Para algunos historiadores, la aparición del género gótico se remonta a 1764, cuando el escritor Horace Walpole publicó El castillo de Otranto. Esta obra posee gran parte de las características propias de una corriente que hoy resulta perfectamente identificable: un lugar vetusto y solitario, una intriga familiar, fantasmas que intentan transmitirle a los vivos su mensaje, antagonistas obsesionados con el amor, héroes que logran consumar la venganza de los muertos. La fórmula, por supuesto, se repitió hasta el cansancio. De ahí que algunos autores intentaran eludir los lugares comunes para crear nuevas vertientes dentro de esta moda literaria: Ann Radcliffe (Los misterios de Udolfo), Mathew Gregory Lewis (El moje) o Charles Robert Maturin (Melmoth, el errabundo) son algunos nombres que resaltan dentro de una vastísima cantidad de obras góticas que acapararon la atención (y los nervios) de incontables lectores.

   La cumbre escarlata (Crimson Peak), nueva película del director mexicano Guillermo del Toro, es una clara muestra de la perpetuidad del género gótico y de que aún pueden filmarse historias de fantasmas sin que nos resulten anticuadas. El filme cuenta la historia de Edith (Mia Wasikowska), una joven escritora que inicia un idilio con un aristócrata británico que llega a Estados Unidos con la intención de financiar una máquina para recolectar arcilla. Tras mudarse a la casa de Thomas Sharpe (Tom Hiddleston), en donde el Barón habita en compañía de su hermana Lucille (Jessica Chastain), Edith se verá inmersa en un misterio tan sombrío que es capaz de levantar a los muertos.

   Esta película, reitero, concentra los elementos comunes del género gótico más tradicional. A pesar de poseer una atmósfera decimonónica, la historia no se percibe anacrónica ni obtusa. Aun así, por diversas razones, considero que La cumbre escarlata es un proyecto fallido y, por ende, la peor película de un director que hoy es considerado de culto (que me perdonen los Torobelievers).

   La vasta producción cinematográfica de Guillermo del Toro posee una característica admirable dentro el cine de terror, un sello atribuible al imaginario desmedido (y ominoso) de este cineasta: su bestiario fantástico. Del Toro sabe elegir aberraciones que se incrustan en nuestras pesadillas, monstruos que incuban en nuestro inconsciente y permanecen ahí, perturbándonos. Tal es el caso de “el hombre pálido” de El laberinto del fauno, una criatura que posee ojos en las manos y que probablemente le hubiera servido a Sigmund Freud como ejemplo para su ensayo de “Unheimlich” (“Lo siniestro”). Ahora bien, La cumbre escarlata no escatima en esta clase de creaciones; sin embargo, Del Toro comete un error que ha trasnochado a la mayoría de los fanáticos del género: el exceso de digitalización.

   Tras el estreno de Star Wars, Episodio I. La amenaza fantasma (George Lucas, 1999), muchos fanáticos de la saga se molestaron por el abuso de efectos digitales empleados en esta precuela. Lo mismo había sucedido cuando remasterizaron la trilogía y realizaron un insert de criaturas computarizadas en distintas escenas de los tres primeros filmes. Cualquiera que hoy vea los nuevos episodios dirigidos por Lucas, comprenderá que el paso del tiempo los hace ver obsoletos y hasta risibles, cosa que no sucede con las cintas originales. Pasa algo parecido con el cine de horror: la mayoría de los amantes del género prefieren los efectos especiales clásicos a la plétora computarizada. Esto no excluye, por supuesto, el uso de CGI (Computer generated imaginery) en esta clase de cine; sino que, únicamente, propone moderarla. Sabemos que un buen maquillaje siempre podrá inquietarnos (ejemplos hay desde El exorcista hasta la trilogía de La noche del demonio), lo mismo la simple sugerencia de una presencia fantasmal (Actividad paranormal), mientras que las criaturas digitales suelen romper lo que el poeta Samuel Taylor Coleridge llamaba “la suspensión voluntaria de la incredulidad”. En La cumbre escarlata, Del Toro parece olvidarse de esto último.

   No quiero avocarme, únicamente, a la digitalización de criaturas para demeritar esta cinta. La trama, en sí misma, posee una circunspección que prolonga demasiado el misterio principal, de manera que las apariciones espectrales se perciben como un elemento forzado que sólo pretende asustar a la audiencia. Sé que el libreto fue escrito a cuatro manos y quizás es la causa de que se perciban dos tonos distintos, como si el aspecto fantasmal intentara prevalecer sobre el drama y el drama se olvidara de que existen fantasmas.

   A pesar de lo anterior, creo que la película posee numerosos méritos, como puede ser el inigualable diseño de arte, siempre presente en las obras de este director. Del Toro gusta del ornato, del color vívido, de ahí que la mansión de los Sharpe se perciba como un protagonista más de la historia y no como un escenario que sólo pretende crear atmósfera. La estética visual, por lo mismo, resulta admirable. Eso puedo decir también del gore, visto ya, por ejemplo, en El laberinto del fauno. El director sabe dosificar la violencia y la sangre a través de escenas puntuales que consiguen estremecernos.

   La cumbre escarlata es, en resumen, una buena historia de fantasmas, pero que puede decepcionar a quienes llevan grandes expectativas. Creo que Guillermo del Toro trató de ajustar El espinazo del diablo a las fórmulas hollywoodenses, olvidándose de que a los fanáticos del terror se nos puede complacer fácilmente. Por lo mismo, deberé otorgarle 6 notas en negro.

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