Me arranco las costras de las heridas como un viejo y absurdo vicio, o tal vez un buen hábito que me ha ayudado siempre a calmar mis ansias por todo; ansias por vivir, por no vivir, por tirar por la coladera del baño las oportunidades, por disfrutar de los fracasos o la pesadumbre del éxito que siempre termina por se colectivo; por esas palabras empolvadas en mi subconsciente que no vieron jamás la luz, por las que se tatuaron en la historia de mis fracasos. Sentado en el reclinable de mi estancia miro por la ventana perdiéndome en el todo de mis pensamientos, en mi propia insignificancia. Me veo, recostado entre objetos que parecen abrazarme y que, al final de cada día, no dejan en mí nada que no haya sentido ya, cuando mis manos llenas de tierra me conectaban efímeramente con el caos.

Nueve tragos después de un primer intento por fecundar mi mente con nuevas reflexiones, salgo de casa, me siento borracho y pesado, como si el pulgar gigante de Dios presionara mi espalda contra el asfalto para obligarme a caer de bruces, siempre con éxito por supuesto. Siempre. Mi rostro se impacta contra la humedad cortante del cemento frío, rasgando un poco mi carne y derramando el rojo caliente sobre mi mejilla. Me quedo así, y por primera vez en años, permito a mi cuerpo estar tendido sin propósito, en una noche de agosto a la que se le esfumó el verano.

Me quedo tirado, calentando con mi cuerpo la tierra, entrando en comunión con el origen de todo, sin remontarme a nada, sin pensar en nada, dejando que el pasado y el futuro revoloteen por encima de mi cabeza como querubines rosados en una pintura abstracta. Se quedan ahí, suspendidos entre el tiempo detenido, sin rozarme un solo pelo. Evado sus miradas y aspiro el olor del cemento mojado que se filtra por mi poro izquierdo, para dejar que mis sentidos se unan con mi exhalaciones y nos volvamos un todo que existe en el ahora, porque el ahora vive siempre en el anonimato, escondido entre las ansias de un provenir inexistente y la eterna condena de un pasado inmutable, entre la luz de una pantalla o las canciones que escuchamos a todas horas, todos los días.

Me quedo tirado, exhumando de mí ser cada pensamiento, idea o rasgo que me otorgue un nombre, que me transforme en algo.

Siento incomodidad por no mover mi cuerpo, siento mi cabeza que comienza a punzar mientras el cielo esclarece y da vida a los contornos que por la noche se disfrazan de sombras, siento la fría humedad entumeciendo mis extremidades, helando mi pecho, mi cara, hasta mis cabellos; siento mis manos tiesas, huelo mi aliento etílico que se evapora para fundirse por un instante con el viento, escucho y siento el palpitar cortado de mi corazón y soy empático con su fatiga.

Me veo a mí mismo, me veo tirado y me doy risa, un viejo borracho desparramado en la banqueta, sumido en la melancolía eterna de su vida y su no vida.

Pero hoy es más que eso, más que nociones existenciales, más que pasado o futuro, castillos de sal y huellas que se funden con la arena.

Hoy sólo hay asfalto mojado, miembros inertes y un montón de paz.

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