invéntame,

inventa lo que un día pudimos ser

Marco Antonio Solís

No me creerían si les digo que todo, absolutamente todo cambió durante el partido de futbol entre México y Alemania. El duelo, si he de decir la neta, era histórico. Se trató de uno de esos encuentros en que el Tri ganaba como nunca en mi vida. Poco importaba que el juego fuera amistoso. Eso valía madres. Lo que valía era que íbamos arriba en el marcador. Era un momento célebre, inolvidable. Pero ahí, justo ahí, todo se fue a la mierda.

En vista de que ni en sueños pude ir a una Copa del Mundo, la visita de la selección germana fue mi única oportunidad de ver en vivo y en directo al campeón mundial de ese tiempo. Además, era la primera vez que salía de mi rutina, luego de que mi ex me abandonara, apenas unos meses antes.

Luego de alzar mi puesto del mercadito sobre ruedas donde vendía fayuca, Tito pasó por mí y nos fuimos rumbo al estadio Azteca. En el camino, nos echamos una pachita de Don Pedro que escondí entre mi chamarra. Quizá por eso no sentí dos pequeños sismos. Cuando ocurrió el primero yo ni por enterado. ¿Sentistes?, me dijo Tito con cara de terror, pues íbamos caminando en uno de los túneles del Metro Chabacano. ¿Sentir qué?, le dije, mientras sacaba el vaho de Don Pedro.

-Tembló, güey.

-No mames, ya tas pedo, atajé.

Para el segundo movimiento Tito se puso pálido como bolillo crudo: casi se atraganta con un buche del mentado brandy. Yo no sentí nada, quizá por el licor atravesado en mi pecho. Alegamos un rato y Tito sentenció:

-No mames, güey, ¿y si es una señal de que no vayamos al estadio?

-Tas pendejo. Se me hace que ya se te subió. Pero si no quieres ver a Alemania, no vayas. Yo sí me lanzo.

Aclarado el asunto, seguimos nuestro camino. De tiempo íbamos bien. Al llegar a Taxqueña la pachita se acabó y compramos otra antes de subirnos al tren ligero. Tito alcanzó a echarse una queca de chicharrón prensado antes de subirnos al vagón. Yo no comí nada porque quería darle unos llegues a la mona para concentrarme en el partido.

Llegamos a la zona del Azteca y desde el otro lado de la calzada de Tlalpan, notamos que había poca gente. Yo saqué el tin-tín y le di tres jalones. Desde la huida de mi vieja, los solventes eran lo único que realmente me relajaba. Me hacían olvidarla y me provocaban ataques de risa.

Faltaban 5 minutos cuando nos sentamos en la sección de gradas, a unos 80 metros de la cancha. En su bolsa, Tito llevaba cacahuates y habas; yo, pepitas y cigarros. Ambos, con nuestro primer vaso de Victoria y totalmente transformados en hombres mono.

Marco Antonio Solís, el Buki, trepado en un pequeño podio, entonó el himno nacional. Eso me puso de muy mal humor. Me pregunté porqué si los jugadores se retiraban, no pasaba así con los cantantes: el ídolo de mi padre, era el ídolo de mi generación y quizá hubiera sido el ídolo de mis hijos. Yo odiaba al Buki porque sus canciones me recordaban a mi ex, quien lo veneraba como un Dios.

Cuando terminó de cantar, se fue acompañado de un manojo de edecanes bien buenotas. Yo me quedé pensando un rato en mi ex y en lo que haría con su nueva vida de milloneta. Luego dejé todo eso por la paz y me concentré en el encuentro, para evitar un malviaje.

Y el partido comenzó.

Los alemanes miraban a nuestros compatriotas con una mezcla de ternura y asco. Como si estuvieran jugando contra unas latas oxidadas y frágiles, llenas de estiércol. A los 35 minutos y íbamos perdiendo 4 a cero. Un desastre de equipo.

Pero Tito y yo no estábamos ahí para ver a la selección mexicana, porque ya sabíamos que era re chafa, sino a los pinches güeros que, en ese tiempo, jugaban el futbol más chingón del planeta, y tal vez, de la historia.

Alemania era capaz de llegar en tres toques al área mexicana y a cualquiera que se le pusiera enfrente, una vez ahí, los enormes güeros, comandados por la super estrella Stogahebaus, hacían pedazos a la aguada defensa tricolor.

Stogahebaus era un crack. Un virtuoso. Una chingonería. Era considerado el mejor jugador de todos los tiempos. Poseía habilidad argentina, gambeta brasileña, rigor inglés, entereza italiana, vigor camerunés y carisma de cantante pop. Algunos paranoicos afirmaban que Stogahebaus había sido creado en un laboratorio por los pinches alemanes. Pero eso ya no podremos comprobarlo porque Stogahebaus ahora está muerto.

Para el arranque del segundo tiempo el técnico mexicano hizo unos cambios bien mafufos: metió al Demon Escobedo y al Charly Ortiz, ambos, de cierto prestigio en el futbol local, pero demasiado débiles para el tremendo rival que tenían enfrente. La gente se emputó y gritaba cosas como: “pinches masiosares hijos de su pinche madre”.

Sin embargo, a los 40 segundos de haber entrado a la cancha, el Charly Ortiz tomó un balón por el costado derecho. Corrió como diarreico y cayéndose, metió un centro a la olla germana, donde el Demon apareció entre los gigantones, estiró el pescuello y sacó un testarazo imposible para el guardameta. La gente no sabía si aplaudir o reírse, porque el Demon Escobedo apenas le llegaban al hombro al más chaparro de los alemanes.

Todos iban a ver cómo Alemania le daba la recia al tricolor. Pero nadie esperaba una reacción mexicana.

Por eso, el Demon Escobedo festejó su gol con el Charly Ortiz y con nadie más. Sus compañeros de equipo lo miraron con odio jarocho, ante el temor de que los alemanes se enojaran y les metieran otra docena de goles.

Pero no fue así. Quizá los teutones supusieron una chiripa del Demon y continuaron jugando a medio gas. Por eso no sintieron cómo, de nuevo, la dupla Escobedo-Ortiz logró culminar una jugada gambetera y metieron el segundo. Era increíble. Pero fue más increíble que diez minutos después, ambos jugadores empataran los cartones.

Para el cuarto gol la ovación se escuchó bien machín. La en la selección mexicana revivió. Y cómo no, si el gusto de empatarle al campeón del mundo no pasaba todo los días. Algunos lloraban a moco escurrido. Otros comenzaron a corear “México, México”, como hacía mucho no se oía en un partido de la selección.

Antes del minuto 30 de la segunda mitad, el tricolor, de la mano de Escobedo y Ortiz, ya remontaba el marcador y aquello era una locura. 5 – 4 se venía en las pantallas gigantes del Azteca y en los ojos llorosos de muchos aficionados.

Entonces lo alemanes pusieron cara de perro en barbacoa y todos supusimos una venganza en caliente. Corría el minuto 35 del segundo tiempo cuando Stogahebaus, con balón dominado, atravesó el círculo central y se enfiló hacia el corredor derecho. Se le veía a Hitler en la mirada. Parecía que llegaría el empate y otro costal de anotaciones.

En eso, un tronido ensordecedor se oyó por todo el estadio. Por un momento creí que era un corto circuito en el sistema de sonido del Azteca. Pero no era así. Todos se pusieron de pie. Stogahebaus detuvo su carrera y el balón se fue rodando hasta una esquina del área mexicana. En ese momento empezó el terremoto.

Dentro del estadio, un sismo debe ser la peor experiencia para cualquiera. Todos corrían hacia donde podían. Empujaban, resbalaban, caían y morían. Los gritos eran menos fuertes que el ruido de la estructura del estadio que, pese a lo antiguo, se negaba a desplomarse. Tengo pocos recuerdos claros de esos instantes.

Uno de ellos es Stogahebaus antes de la sacudida. El alemán detuvo su carrera y dejó ir el balón. Luego, su vista se clavó en el piso unos segundos y después alzó la vista al cielo. Parecía que sus habilidades iban más allá de lo deportivo: yo creo que presintió el terremoto.

Una gran sección del techo del Azteca se desprendió de la estructura del estadio y cayó sobre la cancha, a unos pasos de Stogahebaus. Los escombros mataron, casi de inmediato al portero, a dos defensas del tricolor y a otros miles de espectadores.

Como se quiebra el huevo al azotarlo contra el filo de un sartén, así pasó con el techo del Azteca. Partido en dos, ambas partes chocaron en lo alto, empujando a la de enfrente, pero sin derrumbarse. Eso me dio tiempo suficiente para salir.

Describiré un poco de lo que vi: el olor a sangre, mezclado con miedo, se sentía por donde sea. Había una bruma de polvo tan densa que impedía dar tres pasos sin pisar una mano, un tubo o escombros regados. El griterío era de la chingada. Yo de miedo traía chinas hasta las pestañas. Llantos aquí, peticiones de ayuda allá y gemidos más allá.

Tito estaba igual que yo, sin palabras. Yo creo que hasta lo chemo se nos bajó. Hombro a hombro, intentamos caminar en busca de una salida, aunque no teníamos ni puta idea de dónde estaban las salidas, ni dónde estábamos nosotros.

Caminamos, sólo caminamos. Por instinto o cobardía. No sé, pero caminamos. Había más gente como nosotros, blanqueada por el polvo, que se movían en desorden. Buscaban, como Tito y yo, un camino en el que reconocieran, aunque sea por un refri de refrescos, un aviso o una lámpara, la dirección a la salida. No importaba si ese camino era un agujero o un recoveco debajo de toneladas de cemento y acero. No importaba tampoco, que un poco de luz penetrara a cuentagotas y que casi en penumbras (pues de vez en vez, encendían algunas lámparas y luego se apagaban). Menos importaba el dolor ajeno o el sentimiento de compasión. Nada. No se conocía a nadie (y aunque alguien hubiera querido hacerlo, era imposible: el único color de piel era el polvo. El único rostro, era el polvo y la única facción, también, era el polvo).

No sé cuánto tiempo anduvimos, ni por dónde. A ratos nos arrastrábamos, entre la sangre o carne de algunas víctimas, mezcladas con agua, posiblemente de los sistemas de drenaje. No hablo de los muertos que vi, porque en esas condiciones, los muertos se convierten en cosas como una varilla o un bloque de cemento. Y en un terremoto, cualquier cosa puede matarte.

Luego de varias horas, quién sabe cómo, unos bomberos que llegaron y me sacaron. Y digo me sacaron porque jamás volví a ver a Tito.

Al salir de aquel montón de concreto, cadáveres y fierros, me vino a la mente una película en la que, al sacar las víctimas de un terremoto, son recibidas por decenas de ambulancias, paramédicos y medios de comunicación.

Aquí no fue así.

Sólo había un camión de bomberos y dos patrullas. No vi alguna cámara de televisión o ambulancia.

-¿No hay ambulancias o doctores?, le pregunté a un hombre que hablaba con un gran trozo de cemento.

-¿Ambulancia? ¿Doctores? Ya no hay nada. Nada. Todo ha terminado. Agradezca que está vivo. Respondió al borde del llanto, con una voz que me pareció conocida.

-¿A poco el temblor destruyó toda la ciudad?

-¿La ciudad? ¿La ciudad? Qué importa la ciudad. Venga.

Y me tomó del hombro para mostrarme por dónde debía caminar. El pavimento del suelo estaba estrellado como a punto de quebrarse. Por la ruta que seguimos, supongo que dimos vuelta por el sur de lo que era el Coloso de Santa Úrsula. Durante el trayecto, aquel hombre sólo repetía “la ciudad, la ciudad, a la chingada la ciudad”. Las decenas de sobrevivientes que vi, aún no terminaban de creer lo que habían pasado. Yo tampoco asimilaba lo ocurrido porque sentí que el alcohol y el solvente se me estaban bajando.

Luego de unos minutos me detuvo. La bruma de polvo se hizo más leve y por primera vez, desde el partido de futbol, pude ver varios metros más allá de mis bigotes y entonces sí, sentí un miedo de pollo de granja. Entonces sí, lloré como gripiento, las lágrimas salieron de mis ojos e hicieron un lodazal en mis cachetes. Y entonces sí, creí que el fin del mundo había llegado.

No había nada. Ni el Periférico; ni casas; ni edificios; ni la reserva del Pedregal; ni anuncios espectaculares. Ni El Ajusco. Nada.

Aquel extraño y yo, estábamos casi el borde de un abismo. Todo se había hundido y se había ido al carajo. Donde nos encontrábamos, sólo se veía una bruma blanca y se oía un susurro como el del mar.

-No mames. No mames. No mames. Qué pedo. Qué le pasó a la ciudad.

-¿La ciudad? ¿La ciudad? Qué importa la ciudad. Todo esto es obra del creador. Es hora de que venga por nosotros.

Me quedé mirando hacia al fondo del abismo y luego a aquel extraño para asimilar sus palabras. Entonces reconocí el olor que provenía del fondo del abismo: era el mar. El pinche mar, ahí junto a lo que quedaba de la ciudad. Y también reconocí al tipo. Era el pinche Buki. Marco Antonio Solís, el Buki, ahí, junto a mí. El ídolo de mi padre, con su melena característica llena de polvo. El ídolo de mi ex con el traje rasgado y las manos llenas de sangre. El ídolo de millones de mexicanos, parado junto a mí, llorando. Sin edecanes, sin guaruras. Solo y su alma cursilona.

-Mi amigo ¿cree en Dios? Me dijo el Buki, sacándome de mis cavilaciones.

-No. Respondí de forma robótica.

-Este es el momento para abrazar a Dios y a su hijo.

Como se imaginarán, yo no estaba para rollos religiosos. Menos aún para los del Buki.

-¿Y dónde chingados voy a encontrar a Dios y a su hijo, entre toda esta desgracia?

-Amigo mío. Dios me ha enviado para que dejes atrás los recuerdos, tristeza y soledad. Para que encuentres el camino a la paz, el consuelo y la resignación.

Abrió los brazos en señal de abrazo, para dejar bien claro que él era el hijo de Dios.

-Pinche Buki, ya quedaste bien pirata. Dije, y con la mano hice una seña circular sobre mi sien. Ya era hora de perderlo, pensé.

Volví a donde creí que había visto a los bomberos. En el camino me volví a acordar de mi ex, quien una tarde de marzo se ganó el premio mayor de la lotería y me abandonó. Creyó que yo no estaba capacitado para disfrutar de tanta lana. La recordé no porque me moviera el tapete. Sino porque después de que me dejó, supe que había comprado un edificio de departamentos y que en el último piso había instalado su penthouse. Sin embargo, ahora, toda su inversión estaría en el suelo, junto a miles de edificios y casas derrumbadas. Y digo toda su inversión porque se hojalateó la cara. También se puso nalgas y tetas. Quedó bien buena, he de reconocerlo. Pero ahora, el terremoto no habría dejado nada de su penthouse, ni de cuerpo, ni de sus implantes, ni de la vendedora de Avón que yo había conocido.

Me alejé del Buki y caminé como poseído. Caminé durante mucho rato. Cuando recapacité, no sabía hacia dónde me dirigía. Sólo andaba entre los escombros.

Junto a mí, también iba una manada de gente que, al igual que yo, en silencio, buscaban salir de aquella carroña de ciudad. El panorama y el silencio eran brutales. Derrumbes, incendios, grietas y cerros de escombros eran el nuevo rostro de la capital. Jamás volví a ver a un bombero o un policía. Ya no existían calles, colonias o delegaciones. Ahora sólo era un montón de desechos urbanos. No sé si los sobrevivientes seguíamos a alguien. O si alguno de nosotros sabían hacia dónde íbamos.

El amanecer nos sorprendió en Indios Verdes. Lo supe por el anuncio del Metro que aún permanecía en pie, mientras a su alrededor todo era cataclismo.

La mayoría arrastrábamos los pies del cansancio, pero nos negábamos a descansar. ¿Miedo a la muerte? ¿instinto de supervivencia? No sabría decirlo. Sólo seguíamos nuestros pies, que a veces, toman mejores decisiones que la cabeza.

Cuando el sol calentó un poco, pude notar que un gigantón era mi compañero de huída. A pesar de que su zancada era grande, la achicaba para seguir mi paso. Al observarlo un poco más, vi que transitaba con el torso desnudo y apretaba un objeto entre sus manos, que supuse, era una imagen religiosa. Con los brazos al pecho, intentaba darse un poco de calor, o tal vez, consuelo. De sus labios escapaba un susurro, no sé si tiritaba o soltaba una oración.

Observé que de la cintura para abajo sólo traía un short, medias y tacos de futbol. De la entrepierna le escurría un rastro de humedad que adiviné, eran orines. Sus calcetas y short eran del mismo color que todos nosotros: polvo. Sus zapatillas deportivas, estaban llenas de lodo (por los orines) y vómito, o quizá mierda.

Observé al gigantón de nuevo y pensé que tal vez a ese pobre infeliz, el temblor lo habría sorprendido en la cascarita dominguera. A lo mejor bebía con sus amigos de equipo cuando miró caer los edificios de su alrededor.

Le vi cara de atlantista, pero sin la camiseta, era imposible afirmarlo. Su short y calcetas, estaban blanqueados como la ropa de todos nosotros. Mientras que al objeto entre sus manos lo besaba con tanta fe, que me ablandaba el llanto.

Pasamos por un paraje lleno de humo, que posiblemente era lo que quedaba de Ecatepec. Debo aclarar que es complicado ubicar por dónde caminé. Los edificios, torres, cerros y volcanes conocidos, estaban esparcidos por el suelo. A su vez, nuevos montículos de escombros y montañas, daban un panorama desconsolador. Era como caminar en un nuevo planeta.

Al final del día, nos tumbamos bajo un árbol. Estábamos fundidos por el cansancio, pero vivos. De pronto, alguien comenzó a llorar. Lo hacía como cualquier niño que pierde el biberón. Habíamos perdido mucho más que un biberón. No teníamos casa, familia, ni trabajo. La tristeza nos contagió y uno por uno, nos sumamos a la lloradera. Hasta el gigantón, quien entre suspiro y suspiro gruñía “got got, got”, por lo cual supuse que además de gigante, era gangoso.

No supe a qué hora caí dormido. Lo cierto es que al despertar y mirarme acurrucado junto a una bola de desconocidos, me hizo sentir mejor.

Al paso de los días conocí a los demás sobrevivientes. Éramos poco más de 30 personas, pero con ese aspecto, nos veíamos como yetis de alcantarilla.

Había una cajera de un centro comercial, un mecánico de vehículos diesel, dos estudiantes de preparatoria, un viejo con un ojo lleno de nube, cuatro burócratas de oficina de gobierno, un taxista del aeropuerto, un aprendiz de talachero, un profesor de secundaria, tres amas de casa, una telefonista, dos albañiles, un locutor de radio, dos comerciantes, una enfermera, un soldado, dos emos, un carpintero, un chef, dos niñas fresas y un futbolista gigantón, en cuyas medias descubrí un escudo que se me hizo conocido. Eran las medias que usaba la selección alemana.

Entonces hubo luz en mi mente: aquel gigante era Stogahebaus. El mismísimo, legendario y famoso Stogahebaus estaba ahí, a mi lado, con aspecto de polvorón y mirada perdida. Con la manga de mi chamarra le limpié el rostro y confirmé, casi con lágrimas en los ojos que era la estrella del futbol. No traía identificación, dinero, ni pasaporte. Nada. Luego comprendí: ningún jugador profesional sale al campo de juego con cartera o dinero.

Informé a los demás de mi hallazgo, pero nadie mostró emoción. Es más, ni voltearon a verme.

-¿No me creen?

-No es eso. Dijo el viejo con el ojo nebuloso. ¿Pero en qué nos beneficia que ese güero esté aquí?

-Cómo que en qué nos beneficia. En Mucho. Es Stogahebaus, Stogahebaus, Stogahebaus. Hay empresas y miles de personas que quieren saber de él. Si lo rescatan, también nos rescatarán a nosotros.

-¿Y quién rescatará a mi familia, a mi trabajo y a mi colonia? Además, cómo piensas avisar si no hay teléfono, ni electricidad. No sabemos si el temblor afectó otras partes del planeta. ¿Y si somos los únicos sobrevivientes?

La realidad me pateó de imprevisto: no había electricidad y por lo tanto, la comunicación electrónica estaba suspendida, incluyendo la telefonía celular. ¿Cómo lograría decirle al mundo, o a lo que quedara del mundo, que Stogahebaus estaba junto a mí, loco y miado?

No supe qué decir. O quizá no quise decir nada, porque entre tanta desgracia, al menos había un pequeño momento de felicidad: conocer en persona a una estrella de futbol.

Pero Stogahebaus sólo apretaba las manos contra su boca y repetía su cantaleta: got, got, got. Y por más que le hablaba y le hacía señas, no logré atraer su atención, ni arrancar otra palabra que no fuera got. Tampoco pude ver el objeto entre sus manos. Estaba ido. Bien ido. Ahí pensé que era un milagro que yo estuviera cuerdo, por todo aquello y también por el solvente.

Stogahebaus murió varios días después. Nadie supo porqué. Caminábamos por una vereda terregosa cuando el gigante se desplomó como castillo de arena. Nos acercamos, creyendo un desmayo. Pero ya no se podía hacer mucho. La enfermera me dijo a mansalva, que a lo mejor su corazón no había aguantado tanta impresión. Alguien dijo que eso era posible, “vayan ustedes a saber qué tanta madre le metieron a este güey para que fuera un super atleta”.

Fueron inútiles mis ruegos para llevarnos el cuerpo. “Seguro que nos darán mucha lana”, justifiqué. “Pues si vale tanto como dices, cárgatelo”, respondió el profesor.

Me tragué mi orgullo y tiramos a Stogahebaus en una de las tantas zanjas abiertas por el terremoto. No fue el primer caído, ni el primer cadáver que echamos en las zanjas. Cuando vi el cuerpo de Stogahebaus rodar zanja abajo, sentí que ahí también iba mi última oportunidad de salir de fayuquero. Para colmo, el objeto entre sus manos que tanto me intrigaba resultó ser una crayola roja. Pinche alemán loco, pensé, sin embargo, la guardé como recuerdo.

Luego perdí la noción del tiempo. Vagamos y vagamos. Comíamos restos de comida que hallábamos entre las casas derrumbadas. A veces nos iba bien, pero la mayoría de las veces apenas encontrábamos unas cuantas latas. Además, conforme pasaban los días, aumentaba el olor de la carroña en casi cualquier parte. La enfermera nos aconsejó alejarnos de los cuerpos putrefactos, pues aseguró que enfermaríamos y en una situación de desastre, lo menos que debes hacer es enfermarte.

Luego de varios meses parecíamos una tribu de cavernícolas. La energía eléctrica nunca volvió, ni la telefonía. Las únicas personas que nos encontramos, estaban muertas y comenzamos a hacernos a la idea de que tal vez no quedaban más mexicanos. Yo de vez en vez pensaba en mi ex, aunque sabía que lo más seguro es que estuviera muerta. A ratos me hacía a la idea que de haber seguido juntos, estaría viva. Todo por el pinche dinero, era la frase con la que cerraba esas cavilaciones. Era en esos ratos que echaba de menos a una mona. Aunque nomás fuera un jalón.

Una tarde, unos hombres armados nos salieron al paso cuando bajábamos de un cerro achatado.

-Alto en nombre del Ejército de la Reconstrucción. Dijo un barbón con machete en mano.

Encontrar gente viva nos tomó por sorpresa. Pero al ver las armas no sabíamos si reír o romper en llanto.

-Ayuda, por favor. Somos sobrevivientes. Respondió alguien, nervioso, atrás de mí.

-¿Pa dónde van? ¿De dónde vienen?

-Oiga, llevamos meses vagando como pendejos. Perdimos todo con el terremoto ¿usted cree que sabemos hacia dónde vamos? Venimos de la Ciudad de México.

-No me levante la voz. Son preguntas de rutina.

-Qué rutina ni qué la madre -atajó la enfermera- . Necesitamos ayuda, varias de estas personas están heridas, o en shock. No hemos encontrado un hospital, un policía o alguien que nos diga qué debemos hacer. Nada.

-Ya no hay más guachos. Ya no hay más gobierno. Todo se perdió con el terremoto. Pero gracias al gran B encontramos el camino. Él nos dijo cómo organizarnos y con su ayuda estamos levantando un nuevo país. Si están dispuestos a sumarse a la causa, podemos llevarlos a nuestro refugio, ahí tendrán techo y comida a cambio de trabajo.

-¿O sea que seremos criados del mentado gran B? dijo el viejo del ojo nebuloso.

-Tómelo como quiera, anciano. Yo ya le dije lo que podemos darle y lo que queremos que nos dé. Lo toman o lo dejan.

Sólo un loco habría despreciado aquella oferta. Si hubiera aparecido Nerón y hubiese ofrecido la mitad de eso a cambio de que nos achicharráramos en la Roma en llamas, habríamos aceptado sin chistar. Luego de pasar lo que padecimos, yo sólo quería un poco de civilización, comida, techo y quizá una mona. No más.

-Sígannos. Ordenó el machetudo.

Tras varias horas de caminata, llegamos a un enorme campamento construido alrededor de una explanada que tenía como custodios a una hilera de ahuehuetes llorones. No había mucha gente, pero la que estaba, iba de un lado a otro, sin mirarnos. Desde alguna bocina se escuchaban notas musicales que tardé en reconocer. Había jardineras limpias y vehículos estacionados. El mecánico lloró de alegría al ver un coche intacto. A diferencia de nosotros, ellos se veían limpios, incluso, podría decir que hasta felices.

-Bienvenidos a Nueva Tenochtitlan. Dijo el barbón.

-¿Nueva qué? Contesté incrédulo.

-Nueva Tenochtitlan. Nuestra nueva tierra y si ustedes quieren, también pueden ser parte de ella.

Nos explicaron que el temblor había hundido tres cuartas partes del territorio mexicano. Ahora, la playa llegaba hasta Toluca. Toda la frontera norte también se había hundido. Según nos informaron, del antiguo territorio, sólo quedaba una parte de los estados de México, Hidalgo y Tlaxcala. Todo lo demás se lo había tragado el mar. Era probable que gran parte del resto de América y del mundo, también estuviera bajo las aguas. El único modo de comunicarse era un viejo radio de banda civil, mediante el cual, esperaban respuesta desde hacía semanas, sin resultados.

Indicaron que el gran B también había sobrevivido al temblor, organizó a un grupo de gente para levantar en ese lugar la mentada Nueva Tenochtitlan.

-Oiga, y porqué no intentaron contactar al gobierno o al Ejército.

-Amigo. Del país en el que vivimos hasta hace poco, no queda nada. Nada. Entienda. Nada de nada.

Nos quedamos bien pendejos por la revelación. Todos, en el fondo, esperábamos un rescate y el regreso a una vida más o menos similar, a la que llevábamos hasta antes del temblor. Todos nos negábamos a creerlo. Todos comenzamos a llorar. Hasta ese momento me cayó el veinte que la huida de mi ex, que el temblor, que la muerte de Tito, que la crayola de Stogahebaus y que ese extraño campamento no era un sueño.

-Por ahora descansen, no hay más que hacer. Propuso el machetudo.

Nos dividieron por sexos. Los hombres nos metimos bajo un largo edificio de dos aguas. Era grande y en su interior había muchas camas vacías. Luego de un baño que me revivió, comimos como no lo hacíamos desde el terremoto y nos dormimos. Al día siguiente, el machetudo gritó desde la puerta.

-El gran B quiere verlos para darles la bienvenida. Informó.

Salimos en fila hacia la explanada. La curiosidad por conocer a este nuevo líder nos carcomía. Justo nos terminaron de formar, cuando un auto se estacionó y de ahí bajó una figura conocida. Era un tipo vestido con un impecable traje blanco, con barba crecida y melena, primero pensé que era John Lennon, pero luego recapacité: Lennon había muerto hacía muchos años. Entonces lo reconocí: Era Marco Antonio Solís, el Buki.

-Bienvenidos a mi pueblo. Al futuro del hombre. Donde viviremos en armonía, sin corrupción, hermanados sólo con el amor al prójimo.

Yo no pude evitar una carcajada, la cual casi se convirtió en una especie de infarto, cuando vi bajar del coche a mi ex. Sí, la mujer que yo creía aplastada bajo los escombros, estaba en ese pedazo de país, junto a su ídolo, el mismísimo Buki. Sí, la envidiosa que no quiso compartir conmigo la lotería, ahora era la concubina del líder de ese último intento de comuna. Pero la muy perra no me reconoció o no quiso reconocerme, sepa. Lo cual me encorajinó aún más.

-¡Lo saludamos, gran B! Gritaron sus seguidores, como idiotizados.

-Pinche Buki loco, vete a la chingada, le grité, furioso.

Me lancé hacia él, pero los guardias me atraparon antes de que llegara al cantartorzuelo. Me tiraron al piso boca abajo y el machetudo hizo que alzara la vista de las purititas greñas. Mis compañeros de grupo veían todo como idos. Algunos, hasta reían.

-¿Lo sacrificamos, gran B? Preguntó el machetero.

-Claro que no, mi hermano. Debemos dejar que el espíritu de la reconstrucción lo invada. Llévenlo a la cámara de conversión.

Yo temí una muerte lenta o torturas de judicial. Por eso, en un último intento, le pedí ayuda a mi ex. No finjas que no me conoces, bramé. Pero ella ni se inmutó. Sólo dijo: “en mi vida he visto a este hombre. Llévenselo”.

De nada sirvieron mis gritos, mis lágrimas, mis mentadas de madre. De nada. Me metieron a una pequeña y oscura celda, donde sólo escuchaba canciones del Buki. Día y noche. “pues me voy de aquí sin lado izquierdo, que es donde te tuve junto a mí…”. Entonces comprendí porqué todos los del campamento andaban barbudos. “…no niego es muy cierto que pequeño siempre fui, para lo grande que tu siempre fuiste para mí…”. Porqué lo seguían como zombis. “… no quiero ver que mi vida se fue y tú haciéndome falta…”. Pues el Buki les lavaba el coco. “…fuimos cayendo, poco a poco, en la rutina cruel…”.

Todos los días, me llevaban a una capillita, donde el Buki tiraba netas sobre el futuro, sobre el amor y sobre los hombres. Sus súbditos, aplaudían y lloraban con sus palabras. Una cosa de miedo y risa, como de malviaje.

Decidí escapar. Si de todos modos iba a morir, no sería en aquella iglesia Bukista, cuya sacerdotisa era la piruja de mi ex mujer.

Una mañana, a gritos juré fidelidad al único y omnipresente gran B. Los guardias corrieron a ver al machetudo, quien con lágrimas de quinceañera, abrió la celda y me abrazó. Bienvenido hermano, dijo. En un movimiento rápido, lo tomé por el cuello y le di un codazo. Los custodios no esperaban una reacción de ese tipo. Antes de que tomaran sus armas, ya les había tasajeado los brazos con el machete.

Comencé a correr, primero por el campamento hasta salir al monte. Antes moché una pierna, dos cuellos y una clavícula de algunos bukizombis. Corrí sin ver atrás, a pesar del griterío que se oía y a pesar de unos cuantos balazos. Corrí con el machete por donde pude. Corrí día y noche hasta que el machete desapareció de mi mano. Corrí hasta que ya no pude más y me oculté en esta cueva, donde he pasado no sé cuánto tiempo.

A veces creo oír la voz de Tito, los gritos de los bukistas, el murmullo de una autopista, una ambulancia o un avión. Y me invade el miedo. Porque sé que muy pronto me encontrarán y quizá me sacrifiquen en honor al pinche gran B y a la zorra de mi ex. Tal vez me rebanen al ritmo de una de sus canciones.

Por eso he escrito toda esta historia en las paredes de la cueva con la crayola de Stogahebaus que, viéndola bien, parece un dedo de Tito.

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