Un grupo de Whatsapp ha sido el medio para coordinar las caminatas de la serie Recorriendo Hidalgo, este 2019. Después de cada caminata, los guías recolectan los números telefónicos de los nuevos participantes para sumarlos al grupo. No ha sido fácil seguir el compromiso de que únicamente circule información útil en el chat. Pronto aparecieron Piolines de buenos días y otras informaciones que provocaron broncas digitales. Como el día que alguien compartió el pedido de likes que hacía un deportista para ganarse un chaleco:

—?????????? No entiendo qué hacen estas publicaciones aquí, sonó mi cel y pensé es algo sobre las caminatas, no entiendo por qué contaminan este grupo.

—Por eso vas a chillar? Es para apoyar el deporte. 

—Ten un poquito de respeto de lo que me dices, te invito a que la próxima salida me lo digas de frente ¿va?

Afortunadamente la bronca no pasó a mayores, pero refleja lo –mecha corta– que somos, en los tiempos de hiperproximidad digital. El grupo de Whatsapp dejó de funcionar unos días y fue reactivado antes de la caminata al Cerro de las Navajas, en el municipio de Epazoyucan, Hidalgo. Se llama así, por la palabra náhuatl Iztépetl, que viene de la raíces iztli: obsidiana y tepetl: cerro. Se dice que estas fueron las minas más grandes de mesoamérica, en ellas se encuentra una gama de obsidianas negras, verdes y doradas. 

La obsidiana fue un material fundamental en el antiguo orden prehispánico. Era valorada por su firmeza, a la que se le comparaba con la fidelidad del corazón de los Xolotl; los perros acompañantes de los muertos en el camino del Mictlán, que era a dónde iban quienes morían por causas comunes. De hecho el mismo Iztépetl, era considerado el tercero de los nueve niveles del inframundo del Mictlán. Se dice que era una región con senderos de pedernales por los que corrían vientos que desgarraban a los muertos y los despojaban de lo innecesario que aún cargaban.

Otros lugares a los que iban los muertos en la cosmovisión nahua eran: el Tlalocan, un paraíso a donde llegaban quienes morían por el impacto de un rayo o ahogados. O bien, la Casa del Sol, a donde llegaban los guerreros muertos en combates o las mujeres muertas durante el parto. 

Es fundamental señalar que la concepción de la muerte para los nahuas era distinta a la concepción de la muerte cristiana, impuesta hasta nuestros días. Pues como explica Eduardo Matos en su libro “Muerte al filo de obsidiana. Los nahuas frente a la muerte”; a diferencia de la muerte cristiana que era estática, culposa, con un dios muerto y agonizante; la muerte en los nahuas tenía que ver con un proceso dinámico, conectado a la renovación orgánica del mundo y del ser. 

El grupo para esta caminata suma unas sesenta personas. Nos recibe Marcos Padilla, un estudiante universitario originario de acá, al que le interesa preservar la memoria del sitio. Nos  ofrece sus servicios de guía por cuatrocientos pesos. Escépticos, le damos las gracias y seguimos de largo. Total, varios conocemos o al menos hemos venido alguna vez por estos rumbos. A pesar de ello, Marcos ha decidido venir gratis con nosotros.

Desde el principio, la presencia de Marcos influye en el grupo. Nos comparte varias postales asiáticas que ocurren cotidianamente en el terreno. La primera es sobre una pareja de ancianos coreanos que suelen venir a pasear por estos bosques. La segunda, es sobre un “hongo oloroso que aquí crece y se exporta en cajas de gel a Japón, pues allá los regalan como si fueran flores”. Quizás, se trate del tricholoma matsutake, un hongo que –según el internet– es muy apreciado y se usa para la cocina y los productos de belleza. La tercera postal asiática, es sobre un container que todos los días es cargado de obsidiana que se exporta a China. Marco habla de cómo en la interacción con los chinos, ha notado lo bien organizados que son y cómo se apoyan entre sí, a diferencia de nosotros los mexicanos. Dice que usan a las obsidianas para fabricar artesanías de baja calidad y quién sabe qué otras cosas más. 

Los rayos del sol de la mañana dan un tono rojizo al camino. A los lejos sobre los árboles, aparecen rocas con formas de cabezas humanas. Dicen que ahí habitan serpientes de cascabel y tlacuaches. Estas piedras son riolitas y basaltos de entre cinco a quince millones de años de edad. Son propias de este territorio volcánico que va desde la cordillera montañosa de los frailes de Actopan hasta Tulancingo.

Este es un bosque “deforestado con orden”. Se aprecian las partes del terreno en las que los ejidatarios han vuelto a sembrar árboles y han logrado evitar la erosión de los suelos gracias a corrales hechos de piedra. Salimos del bosque y nos encontramos con un cerro abierto que visto a lo lejos, parece una rebanada de pastel que muestra las diferentes capas de los materiales con los que está hecho. La capa más ancha es de piedra pómez de color blanco, en algún momento fue espuma volcánica.

La subida al cerro parte de una capilla azul que está adornada con cruces de las fiestas de la Santa Cruz, celebrada cada 3 de mayo. El esfuerzo físico descompresuriza al grupo. El viento alto de la montaña como el del Mictlán, desactiva las conversaciones banales del trayecto hasta llegar a la cima, donde hay una estructura de madera desvencijada que antes era un mirador. Al norte se ve Huasca, al este Tulancingo, con el cerro del Napateco y una cuenca acuífera que desemboca hasta la barranca de Meztitlán y llega al Río Pánuco. Al sur se ven los volcanes y al oeste Pachuca, contaminada. 

“Estos terrenos y ejidos se ganaron a base de balazos”, dice Marcos, mientras hacemos un alto para conocer la historia de las tierras de la zona. Se habla del Tigre de Nopalillo, un líder local y pistolero de los políticos de los años cuarenta. Una especie de –protosicario–, al que “lo mataron en Casas Coloradas y se llamaba Tobías Cruz”. También se dice que aquí estuvo el explorador Alexander von Humboldt en 1803. Alguien más habla del Templo de Huapalcalco, en la zona arqueológica que lleva el mismo nombre. Cuenta la leyenda que en él, Quetzalcóatl pasó varios años meditando. Habrá que investigar más respecto a todo esto. 

Bajamos de la montaña sin que termine aún el recorrido. Vamos en búsqueda de las ruinas arqueológicas de una capilla franciscana del siglo XVI. Nos adentramos en una parte del bosque agujereada por tiros de las minas. Ya antes había venido sin encontrar la capilla y había visto los montículos de obsidianas sin saber que son ixtetes, residuos de los trabajos de las minas de obsidiana al aire libre, como una que encontramos bajo plásticos de colores, con una escalera que baja unos diez metros.  

“¿Dónde está escondido ese recuerdo tan temido?, ¿qué parte de tu cuerpo guarda todo escondido?” dice la canción de los Condenaditos, de los Fabulosos Cadillacs. No sé por qué suena en mi cabeza durante el encuentro con la antigua capilla, que en sus paredes reconstruidas por arqueólogos, guarda el emblema de un cordón franciscano. Supongo que tiene que ver con el hallazgo del recinto escondido y de la historia llena de recuerdos temidos que hay en esta región minera. Mientras tanto, la perseverancia de Marcos, nuestro guía gratuito, ha rendido frutos. El joven se ha ganado el aprecio del grupo. Armamos una coperacha para cubrir los 400 pesos que había pedido al principio.

   

 

David Ordaz Bulos 

@David_Orb

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