El viernes pasado tuve la mala fortuna de subirme a un autobús del transporte público para ir a recoger unos objetos. Desde que le pagué mi pasaje al chofer tuve la intuición de haber tomado una decisión equivocada, ya que, cual macho mexicano respetable, iba acompañado de un par de doncellas que le endulzaban el trabajo cotidiano con una charla elocuente y alburera, o por decirlo en una palabra: erótica. Tardó unos cinco minutos en avanzar del lugar en que me había subido y a cada tramo del camino se detenía entre cinco y diez minutos más, charlando mientras esperaba que se subiesen más víctimas como yo. Pasó un joven vendiendo cacahuates y el chofer compró un paquete para agasajar a sus acompañantes, entre risas y comentarios picosos.

Casi una hora después, en un trayecto que regularmente debe durar unos veinte minutos, estuvimos parados un cuarto de hora en espera de que el autobús se llenara de adolescentes que salían de una escuela secundaria. Yo me sentía irritado; el calor y el olor a testosterona púber me asfixiaban. Entonces pasó por mi cabeza exigirle al chofer que me devolviera mi pasaje para subirme a otro transporte y así poder llegar a mi destino pronto. Sin embargo, pensé que sentiría mi reclamo como un reto y como una oportunidad para mostrar sus habilidades de macho rezongón y mano larga frente a sus amigas. Llegué a la conclusión de que, acalorado y furioso, no me convenía quedar en la posibilidad embarazosa de batirme a golpes. Así que miré hacia el horizonte que ofrecía un paisaje estéril, seco y terroso que me recordó a Comala, el lugar adonde un hombre fue a buscar a su padre, “un tal Pedro Páramo”.

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Imagen de un remolino a la salida de Pachuca. Fotografía: Ángel Campos.

El autobús siguió su curso y pasamos frente a una escultura geométrica y obtusa, estéticamente pobre y de color blanco. El vórtice de un torbellino de metal descansaba sobre un pedestal cónico verde y rugoso, resultado de una red de vegetación de plástico, kitsch y vulgar como el gusto de quien inauguró ésta y otras esculturas de Sebastián recientemente adquiridas por el estado de Hidalgo para embellecer el espacio público de Pachuca.
A mí no me impresiona este tipo de obras, sin embargo, lo que realmente me impacta de las nuevas esculturas públicas es que todos sus pedestales están forrados de hojas de plástico. Esto es un error, una evidencia del mal gusto de la política cultural del estado. Generalmente, justo en donde termina el entramado de hojas verdes continúa un camellón árido. A pocos metros de estas formas metálicas, torbellinos de polvo ocre, dinámicos y enormes, humillan el torpe movimiento de la escultura blanca y enana de Sebastián.

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Escultura de Sebastián en Pachuca. Fotografía: Ángel Campos.

Los pedestales verdes y compactos de hojas de plástico no se integran con nuestra ciudad, así como no se integran las esculturas geométricas de Sebastián a nuestro siglo, el siglo XXI. Modernistas, sí, pero anticuadas. Cuando el gusto de nuestros funcionarios avanza un poco, nosotros ya vamos de regreso.

Deleuze y Guattari hablaban de lo liso y lo estriado; para mí, lo liso es la tierra natural de Pachuca: camellones secos, áridos y con escasa vegetación; lo estriado son las redes ficticias de plástico que contrastan con nuestro entorno. ¿Cómo se articulan ambos? Eso es lo interesante. ¿Cuáles son los hilos invisibles que articulan lo liso de nuestro paisaje y lo estriado del discurso institucional?

Lo estriado es el discurso barroco, mentiroso y pretencioso de las personas que dilapidan los recursos públicos, nuestro dinero, en piezas de arte que no comprenden, que no entienden, que suponen que los hacen verse inteligentes y cultos. A mí no me engañan: no saben de arte, no saben de escultura. Estoy consciente de que son cínicos y legalmente incuestionables, pero en mi derecho ciudadano exijo que la próxima vez que dispongan de nuestros impuestos para comprar obras de arte público hagan una convocatoria para que los artistas del estado de Hidalgo propongan obras de arte más inteligentes, que no sean grafitis, murales o esculturas de hierro.

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Lo estriado: detalle de la base de la escultura de Sebastián cubierta con flores de plástico. Fotografía: Ángel Campos.

Lo liso: imagen del suelo de un camellón en Pachuca. Fotografía: Angel Campos.

Lo liso: el suelo de un camellón en Pachuca. Fotografía: Ángel Campos.

 

 

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