(Notas sobre la obra completa de Antonieta Rivas Mercado en la edición de Tayde Acosta Gamas)

Ingrid Solana

Es indudable que la publicación de las obras completas de Antonieta Rivas Mercado era una tarea impostergable. Nuestro siglo XXI comienza, más lentamente que otras latitudes quizás, a relatar, por fin, la historia secreta de la escritura realizada por mujeres; de ahí que la obra de Rivas Mercado sea fundamental para explicar muchos rasgos y tendencias estilísticas, conceptuales y filosóficas propias del grupo Contemporáneos, pero también para revelar la nueva actitud que caracterizó a los artistas de principios del siglo XX. La edición a cargo de Tayde Acosta Gamas es encomiable porque, con minuciosidad, orden y cuidado agrupa los materiales de forma congruente; las notas explicativas y el prólogo son fundamentales para acercarnos a la vida intelectual de Rivas Mercado y poder comprender el rastro de aquellas figuras históricas que acompañaron su quehacer creativo, así como las distintas publicaciones en las que aparecieron los textos en diversos momentos. El carácter de la obra completa es doble, por un lado, nos ofrece el trayecto histórico y, por otro, nos muestra las obras en su fijeza sincrónica.

En el primer tomo se incluyen los trabajos propiamente literarios de la autora: el cuento, el teatro, la prosa varia, la traducción, la novela y la crónica; mientras que el segundo compila los diarios, las cartas y algunos textos que se escribieron en torno a la muerte de la autora. Cada pieza de ambos libros es fascinante por desplegar un sinfín de consideraciones, estilísticas, referentes a la historia de la literatura, es decir, a cómo los elementos y la construcción de los textos se insertan en determinado contexto estético, y, también hay una amplia gama de preguntas teóricas que surgen cuando cuestionamos el papel de la escritora —en femenino—, las consideraciones sobre los géneros literarios —no son textos que encajen en un molde único—, y los constantes guiños a “transtextos” o a textos con los que, continuamente está dialogando. Todas estas conversaciones, sin duda, nos ofrecen las razones para acercarnos a la obra de Rivas Mercado, efectivamente, con la consciencia de que no hemos leído con la atención debida a la escritora de los Contemporáneos.

Más allá de todo lo que implicó el papel activo y sumamente importante de Rivas Mercado como difusora, promotora cultural y mecenas de toda una generación de artistas, en su obra observamos el papel creador que, además, era profundamente consciente en ella. Esto es fundamental porque es una de la principales actitudes de vanguardia: el lenguaje poético —claramente no solo el de la poesía, sino el mensaje verbal literario—, se cuestiona sobre sí mismo, es lenguaje sobre el lenguaje. Rivas Mercado era muy profunda y atenta a lo que sucedía en el lenguaje al escribir, al ejercer su oficio creador, por eso encontramos muchos esbozos, mapas, listas, planeaciones de textos en formación y son una verdadera delicia.

Destaca la obra en prosa, es evidente que los textos narrativos ocupaban un sitio especial en la obra de Rivas Mercado por cierta facultad imaginativa concentrada en el desarrollo de personajes que se movían en espacios reflexivos; esto es muy interesante porque acerca los textos de ficción a las novelas y obras de teatro existencialistas de principios del siglo XX, por ejemplo, a las de Sartre o Camus. Los bocetos que la autora realiza en sus diarios sobre los textos, nos muestran que estaba reflexionando sobre ciertos problemas humanos o existenciales y que tenía una pregunta muchas veces filosófica que después se desarrollaba en una situación ficticia. Si pensamos en los tres cuentos compilados en el primer volumen, “Un espía de buena voluntad”, “Equilibrio” e “Incompatibilidad”, encontramos ese rasgo reflexivo. Como en las obras en prosa de sus compañeros Contemporáneos, sus personajes son filosóficos, plantean dilemas dentro del pensamiento. En “Un espía de la buena voluntad”, el protagonista Cornelio declara:

Yo… soy un espía de buena voluntad. Colecciono porqués. Prefiero los absurdos y el tuyo es de mi agrado. Al llegar a esta ciudad de provincia, a donde me trajeron los kilómetros que duermen al lado de los rieles, traía –y lo enseñó— un mapa del mundo que conocieron los romanos, el recuerdo de un racimo de uvas negras y un sombrero de alas anchas para aprender a volar. Mi bagaje cuenta con un huésped más, la sombra que dibuja tu destino en esta tierra. Adiós. (Vol. 1, p. 56)

Acción, personaje, reflexión e, incluso, poesía. Hay una construcción de imágenes que se desenvuelven junto a las preguntas filosóficas en los textos. En los cuentos “Equilibrio” e “Incompatibilidad”, Rivas Mercado, además de mostrar los elementos que acabo de enumerar, exhibe una de las características centrales de su obra: el carácter transgresor. Rivas Mercado se preguntaba y ponía sobre la mesa el papel de la mujer en la sociedad mexicana de su época; sus planteamientos eran sumamente avanzados, delataban una consciencia europeizada, sí, de privilegio, porque ella había podido desarrollar sus actividades gracias a esa educación; y, sin embargo —hay que decirlo—, incluso ella se encontró sometida a los designios de un esposo caprichoso y delirante y terminó sucumbiendo por las exigencias patriarcales. Pero el germen rebelde, esa búsqueda de la libertad, no solo en las actitudes de los personajes sino en la consciencia liberadora de la palabra poética, de “decir”, a costa de lo que sea, nos entrega textos contestatarios y críticos.

En los cuentos y en el fragmento de la novela El que huía, leemos a personajes femeninos que anticipan a las mujeres rebeldes de Elena Garro o a los personajes femeninos tan profundos y oscuros de Inés Arredondo. Si bien es cierto que, como sucede con el teatro de Xavier Villaurrutia, hay algo melodramático en algunas escenas que retratan a una clase social mexicana trabada en prejuicios y debido a ellos, orillada a las situaciones más cursis y absurdas, la crítica de Rivas Mercado se ofrece de forma directa y puntual para representar el clima conservador en cuanto a las costumbres de las familias tradicionalistas y educadas en paralelo a las circunstancias políticas de un México en busca de nuevas identidades; así aparece el padre de Carmen en “Equilibrio”, absorto en una moral vieja, mientras que su hija desea romper el círculo de leyes ridículas en las que vive; las mujeres, en este cuento —madre e hija—, comparten la complicidad de los esclavos, se unen para conseguir transgredir el orden y vivir en la alegría. En “Incompatibilidad” el diálogo entre las dos mujeres recuerda aquella magnífica pieza teatral de Elena Garro titulada El árbol, se trata del encuentro de dos mundos, donde la sentencia “Un hombre me compró” se convierte en una de las monstruosidades de un sistema podrido en sus resoluciones sociales para las mujeres. En el fragmento de novela El que huía, un texto ágil, repleto de diálogos y soliloquios —una novela que de haberse concluido se encontraría contaminada por la dramaturgia, como sucede, en realidad, con los cuentos también—, el personaje femenino se caracteriza de una forma depredadora, una mujer que traspasa los límites, cuya libertad es la esencia descarnada del tiempo nuevo. Joel Nolan no solo es la representación de una mujer liberada, sino el símbolo de la conquista norteamericana, rapaz, arrolladora, nada sentimental, que destroza el corazón de Esteban como un espacio reterritorializado, colonizado al que se le despoja de sus riquezas. El proceder de Rivas Mercado en los cuentos cumple una doble proyección porque así como plantea dilemas filosóficos —el problema de la libertad, por ejemplo, o la pregunta por la existencia—, también recurre a símbolos que representan los escenarios históricos de principios del siglo XX. Cuando hablo del papel transgresor de esta obra, me refiero a que toda ella está atravesada por una política, Rivas Mercado era una mujer sumamente interesada en su propio proyecto de nación, un proyecto que, inconscientemente, considera personal y suyo a través de Vasconcelos, pero al cual, sin duda, de haber tenido todas las herramientas y las aprobaciones sociales, hubiera realizado sola. Ya veremos cómo, en ciertos casos, el texto está subordinado a ese proyecto que quizá era el espacio más genuino de realización social del personaje histórico que Rivas Mercado construyó como uno de los bienes más caros a su desarrollo profesional y de género.

En las dos piezas de teatro, por ejemplo, es muy notorio que el espectro político es el fermento profundo de los textos; a diferencia de los otros Contemporáneos, quizás Rivas Mercado es quien hace del proyecto político una de las razones más invasivas y contaminantes del proyecto literario y esto es sumamente interesante en un contexto europeo en el que la figura del intelectual como una interrogante pública de las decisiones políticas del momento, era necesario para orientar el “sentir” y el “pensar” del pueblo. Un Sartre, por ejemplo, sin opinión pública, sin tendencia política, hubiera carecido de la sustancia que también lo autorizó para meditar en los problemas concretos de su tiempo, en pronunciarse “responsablemente” con respecto al “compromiso” del escritor. Sin enjuiciar estas actitudes de los escritores de principios del siglo XX es muy llamativo que la voz femenina de un grupo al que se suele caracterizar como “a-político” o “indiferente” a las razones de su tiempo —exceptuando quizá la constante actitud satírica e irónica de Salvador Novo—, sea la portadora de opiniones sumamente bravas en un terreno que necesitaba su determinación.

Es visible, en el Diario o en las cartas, cómo Rivas Mercado expresaba con mucha sinceridad y rabia su opinión sobre Plutarco Elías Calles: “En ese momento perdí la calma y prorrumpí casi en insultos: ‘¡Tan puerco, les dije, tan puerco como todos los que ven con indiferencia aquella situación! ¿Qué no les da asco? ¿Que ya se acabaron los hombres? Por mi parte, a mí me da náuseas pensar que he de volver a mirar las caras de todos aquellos rufianes sin ponerles el puño en el rostro…!” (Vol. 2, p. 61) Aquí se refiere a dos músicos mexicanos que están en el Consulado mexicano en París, para arreglar asuntos de su pasaporte y que se muestran felices de regresar a México; Rivas Mercado no soporta la idea de volver a México, no solo por la amenaza que pesaba sobre ella con respecto a su herencia y su hijo, sino también porque gobierno de Calles la asqueaba. Igualmente su obra de teatro Un drama que relata el asesinato de Obregón, observamos una pieza morosa que se entretiene en seguir los laberintos psíquicos del asesino, pero a través de los mecanismos estatales de la acusación. En Episodio electoral, a su vez, el retrato del presente a través de un episodio brutal de tortura evidencia la falta de civilización en un país que no abandona la brutalidad revolucionaria para entrar en el estado civilizatorio de una suerte de democracia ilustrada. El proyecto de educación de Vasconcelos tenía que ver con estos afanes.

Las dos obras de teatro compiladas en el primer volumen nos permiten entrever diversas perspectivas del teatro del siglo XX, los procedimientos visuales y de suspenso, el carácter de sketch trágico de muchas escenas que parecen transcurrir veloces ante los ojos del espectador tal y como sucede en Episodio electoral, la recreación de las hablas populares, la ironía —un procedimiento muy interesante en toda la obra de Rivas Mercado que merecería investigación puntual—, la brevedad y la claridad, dos maneras de cimentar un discurso que está consciente de sus andamiajes y que expresa reflexiones que deben arraigar en los lectores. Estos mismos rasgos se replican en los otros textos que tienen vasos comunicantes entre sí y que son otra de las razones para leer la obra completa de Rivas Mercado, como un armonioso conjunto de arterias que irrigan los mismos líquidos.

Muy sugerente es la crónica de Rivas Mercado que incluye el recuento de la campaña vasconcelista, pero que, precisamente, implica un proyecto de estado, volcado en la educación, al que la autora se entrega con verdadero ahínco. La crónica ataca dos espacios fundamentales del devenir del pensamiento, pues no solo se convierte en el recuento de las experiencias sino en una interpelación consciente hacia un receptor. En La invención de la crónica Susana Rotker evoca aquella observación de Pierre Bourdieu en la que los escritores europeos finiseculares que escriben crónica son parte de una capa media urbana en la que se incluyen, pero de la cual también son instrumento, “la clase dominante encuentra su legitimación en las elaboraciones intelectuales irradiadas desde la cultura, la prensa y la educación, desde donde se atrapa el consenso de las mayorías en cuanto a concepción del mundo”. (Cfr. Rotker, La invención de la crónica, p. 74). El proyecto de Vasconcelos y Rivas Mercado surgía de esa minoría ilustrada que intentaba cambiar el proyecto de nación de una masa confusa y desdibujada en cuanto a opinión pública. Rivas Mercado concibe la audacia de hacer de la crónica un género popular, que pudiera ser asequible a la mayoría y que transmitiera la empática intimidad que solo la crónica consigue gracias al relato personal de la experiencia.

Los ensayos, por su parte, son un material precioso que muestra el pensamiento progresista y rebelde de Rivas Mercado, están destinados a meditar en el papel de la mujer en la sociedad de principios del siglo XX, una actitud igualitaria, autónoma, creativa  que representa a la mujer mexicana en un ámbito ya no de imitación de los modelos norteamericanos o europeos sino de construcción individual y propia: la identidad como un asunto asumido por esta mujer renovada, joven, crítica. “La mujer mexicana no existe”, dice en un ensayo titulado “La mujer mexicana” para reflexionar en la función de la mujer como pieza inadvertida del engranaje económico eminentemente masculino y patriarcal en México. La crítica de Rivas Mercado alcanza ese ámbito tan interesante y profuso, hermano del problema que embargó a otro autor español de principios del siglo XX, perteneciente y fundador de la Generación del 98, Miguel de Unamuno, con respecto al asunto de la fe y la razón. Este problema fue, de alguna forma, la columna vertebral de algunas de las más lúcidas consciencias del siglo XX, ya que perforaba los sedimentos de la vida occidental: dios en un estado secular y en un sistema racionalista de pensamiento filosófico. Estos dilemas entran al universo de las mujeres, las mujeres que son madres, que intentan conquistar la igualdad de derechos y que, al mismo tiempo, se cruzan con el alimento de Dios. En estas reflexiones, Rivas Mercado penetra en el meollo de discusiones que habría que explorar con detalle: son espacios de entreveraciones, la lectura merece la calma de la distancia y el pensamiento sobre el pensamiento.

La última cuestión que me gustaría abordar es la de los documentos íntimos de la autora, diarios y cartas, envueltos en una red compleja de fenómenos de recepción: el papel de los géneros menores —sumamente importante como el recuento de una supuesta intimidad—, la función de la autoría como un tema siempre cuestionable en el siglo XX y el carácter híbrido de estos textos; mezcla de ensayo, con evidentes tintes líricos y dramáticos y la escritura de textos muy curiosos a los que denomino texto esbozos o de proyectos fantasma; dos hermosas vetas de escritura.

Los diarios insinúan libros por venir, tal vez, incluso, el mismo en todos los casos, pero nunca se realizan como libro y, en cambio, en todo momento intuimos una silueta, una suerte de perfil de aire que nunca alcanza esa supuesta forma última, ¿acaso algún libro la alcanza? Así, en estado primitivo, los bocetos adquieren una plenitud extraña, un peso radical en levitación constante; una forma autónoma y chancera como si lo literario fuera tan solo un anticipo de lo que no sucederá. El Diario, generalmente, se compone de fragmentos, piezas dispersas, múltiples voces que se repliegan en una polifonía unívoca, la de un cuerpo femenino en exposición de tonalidades y cambios expresivos. Es verdad que, en los diarios y en la literatura epistolar, somos testigos de los asuntos que ocurren en un yo histórico, pero también asistimos a su borradura, al dejar de ser, a un pasado que al momento de la lectura se convierte en un susurro y es una ficción. Un temperamento, las contradicciones del carácter, el personaje literario versus la persona temerosa; el afecto, el enfado, la orquesta de sentires y la procesión de demonios o nostalgias que aparecen en los textos correspondientes a los géneros menores (cartas, notas, apuntes, diarios, fragmentos), nos muestran, ante todo, problemas de la escritura. La autora dice en 1930: “Intentar escribir un diario borrado equivale a confesarse…” y añade: “…escribir con la verdad [es] única justificación de ponerse a escribir.” (Vol. 2. p.17) En otros momentos, las exigencias mundanas son poderosas: “En mi apartamento actual, enclaustración voluntaria que favorece las circunstancias, debo concentrarme y crear, convertirme en la primera escritora dramática de Hispanoamérica. Es mi revancha y será mi justificación y mi razón de ser, yo que estoy tan desprendida. Pero, para que la obra merezca el título único que merece mi esfuerzo, debo aprender a violar la verdad.” (Vol. 2. p. 18). Hipérboles propias del diario, delirios de grandeza, disminuciones injustas cuando se trata de fracasos, el futuro suena a la verdad posible, pero la historia y el porvenir es todo menos la verdad: la verdad no puede pronunciarse. El diario es rastro, apenas un susurro del pasado y del futuro; su presente es la ficción del lector.

Es en estos textos donde la escritura inexistente se realiza, de manera asombrosa, en los pedazos de los textos inconclusos. ¿No es la literatura el espacio de lo que no termina ni concluye, pues un texto jamás cesa de decir? Por tanto, no hay conclusiones ni cercas, la literatura es interminable; una obra como esta nos recuerda ese carácter. Susurro sin fin que dispara el sentido, nos enfrenta a contradicciones y vacíos, los lectores debemos completar lo que falta. Los diarios también se nutren de huellas, influencias, lecturas; la presencia de Nietzsche a quien Rivas Mercado lee con avidez, Cocteau, Radiguet, en fin, esa suma de textos que se adhieren a los suyos y que confabulan todas las voces que hablan en ella.

El Diario está plagado de planes, listas, subtítulos: el proyecto de un libro sobre una tipología materna, notas, apuntes y prefiguraciones sobre la novela El que huía, agobios sobre Democracia en bancarrota. Al cuerpo que escribe se le añaden malestares, dudas, preocupaciones sentimentales; los diarios, en el conjunto de una obra literaria, son el reflejo no de las pasiones que la embargan sino del proyecto siempre realizándose de escritura, como sucede en Kafka al meditar sobre escribir. La escritora nos permite ver en su Diario, las aparentes notas dispersas, apenas si retratos de una vida, una evidente cabeza de escritora: “quien piensa escribe”, dice Liliana Weinberg en Pensar el ensayo, es decir, la reflexión sobre un proyecto futuro es parte de la soledad esencial que encierra la tarea de construcción de una obra: «Escribir es participar de la afirmación de la soledad donde amenaza la fascinación. Es entregarse al riesgo de la ausencia de tiempo donde reina el recomienzo eterno. Es pasar del Yo al Él…» (Blanchot, El espacio literario, tr. Vicky Palant y Jorge Jinkins, p. 27). Ella se encontraba fascinada por ese proyecto creativo aparentemente en ciernes pero que, al final, tiene su realización. El hubiera no existe, es la forma más estúpida de la inexistencia verbal, una obra es…, la obra de Rivas Mercado es esta: nos toca escribir y conversar sobre ella.

 

REFERENCIAS.

Blanchot, Maurice. El espacio literario. Tr. Vicky Palant y Jorge Jinkis. Barcelona: Paidós, 2000.

Rivas Mercado, Antonieta. Obras (Dos tomos) Tayde Costa Gamas (Comp.). México: Siglo XXI, Secretaría de Cultura de México, 2018.

Rotker, Susana. La invención de la crónica. México: Fondo de Cultura Económica, 2005.

Villaurrutia, Xavier. Obras. (Reimp.) México: Fondo de Cultura Económica, 1996. Col. Letras mexicanas.

 

 

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