Me resulta tan absurdo tratar de encontrar un camino para mis pasos, tratar de encontrar la música para mis oídos y la ropa que vista mi cuerpo para mostrarlo ante el mundo.

Somos los personajes de nuestra propia telenovela, nos robamos los diálogos de otros labios para aparentar que en nuestra boca hay algo más que moscas muertas.

Somos la generación perdida del Olímpo, la resequedad en los codos, el número en las encuestas.

Somos los hijos pródigos que nacieron del barro de los días de ausencia, la generación del olvido, que se esconde tras la innovación de las masas, los que se quedan atrás, levantando de los restos del mundo la porquería.

Somos el eco de la prosperidad fingida, los dientes tirados sin las encías.

Buscamos entre las líneas de nuestras manos los caminos que nos guíen hacia un porvenir más elocuente, tan solo para darnos cuenta que hasta nuestras huellas se ido han borrado con las marcas del trabajo. Que nuestra amada identidad no es más que el gafete con que nos presentamos diario, en nuestro afán de plantar nuestras raíces en algo más que huesos rotos.

Y nos levantamos a diario, y nos conectamos literalmente con el mundo, para existir en algo más que nuestras mentes, y nuestra noción incierta de existir se transforma en el diálogo eterno de nuestras máscaras sin ojos, de nuestros oídos, que tapamos con las manos cuando comenzamos a percibir una realidad que vaya más allá de nuestro entendimiento.

Somos el fruto caído, la manzana que no se transformó en pecado, la que se quedó inerte para pudrirse entre las raíces de la gloria que la observó siempre distante.

Nuestros sueños no existen, se transforman a diario en las partículas de polvo que vuela delante de los ojos que no miran a ninguna parte.

Somos el eco de las risas, y la reinterpretación de esos mismos ecos de la felicidad del mundo, que en nuestros labios solo son muecas torcidas que no vuelan a ningún lado.

Somos la felicidad controlada, la máscara de la inercia que baña nuestros rostros con la alegría ausente que sabe a cenizas, pero que siempre es más dulce que el incierto.

Pero nos dejamos ser, crecer y morir. Para que nadie encuentre en nuestras heridas las venas rotas y las sangre roída de nuestras angustias y ambigüedades, porque al final el estar vivos nos da la certeza de que a pesar de ser una generación destinada a la concupiscencia y el olvido, vivimos para vivir y caminar ciegos por un mundo que no siente y que nos ha condenado al destierro eterno.

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