Alguna vez escuché, de boca de un antiguo profesor y experto en el tema, que cada generación tiene sus vampiros.

Sociológicamente, esto es cierto.

Políticamente, resulta incuestionable.

Aunque mucho puede elogiarse el trabajo de F.W. Murnau en la gran obra cinematográfica de principios del siglo XX, así como la genial actuación de Max Schreck en el papel del vampiro de Nosferatu (1922), la intervención (más sigilosa) de Albin Grau, miembro de la Fraternatis Saturni que realizó la labor escenográfica y fotográfica del filme, resultó imprescindible para crear aquella obra, debatiblemente expresionista, cuya simbología atacó los convencionalismos ideológicos de una época a través de un lenguaje velado que muchos han empatado con las teorías ocultistas de Aleister Crowley.

El vampiro se transformó, entonces, en un mensaje cifrado cuyo verdadero significado sólo competía a ciertas congregaciones sociales.

El misterio de esta pieza maestra del cine prevalece hasta la fecha. Lo cierto es el vampiro de Nosferatu perdura como un símbolo que adquiere numerosas connotaciones vinculadas con el papel de Europa Oriental en la Primera Gran Guerra, así como del despliegue de las fuerzas alemanas.

Aunque el filme de Murnau se muestra, quizás, como un ejemplo demasiado distante de una realidad mexicana, lo cierto es que la visión vampirística de aquella época encontró un vínculo con tierras nacionales que no debe pasar (aunque lo ha hecho) desapercibido.

En ocasiones, los caminos intrincados de la literatura nos llevan a conocer a autores desconocidos, no tanto por la falta de popularidad dentro de un contexto histórico, sino por las barreras del lenguaje, muralla infranqueable que muchas veces no presenta salidas, ni siquiera, con las traducciones editoriales.

Mi primer acercamiento con Hans Heinz Ewers, escritor polémico por su afiliación al Partido Nacionalsocialista de Alemania y por haberse desempeñado como espía nazi en México, surgió a partir de la lectura de La Mandrágora, novela de este autor que muestra una visión ecuménica del terror, así como su innegable emulación de la efigie de la femme fatale.

La araña y otros cuentos, obra publicada recientemente dentro de la colección “Gótica” de la editorial Valdemar, justificó esta primera fascinación por un autor que destaca, más que por la originalidad de su propuesta, por esa destreza para aprovechar los elementos comunes del cuento de terror: escenarios complejos, atmósfera opresiva y una estructuración de personajes enigmáticos que se enfrentan a circunstancias extraordinarias, tanto en el sentido literal como en el alegórico.

La tercera inmersión en la obra de Heinz Ewers suscitó de manera mucho más compleja debido a mi total desconocimiento del idioma alemán, así como a que Vampiro nunca ha sido traducida al español y tampoco ha sido reeditada en inglés desde 1934. A veces, la fortuna es mucha para los que buscan poco. Así llegó a mis manos esta novela que, por referir un pequeño teaser, reúne a un vampiro (o variante del mismo) con uno de los personajes más célebres (para bien o para mal) de la historia mexicana: Pancho Villa. Es correcto, un vampiro y el Centauro del Norte en una novela alemana escrita por un autor al que, de hecho, se le acusó en Estados Unidos por desempeñarse como espía de las fuerzas nazis en México.

Aunque podrá sonar como mera ficción literaria, lo cierto es que el nazismo tuvo importantes plataformas de inclusión en el país a través de agrupaciones como la Quinta Columna, así como de la revista Timón, en la que participó José Vasconcelos. No es extraño, entonces, que en 1943, un autor casi desconocido como Diego Cañedo haya publicado El réferi cuenta nueve, una novela que establece una realidad alterna en la que las Potencias del Eje ganan la Segunda Guerra Mundial y México es invadido por Alemania.

Nada más complicado que deslindar al vampiro de su lugar común o alejarlo de esa visión contemporánea que lo convierte en la recurrente figura del jovencillo norteamericano con problemas de identidad. Lo cierto es que el vampiro va mucho más allá. En ese sentido, la novela de Heinz Ewers establece una criatura peculiar, cuya única convergencia con la figura tradicional es la sed de sangre. Aun así, más que la necesidad hemofágica, se trata de una manifestación de la situación política mundial, en donde el verdadero vampiro son los Estados Unidos de Norteamérica y su ánimo expansionista. De ahí que Frank Braun, el personaje de la novela de Ewers, busque a Pancho Villa con el objeto de llevar su revolución a las fronteras mexicanas e invadir, así, a los gringos.

Es así que, a pesar de las numerosas transformaciones literarias, el vampiro sale del imaginario mítico y se coloca mucho más cerca de la política que cualquiera de esos portentos de conflictos hormonales juveniles. Esta criatura suele esconderse tras las efigies más convencionales de la simbología social. De ahí que el gusto mórbido por esta criatura prevalezca. Más cuando nos enfrentamos a un sistema de censura reiterada que, muchas veces, requiere de un combate velado en contra de las instituciones públicas.

Creo que, en el caso de México, los símbolos del poder se empatan más con los vampirillos pedantes de novelas como Crepúsculo, antes que con la efigie del ocultismo establecida por Albin Grau en Nosferatu. Aun así, la sed por la sangre prevalece.

 

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