Julio Cortázar, uno de los escritores más amados de la lengua española, murió hace 35 años en París, Francia.

Cuatro años antes, en el verano de 1980, ya consagrado como uno de los autores más influyentes del mundo, disfrutó de una estancia de 53 días en los bungalows Las Urracas, en playa La Ropa, de Zihuatanejo.

El autor de Rayuela eligió este destino porque le permitía mantenerse alejado de periodistas e intelectuales de la época. Venía de una apretada agenda de presentaciones, lecturas y foros. Buscaba serenidad. Y vaya que la encontró.

En ese tiempo, la tranquilidad de La Ropa le permitió dedicarse a leer y escribir, pero también a disfrutar de unas auténticas vacaciones y de gin tonics. Un par de veces a la semana, viaja en taxi a Zihuatanejo para comprar provisiones.

Por fortuna, existe una copiosa correspondencia del escritor, donde se preservan sus impresiones sobre este destino turístico que, en aquellos años, aún poseía un toque de exuberancia y aventura.

En Cartas 1977-1984 (Alfaguara, 2012), edición a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, reproducen una dirigida a su hermana Ofelia, fechada el 13 de julio de 1980, expone: “Estamos en una playa bastante solitaria, pasando nuestras vacaciones con el hijito (Sthépane) de Carol (su esposa). El lugar es bellísimo y el mar azul y caliente, de modo que es perfecto para descansar y tostarse; falta nos hacía después de tantos viajes y tanto trabajo en París”.

En la misiva enviada a Luis Tomasello, fechada el 20 de julio de 1980, en la que cuenta: “Lo estamos pasando muy bien en esta playa del Pacífico, es una zona muy bella de México, y rodeados de una gran tranquilidad. (…) La playa es una maravilla y disponemos de todo el espacio necesario ya que los únicos que van a ella son los habitantes de los otros siete bungalows (…) Hay una excelente heladera, aire acondicionado y cocina a gas, de modo que siempre cocinamos algo para nosotros; si prefiero ir a comer fuera, sobre la misma playa hay cuatro o cinco restaurantes donde se pueden comer almejas y ostras muy ricas, aparte de los tacos, tortillas y otras bellezas mexicanas. Hay una cantidad enorme de cocos por el suelo, pues estamos rodeados de palmeras; yo los pongo a enfriar en la heladera, les echo ginebra o ron para mezclar con el agua del coco, y eso da una bebida deliciosa”.

A su madre María Herminia Descotte, también le escribió durante su estancia: “Me imagino que allá tiene el frío de julio y agosto; aquí en cambio es el trópico, y yo llevó más de veinte días usando solamente un short como única vestimenta. Nos bañamos dos o tres veces al día y estamos más negros que Mandinga. (…) A veces hay tormentas tropicales espectaculares y luego vuele un sol maravilloso, el mar se serena y podemos volver a nadar y tirarnos en la arena”.

En otra de sus misivas, indica: “En México, la pasamos muy bien, un mes y medio en una playa de Zihuatanejo que es un paraíso de tranquilidad, viviendo en un bungalow a orillas del Pacífico”.

Poco antes de partir, manda otra carta a su amigo el escritor Osvaldo Soriano: “Hablando de gatos, aquí fuimos inmediatamente adoptados por dos, madre e hijo, de modo que no nos faltó compañía; en cambio en materia humana fue perfecto, porque todo el mundo ignoró nuestra presencia aquí”.

En el libro Cartas a los Jonquières (Alfaguara, 2010), se confirma que la presencia del gran cronopio haya pasado desapercibido para la sociedad mexicana de su época. Se trata de una postal del atardecer en Zihuatanejo, que Cortázar envió a dos de sus amigos: “esta foto les dará idea de nuestras soledades en el litoral pacífico de México”.

A finales de ese año, en otra carta a su madre, Cortázar reafirma su admiración al puerto: “Te mando una foto del bungalow donde pasamos las vacaciones de Zihuatanejo, sobre la playa. Está tomada de espaldas al mar, y solamente se ve el bungalow, pero te dará una idea de la cantidad del flores y lo bonito del lugar. Verás también una hamaca en la que muchas veces dormimos grandes siestas”.

Actualmente, en los bungalows Las Urracas, de playa La Ropa, hay una placa de cerámica en la que se lee: “También aquí Julio Cortázar sembró letras y afecto”.

Producto de esa temporada playa y lectura, escribe una suerte de diario llamado Cuaderno de Zihuatanejo, El libro los sueños. Se trata de un texto personalísimo donde Cortázar habla de “los sueños de esta temporada” y alude al libro de la geometría. Fue publicado por la editorial Alfaguara en 1997 en una edición que no se puso a la venta. Tristemente, es un libro muy difícil de conseguir. Una reedición, un monumento o un homenaje, saldarían la deuda que Zihuatanejo tiene con papá cronopio.

 

 

 

 

 

 

Comentarios

Comentarios