A las tres de la mañana me despierto para escuchar el zumbido incesante de tu aliento que perfuma lentamente mi almohada, me quedo inerte con la mirada fija en la oscuridad como presagiando que cada camino que me espera al despuntar el alba no es más que una ficción abstracta del renacer de un nuevo día, una analogía encriptada de nuestra propia esencia que se consume de la manera más absurda al abrir los ojos.

Me quedo tumbado, mirando hacia la negrura espectral de aquella estancia que se transforma lentamente en los caminos diarios, en las horas fuera de casa, en el mundo, sus ruidos, sus pasos. Escucho el eco de las risas que se colaron en mis oídos durante el verano pasado, el llanto de un niño, el repiqueteo de las gotas de lluvia que nos empaparon por un instante el alma. Todo se ha ido, se ha obscurecido y los colores y los aromas que le dieron vida a cada instante se han transformado en el polvo que surca la piel de nuestra cara.

Un año más.

Es como poder rozar el tiempo y los recuerdos sin poder realmente hacerlos tuyos, como si al final de cada día, cuando volvemos a ese instante en el que nuestra noción de existencia se percibe claramente nos quedáramos tumbados viendo como se diluye cada instante entre el resonar del ocio y la casualidad que llena nuestras almas con la vacuidad de nuestro entorno.

Cierro los ojos para viajar al inicio de los tiempos para sentir el olor del perfume de mi madre y revivir esos instantes en los que se me prometía un contexto ilimitado de vivencias insuperables y de colecciones inmensas de personas que harían de mi presente un tiempo palpitante y remunerado, lleno de alegrías. Aprieto con fuerza los parpados y cierro los puños intentando recuperar esa sutil fragancia antes de que se desvanezca en mi memoria como lo ha ya hecho de mis días. Siento su presencia en mi habitación, escucho el suave roce de sus pies descalzos que se mueven por la estancia en una danza llena de armonía y vuelvo a sentir entre mis cabellos el roce de sus dedos, la calma de su voz que me sumerge en el tibio encanto de aquellos minutos de perplejidad. Respiro.

Vuelve el silencio, el eco de su voz se apaga detrás de mis pupilas y, como no queriendo, vuelvo a encontrarme en este instante de ocio, de oscuridad y de silencio acompañado por tu respiración que perfuma lentamente mi almohada, en donde todo inicia y acaba, dónde la luz comienza a evidenciar que el mundo avanza mientras seguimos viviendo entre rastros de polvo.

 

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