El Tao que puede ser nombrado no es el verdadero Tao, dicta una de las sentencias más populares del Tao Te King. O, de lo que no se puede hablar es mejor callar, revela con entusiasmo cierta fase oriental del pensamiento de Wittgenstein.

En términos temporales, estamos quince años después del inicio del siglo XXI, y aún esperamos esa claridad que nos otorga la distancia para leer con mayor cercanía lo que acontece y ha acontecido. El arte sigue su curso muy a pesar de los diagnósticos sobre su muerte, – vía Hegel-Danto-, pues migró al escenario de lo virtual y logró trascender ese límite conceptual.

Por consiguiente, la reflexión estética sigue viva en propuestas que van desde la estética relacional (Bourriaud), la estética del disenso (Rancière), la inestética (Badiou) y quizá otras más.

Bourriaud (2006) apela al encuentro que genera la interacción de la obra y los espectadores, más que a emitir un juicio crítico apegado a la historia, que valore si es nuevo o no. Aquí, lo nuevo ya no tiene sentido. Tiene sentido, en cambio, la alteridad, la intersubjetividad. El entramado de consensos secretos que se esparcen entre esa intervención material de la obra y sus múltiples reconocimientos.

Badiou (1998) en su Pequeño Manual de Inestética, medita: “contra la especulación estética, la inestética describe los efectos estrictamente intrafilosóficos que produce la existencia independiente de algunas obras de arte”.

Rancière (2008) al pensar en el disenso, afirma: “Es el trabajo que produce disenso, que cambia los modos de presentación sensible y las formas de enunciación al cambiar los marcos, las escalas o los ritmos, al construir relaciones nuevas entre la apariencia y la realidad, lo singular y lo común, lo visible y su significación”. Es decir, el disenso sugiere reconfigurar marcos sensibles normalizados para acceder a la apertura, a lo no develado y registrado en el estatuto normal de una época.

Ahora bien, de la reflexión estética contemporánea el concepto que consideramos más poderoso y con más posibilidades de intensificación para la creación artística es el disenso. Pero Rancière sólo evoca posibilidades para alcanzarlo, y sería paradójico construir un método para lograrlo.

Lo que aquí proponemos en diálogo con Racionero (1983), en diálogo con el Tao, es la praxis de la estética taoísta como una vía para evocar el disenso.

He aquí nuestra hipótesis: “A mayor vibración, a mayores dosis de elevación de los canales de percepción, mayor posibilidad de generar un disenso”.

Las cuatro claves de la estética taoísta, según Racionero (1983) son:

[1.1] La empatía, cuya condición implica resonancia entre perceptor y percepción. Y bien: ¿Qué es la resonancia? Una primera aproximación puede ser la identificación emocional instantánea. Algo similar al ritmo del enamoramiento, cuando la intensidad sensible percibida al copular con el sonido de ciertas piezas musicales que nos transgreden de la cotidianidad habitual, provocando una sensación de pliegue eterno en lo absoluto. De modo que experimentamos una especie de pegamento, en el cual el sentido de lo “fragmentable,” queda relegado a otros niveles inferiores de frecuencia.

[1.2] Ritmo vital. Recibir el «chi» (energía vital) emanado por los objetos y comprender el estado de ánimo de cada cosa. El estado de abierto del artista como eje emancipatorio de torrentes infinitos. Esto sugiere sensibilidades que ocurren simultáneamente en todos los entes del universo, pues el artista, al ser un foco generador de fuerza, ha de estar en un estado de alerta continuo para dejarse poseer por toda la energía vital del cosmos.

[1.3] Reticencia (no decirlo todo). Vibrar en la estética taoísta presupone comprender el silencio como un momento ausente- presente, donde no existe la posibilidad de vincular significantes y significados como un proceso cerrado, puesto que los posibles anclajes entre ambos, quedan relegados en el espacio abierto de la imposibilidad. Y desde esta perceptiva, en cualquier instante es posible mantener relaciones secretas con la obra, trastocando cualquier esquema de interpretación objetivo y finito.

[1.4] Vacío. La sensibilidad del vació que transgrede toda percepción materialista es una cualidad taoísta. Nada toca a nada, en realidad, todo es vacío. Esto da la pauta para una comunión alegre antes que algún síntoma decadente. La reconciliación con el vacío produce cierto desapego sensible, por tanto, el artista es capaz de danzar sobre él, sin sentir pánico alguno. Así, el vacío es más importante que las formas materiales porque es allí donde transcurre el infinito devenir. Por lo que, no hay ritmo para perder el ritmo. Al contrario, la fuerza en el vació se intensifica, el cuerpo se vuelca sobre la ligereza del ritmo implicado tonificando la recepción de esas ondas de vida, capaces de redimirlo de todo cansancio habitual. Visto de esta manera, se logra una reconciliación con ese espacio sagrado que no entra dentro de la profanación de la realidad.

En suma, la estética taoísta como vía para el disenso, otorga la oportunidad de habitar el mundo desde una cognición- percepción no institucionalizada, o sea, decodifica los sentidos de los códigos impuestos por una cultura. Ve más, escucha más, siente y piensa más: se sale de la historia.

Invoquemos, pues, dichosos y dichosas esa apertura.

Referencias.

Badiou, A. (1998). Pequeño manual de inestetica. Buenos Aires: Manantial.

Bourriaud, N. (2008). Estètica relacional. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editores.

Racionero, L. (1983). Textos de estética taoísta. Madrid: Alianza editorial.

Rancière, J. (2008). El espectador emancipado. Buenos Aires: Manantial.

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