de ciertas personas; pero lo cierto es que esta sentencia aplica, también, a lo que uno bebe, y de ahí que los grandes personajes del cine posean peculiares preferencias etílicas.

   Sería difícil visualizar a un James Bond que ordena una cuba libre en un bar (dejémosle eso a Antonio Banderas y el brandy Viejo Vergel), en lugar del acostumbrado martini seco agitado, no mezclado, que forma parte de su indumentaria. Lo mismo que del actor Humphrey Bogart, de quien se cuenta que libró una infección intestinal durante el rodaje de La reina de África (John Huston, 1951), por limitarse a beber estos cocteles y evitar el agua del lugar. Bogart, sin duda, poseía esa elegancia tan característica de los 50’s, así como un estilo gansteril que lo llevó a interpretar al detective Philip Marlowe, portento del hard boiled que también inmortalizó al Gimlet, bebida compuesta de ginebra y Rose´s lime juice que se describe en la novela de Raymond Chandler, The Long Goodbye.

   Debido a Casablanca (Michael Curtis, 1942), Bogart también otorgaría fama al French 75 (champán, ginebra y jugo de limón), un trago que debe su nombre a la pistola homónima que usaba el ejército francés durante la Primera Guerra Mundial. De la misma fecha data el Harry’s New York Bar, en París, un lugar que fue desmontado en EU y trasladado a la Ciudad de las Luces, a fin de que los soldados pudieran tener un sitio familiar donde beber. Este bar, que aún existe hoy en día, se reputa como el espacio de invención de otras combinaciones famosas, además del French 75, como el White Lady y el Bloody Mary.

   Las leyendas urbanas en torno al término cocktail son numerosas: algunas aseguran que la palabra deriva del francés coquetier, un pequeño recipiente usado en los bares de Nueva Orleans. También existen aquellas que cuentan que algunos lugares servían, a un precio muy bajo, una combinación de los remanentes (tailings) de las botellas a través de un sifón conocido, también, como cock. Historias más osadas hablan de que los gringos creían que en México se usaban colas de gallo como mezcladores. Lo cierto es que la mixtura de bebidas espirituosas provee un componente distintivo para el cine y la televisión. De ahí que, a raíz de la serie Sex and the City, el Cosmopolitan tuviera un repentino auge en Nueva York; lo mismo el Old Fashioned, preparado con bourbon, amargo de angostura, soda y una cereza, el cual regresó a muchas cartas a partir de que Don Draper lo bebiera en Mad Men.

   Protagonistas menos agraciados tienen predilección por bebidas poco convencionales, tal es el caso de “The Dude”, interpretado por Jeff Bridges en El gran Lebowski (Joel Coen, 1998), quien favorece el ruso blanco por encima de un buen whisky, al igual que el uso de sandalias en lugar de zapatos. The Dude es ícono del antihéroe norteamericano y, por ende, sujeto de gustos peculiares. Lo mismo que Homero Simpson y la cerveza Duff, sujeto de análisis de Raja Halwani mismo que, en “Homer y Aristóteles”, capítulo perteneciente a Los Simpsons y la filosofía, analiza a este personaje bajo la Ética Nicomáquea.

   El cine no sólo ha enaltecido bebidas, sino también bebedores. Existen aquellos que representan el aspecto solitario y vencido de los borrachos, como Nicolas Cage en Adiós a Las Vegas (Mike Figgis, 1995); también encontramos la personificación de grandes personajes de la literatura que se caracterizan, de hecho, por esa genialidad etílica: el Cónsul Firmin, célebre protagonista de Bajo el volcán, novela del escritor Malcom Lowry ambientada en Cuernavaca, fue interpretado por el actor Albert Finney en la adaptación cinematográfica de John Huston, realizada en 1984.  También encontramos aquellos casos donde los alcohólicos son sinónimo de experiencia: Quint, el capitán cazatiburones de Jaws (Steven Spielberg, 1975), Jack Sparrow en la tetralogía de Los piratas del Caribe de George Verbinski; o el Capitán Haddock de Las aventuras de Tintin (Steven Spielberg, 2011), son ejemplos de ese luchador arquetípico, vetusto y experto, cuyo alcoholismo es el resultado de la lucha contra las fuerzas del mal que debe vencer el protagonista.

   Lo cierto es que el alcohol y el cine tienen un vínculo ineludible que se proyecta en la sociedad, no sólo como una moda, sino también como idealización de personajes. Habrá quien se identifique con el José Inocencio interpretado por Pedro Infante en El gavilán pollero (Rogelio A. González, 1951); y quien se vea a sí mismo como un moderno Henry Chinaski. Como sea, lo importante es saber que hay bebidas que no nos corresponden y otras que nos acompañarán hasta la muerte. De ahí que, según  cuentan, las últimas palabras de Humphrey Bogart fueron: “Nunca debí cambiar el socth por los martinis”.

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