Quise escribir sobre alguna película de terror por flanquear el obligado espíritu navideño. Sin embargo, la decepción que me causó Victor Frankenstein (Paul McGuigan, 2015) me hizo desistir de este propósito y buscar, en su lugar, una reseña sobre algún otro filme que evadiera, eso sí, el tópico meloso de estas fiestas.

   No lo logré.

   Debo decir, aun así, que esta intención tuvo un giro afortunado al acercarme a la película de Krampus (Michael Dougherty, 2015), un filme quizás no tan aterrador, pero que sabe encausar los elementos del género para presentarnos una obra sólida que oscila entre la “Serie B” y el cuento de hadas infantil.

   Krampus está basado en la leyenda nórdica sobre una sombra jungiana del empalagoso San Nicolás. Al igual que con el Demonio cristiano, se trata de un heredero de la fisonomía de los dioses paganos: mitad carnero y mitad hombre, Krampus se presenta, nos dice la abuela Omi en la película: “no para premiar, sino para castigar; no para dar, sino para quitar”.

   La premisa, en sí, resulta ominosa, o al menos así me lo pareció puesto que me hizo recordar un capítulo de la serie Tales from the Darkside, en donde una criatura llamada “The Grither” visita, durante la víspera de Navidad, a aquellos que pronuncian su nombre en voz alta. “Ese no era Santa Claus”, dice la niña ante el cadáver de sus padres, a quienes acaban de estrujarles el cráneo unas manos gigantescas que entran por la ventana.

   Aun así, creo que el monstruo de Dougherty se aleja de una pretensión meramente terrorífica. A pesar de mostrarnos un arquetipo que podría conformar, en sí mismo, todo el contenido siniestro de la historia, la fórmula se revierte a través de un humor negro que tributa a los clásicos de la Serie B, particularmente, aquellos filmes de juguetes diabólicos que encuentran diversos ejemplos como el director Charles Band, quien supo explotar la “pediofobia” con títulos como Blood dolls (1999), Doll Graveyard (2005) o su saga inmortal Puppet Master, que inició en 1989. Eso sí, Chucky es, dentro de esta línea fílmica, quien debe ostentar el merecido título de “muñeco diabólico”.

   Krampus nos brinda un bestiario de esta índole, con sanguinarios osos de peluche y un hambriento Jack in the Box. De ahí que, a aquellos que desean ver una auténtica película de miedo, puedo anticiparles que se sentirán seriamente contrariados. Los adeptos de la Serie B, en cambio, encontrarán una obra contundente y perspicaz. Debo augurar, eso sí, decepcionante en cierto aspecto, puesto que carece de un elemento sustancial para el buen cine B: el gore. La ausencia de violencia y sangre provocan cierta futilidad en el filme, situación que implica, incluso, la idea de que se trata de una película para niños. Ciertamente, el hecho de que pueda considerarse esto último no implica una carencia de elementos terroríficos (ejemplo claro es la novela de Coraline, de Neil Gaiman, así como su adaptación cinematográfica), pero considero que Dougherty se queda a la mitad del camino, sin saber si se trata de un cuento de hadas antinavideño, un slapstick o un auténtico filme B. Esto último se percibe hasta el final de la historia (mismo que no revelaré por evitar el spoiler), donde todo parece una lección moralina de aprender a apreciar a quienes nos rodean. Aun así, sucede algo más, un giro malicioso que indica que el guión logra librar el lugar común de Disney, permitiéndonos un final ambiguo que se siente perturbador a pesar de su simpleza.

   Creo que Krampus se presenta como una propuesta sólida para esta época. A pesar de la ausencia de vísceras, huesos y sangre, resulta inquietante en muchos sentidos. En lo personal, pienso que si la hubiera visto de pequeño habría pasado incontables noches en vela; y aunque se aprecia esa falta de decisión de decisión y contundencia, se trata de una buena alternativa para aquellos que carecen del espíritu antinavideño que tanta falta le hace al mundo.

   Otorguémosle, pues, por sentirnos dadivosos por eso de las fiestas decembrinas, 8 notas en negro.

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