La opinión pública suele deambular entre dos polos opuestos: creer que hay un grupúsculo de elegidos superinteligentes y superpoderosos que son capaces de controlar hasta el más mínimo detalle de lo que acontece en el mundo (las teorías de la conspiración) y creer que los políticos son unos imbéciles y todos sus actos son producto de una estupidez galopante.

Por supuesto, si bien hay gente, políticos y empresarios, cuyas decisiones nos afectan incluso en aspectos inimaginables, y si bien tampoco escasean las personas poco preparadas en los cargos públicos de cualquier lugar del mundo, éste tipo de explicaciones obscurecen más de lo que clarifican.

Peor aún, suspenden el debate y con ello la búsqueda y propuesta de alternativas.

En el primer caso, creer que todos son superinteligentes y superpoderosos, porque subraya nuestra imposibilidad de lograr cualquier cambio porque nosotros no somos tan brillantes ni pertenecemos a la élite mundial.

En el segundo, creer que son idiotas, porque por un lado obvia lo que sí debería de hacerse (y esto, por desgracia, nunca es obvio) y, por otro, esquiva las preguntas importantes: ¿cuál era la intención que precedía a “la pendejada”?, ¿qué busca?, ¿cuáles son sus consecuencias?

La Embajada de México en Londres nos acaba de regalar un ejemplo de esto último.

La gente en las redes sociales se desgañitó en insultos contra el Embajador por su “grito” del 15 de septiembre (y contra la gente que insultaba al Embajador y, claro que sí, también contra la gente que insultaba a la gente que insultaba al Embajador).

Algunos señalaron que las menciones a Díaz y a Zapata no venían al caso por ser de épocas diferentes a la Independencia. Pero la mayor parte de los insultos se centraron en la mención a Díaz. Y eso es significativo.

Para empezar, a diferencia de lo que han señalado los usuarios de las redes, Gómez Pickering no es ningún estúpido ni un ignorante. Cualquiera que se tome un momento para buscar información sobre él podrá darse cuenta.

Entonces, ¿por qué alguien que seguramente sí puede listar de memoria a 10 próceres de la Independencia sin problemas –y que además cuenta con un agregado cultural muy capaz—decide mentar a dos personajes de la Revolución Mexicana? Más precisamente, ¿por qué al dictador y al revolucionario más popular de todos?

Cada político suele escoger a su padrino histórico, esa especie de santo laico al que dice seguir y que a la vez, como con las congregaciones religiosas, sirve para indicarle a su grey cuál es la línea de su “apostolado”. Ahí está López Obrador con Juárez. Ahí estuvo Fox con Francisco I. Madero y, durante los dos sexenios panistas, la reinterpretación de otros personajes antes olvidados o tildados de enemigos, como Anacleto González.

Pero también, cada político, suele escoger a algún prócer –o movimiento social completo- al que hay que demonizar o por lo menos olvidar. Se hizo esto con Iturbide, luego con Mariano Escobedo, después Cárdenas arremetió contra Calles, todo el PRI contra la Cristiada y, más recientemente, Ernesto Zedillo comenzó a diluir el culto a la Revolución Mexicana y, en particular, a Emiliano Zapata.

Ernesto Zedillo comenzó su mandato a un año del alzamiento del EZLN en Chiapas y lo terminó privatizando uno de los máximos símbolos de la Revolución: el Ferrocarril.

Hasta ahora, a tres años de gobierno de Enrique Peña Nieto, no parecía haberse elegido a un nuevo prócer para este sexenio (aunque quedaba claro que dejaban de ser Madero y los cristeros).

Entonces Gómez Pickering quien, dicen los que saben, es muy cercano a Los Pinos, menciona a Díaz y a Zapata en su conmemoración del Grito de Dolores, allá, en el Reino Unido.

Hace un par de meses Roger Bartra sugería en un artículo harto polémico que el ideal político de la mayoría de los mexicanos se ha vuelto clasemediero, se ha aburguesado.

Yo no lo sé. Pero me imagino que si estuviéramos en 1994, a nueve meses de la toma de San Cristóbal por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, y no en 2015. Y algún embajador de México hubiera gritado el 15 de septiembre “¡Viva Díaz!, ¡Viva Zapata!”, entonces la opinión pública habría reaccionado exactamente al revés que ahora y habría olvidado la primera mención para vitorear la segunda, casi como un estandarte. Habrían leído un apoyo abierto del Embajador a los insurgentes neozapatistas. Habríamos estado esperando la reacción enérgica de Carlos Salinas de Gortari (¿se habría referido a él como “Porfirio Díaz”? ¿O al presidente electo?). Y, por supuesto, difícilmente alguien habría pensado que ese grito era una inocentada o una estupidez, sino un mensaje político directo.

Pero ahora no. Ahora la viva a Zapata cayó en el olvido. El debate se centró entre denostadores y adoradores de Díaz.

Y eso, tristemente, es significativo.

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