Por: Miguel Ángel Hernández Acosta

Dice Enrique Olmos de Ita que el diálogo pasó de moda al ser imposible de establecer una democracia entre los participantes de éste. Por ello, las generaciones posteriores a las nacidas en los años setenta del siglo XX han recurrido a la narración de sus propias historias para así formar parte de la gran historia nacional o mundial que hasta ese momento sólo había sido contada por los patriarcas de ella. En este sentido, la narraturgia, que mezcla elementos de la narración con la dramaturgia, ha permitido que los exponentes de este género cuentan historias particulares que dentro de sí mismas exponen un problema mayor o universal. Si se piensa en la narrativa, este punto está apoyado por el exceso de novelas de autoficción surgidas a partir del inicio de este nuevo siglo en nuestro país, por sólo mencionar el entorno más cercano. En ellas atestiguamos la cotidianidad de los autores la cual siempre se pone en duda al no saber hasta qué punto es ficción lo que cuentan y hasta dónde realidad.

Otro punto para apoyar la afirmación de Enrique Olmos es, como él mismo lo apunta, el éxito de géneros como la crónica y el testimonio en tiempos recientes. La argentina Beatriz Sarlo ha señalado que estas historias particulares han servido para exorcizar los traumas que nos imponían las dictaduras o los gobiernos verticales, y que sólo al conocer al otro y a nosotros mismos es como lograremos llegar a una visión menos parcial de nuestra era.

Itzel. El beso imposible, de Enrique Olmos de Ita, se inscribe en esta tendencia por contar una historia particular que tiene un asidero en la realidad, pero que deja abierta la puerta a elementos de ficción que el lector-espectador no puede detectar con certeza. Manuel Alberca, al teorizar sobre la autoficción, señaló que una de las características de los protagonistas de estas obras es que, al menos dentro del texto, son personas comunes y eso da el primer paso para que la empatía se haga presente en el lector-espectador. En este sentido, la obra de Olmos narra la relación entre los personajes del dramaturgo “Enrique Olmos” y la actriz “Itzel Navidad”. Ya sea por medio de correos electrónicos, cartas o mensajes de WhatsApp, se construye una amistad y flirteo entre ambos personajes. Así, el lector se entera que a través de los años han querido emprender un proyecto teatral en el que ella sea la protagonista y él el autor de una obra dramática. Él vive en el extranjero y ella en Culiacán, y a pesar de que intentan encontrarse varias ocasiones, hay un incidente de último momento que siempre impide que coincidan. Durante este proceso de amistad él le cuenta de su divorcio y de su futura paternidad, y ella le narra sobre sus instintos suicidas cuando un hombre la dejó. Así, se van abriendo los sentimientos y profundizando las intimidades. Esta breve obra llega a su clímax cuando al personaje “Itzel” le detectan cáncer de mama y el proyecto teatral termina por centrarse en este tema.

Enrique Olmos presenta en esta obra una relación de amistad y deja entrever una relación amorosa frustrada. Sin embargo, al retratar a “Itzel” también define al personaje que lleva su nombre por medio de las cartas que ella le envía y donde lo elogia como persona y como creador. Así, hay una doble interpretación de este drama en que actriz y dramaturgo se elogian porque gracias a ello pueden continuar con el día a día. Es decir, ante la falta de prestigio social del artista, los personajes se impulsan a seguir y a salir adelante. Por ejemplo, “Itzel”, el personaje, le confiesa en una carta a “Enrique Olmos”, el personaje: “¿Por qué no naciste por aquí cerca y nos enamoramos? Siempre quise estar con un tipo realmente inteligente, quizá la belleza sea en realidad una versión abreviada de la empatía y la sutileza”. Y esto, el reconocimiento en la intimidad, es lo que permite que esta historia tenga sentido para el lector-espectador.

Itzel. El beso imposible, en tanto narración, abre un hecho comunicativo que no por la distancia o el extenso arco temporal que maneja deja de ser íntima. Es la muestra de cómo el artista, en su amplia expresión, trabaja de forma cotidiana, entre dudas, obsesiones y simpatías. La idea del arte como hecho solitario se completa con el intercambio entre dos personas que anteceden a la creación, y que sólo a través del intercambio de ideas permite embonar todas las piezas que darán vida a, en este caso, una obra narratúrgica.

Si bien la anécdota puede estar relacionada o contaminarse con la demanda de Enrique Olmos, el autor, hacia el Instituto de Cultura de Sinaloa porque le permitiera crear una obra junto con la actriz Itzel Navidad en 2016, el hecho literario nace a través del eslabonamiento y selección de momentos representativos que Olmos pone en escena. Esta es una obra que salda, al parecer, una deuda del dramaturgo con la actriz (¿los de verdad, los personajes?) y en la que esta historia personal trasciende la vida y muerte de ella al llegar al papel y cumplir el único deseo que el personaje “Itzel” pidió: que dos personas, como ellos, se besen tiernamente. Enhorabuena a Enrique Olmos que cumplió con este encargo y lo hizo de forma destacada.

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