El hombre del smoking a rayas se paseaba de un lado a otro por el piso de madera de la oficina del último piso, como un animal que camina dentro de una jaula a la espera de que algo ocurra. Era tarde y estaba ahí dentro esperando desde hacía no sé cuanto tiempo sin obtener una respuesta aparente. Se detuvo detrás de la puerta e intentó escuchar si del otro lado estaba algún pelmazo simulando trabajar en algo y pretendiendo que su humanidad no se encontrara encerrada dentro de esa pequeña oficina que olía a humo viejo y rancio.

No fue capaz de escuchar nada, estaba harto. Tomó su portafolios negro, manchado con tinta seca, y se dispuso a marcharse. La puerta estaba cerrada. Forcejeó un momento con la chapa sacudiéndola bruscamente, pero no logró que se abriera. Se sintió abrumado y comenzó a tocar la puerta, primero llamando en voz alta para que alguien acudiera en su ayuda, sin embargo al ver que todo esfuerzo era en vano comenzó a patear la puerta y gritar ferozmente con la amenaza de quien puede arruinarle la vida a cualquiera.

Se escuchaba el ruido sordo de sus golpes y el eco de su voz resonar por los pasillos de aquellas oficinas mediocres, pero nunca nadie acudió a ver qué pasaba.

Se sentó en el escritorio, pensó que era alguna clase de broma, y que en un momento a otro regresaría aquel mequetrefe que lo había dejado esperando, le mostraría su rostro regordete de autocompasión y miseria en espera de que con sus palabras y halagos pudiera agradarle un poco para obtener los bonos prometidos a su empresa. Bastardo, cómo era posible que le dejara ahí, a él, ¡a él!, encerrándolo en su vomitivo despacho después de haber derramado medio frasco de tinta en su portafolios de diseñador holandés y prometiendo volver antes de que se secara la tinta manchando las costuras para siempre. Pobre diablo.

Comenzó a escrutar entre las pertenencias de aquel tarado, recorriendo minuciosamente cada centímetro de su escritorio gastado, hojeó sus papeles, escudriñó sus fotografías familiares encontrando entre las comisuras de los labios de sus hijos el secreto de una felicidad barata y simple, se mofó al pensar en el tipo de vida de aquel hombre, recorriendo con su mente cada elemento que conformaba su rostro para encontrar entre los pliegues de sus arrugas lo rasgos de su tortuosa existencia, y aún así, seguía arruinándolo todo, dejarlo a él ahí dentro era el último de sus errores, sería el yugo de su alma ya desierta de esperanza, le haría pagar su debilidad con creces.

Miró su reloj, el tiempo transcurría lento y callado, escurriéndose por las paredes en una danza secreta y consueta que llenaba la atmósfera con una enorme sensación de vacío. Maldita sea. Se levantó nuevamente, forcejeó con la puerta y se tiró en el sillón. No había ni un maldito teléfono en la estancia, ni una ventana sucia ni nada, era deprimente. Tendría que esperar, no había más remedio. Qué idiota había sido olvidar el celular en el auto.

Miró nuevamente el reloj, no habían pasado más que algunos minutos, pero el tiempo parecía extenderse poco a poco frente a sus ojos, la agujas del segundero se movían lenta y perezosamente tardando varios minutos antes de alcanzar el siguiente punto. Trató de distraerse hojeando algunas revistas que encontró cerca del cesto de basura, sonrió al pensar en las aspiraciones de este hombre mediocre que adquiría revistas de autos deportivos que jamás sería capaz de comprar. Tal vez si vendía a uno de sus horribles hijos podría aspirar a algo. Se recostó un momento sobre aquel sillón lleno de mugre y se quedó dormido, al despertar la luz de aquel despacho estaba apagada, ¡qué demonios! no sabía cuanto tiempo se había quedado dormido. Si que se las pagaría, mira que dejarlo a él, ahí, como si fuera un empleaducho de cuarta a quien se le succiona la vida en un salario de poca paga y de quien se dispone como se le da a uno la gana. Ya pensaría en cómo arruinarlo, y lo disfrutaría.

No sabía qué hora era, y de repente sintió que no sabía tampoco el día, o cuánto tiempo había dormido, comenzó a tentar entre los muebles en busca de la lámpara del escritorio, la encendió para ver con desesperación que su reloj de diseñador ya no avanzaba.

Estaba atrapado en el reflejo de la mediocridad de un hombre, las horas pasaban convirtiéndose en días y ni con todo el poder que poseía era capaz de salir de esa pueril oficinucha, comenzó a patear la puerta, usó todas sus fuerzas para derrumbarla y se sintió insignificante. Gritó hasta desgarrarse la garganta, pateó y se aventó una y otra vez contra la puerta, chilló de impotencia pero la puerta, esa maldita puerta de tres pesos, no se doblegaba. Había pasado una eternidad, sentía como su cuerpo se adelgazaba, se entumecía y el sudor mojaba su elegante traje a rayas, le haría pagar. Miró su reloj y vio con sorpresa que no se había detenido, que las agujas se movían pero en cada instante tardaban más y más en llegar al segundo siguiente. ¿Cuánto tiempo habría pasado? su cabello seguramente había encanecido, y sus fuertes miembros languidecían en el descansabrazos del aquel sillón lleno de mugre, las fuerzas y el hambre controlaban con brusquedad su inercia. Moriría ahí, seguramente. Nadie recordaría sus duras facciones ni sus logros, no habría quien llorara su ausencia. No tenía la foto de sus hijos, no tenía hijos, no tenía nada, sólo el tiempo que lo consumía lentamente en la espera de un ser mediocre que lo había abandonado a su suerte dentro de un despacho de tres por tres que hacía llamar oficina. Estaba condenado…

Se abrió con brusquedad la puerta, el hombre regordete y mediocre entró apresuradamente y comenzó a limpiar con vehemencia el portafolio. Se disculpó por la tardanza. El hombre del smoking de rayas lo miró con dureza, le entregó los bonos, tomó su portafolios de diseñador holandés y salió de la oficina.

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