Respiro muy hondo y aguanto la respiración. Debo agacharme a atarme las agujetas. Lo consigo con mucho trabajo. Aunque es algo demasiado cotidiano, para mí es una tarea igual de difícil al de un astronauta que sale al espacio sideral a reparar la bahía de carga de un transbordador.

De un tiempo para acá, mi abdomen ha crecido bastante. Casi a la par que mi aversión por el deporte.

Nunca fui eficiente en ninguna actividad física. En mi traqueteada existencia he practicado tae kwan do, futbol soccer, futbol americano, basquetbol y por supuesto, levantamiento de tarro. Quizá sea en este último en el que me he desempeñado mejor. Sin embargo, en ninguno se me extraña. De ninguno fui joven promesa ni estrella consolidada.

Esta alergia deportiva me ha alejado del tópico de la sudoración y la gloria del triunfo. Aunque sin esa alergia, creo que también habría huido de cualquier cancha. No es lo mío. No está en mis genes.

Disfruto como no tienen idea, mi hamaca, mi baraja y mis cigarros. Puedo pasar horas en ese cómodo columpio practicando trucos con mis cartas españolas. Me fascina encender cigarros y luego lanzar volutas de humo al aire. En mi casa ya lo saben, he declarado la hamaca como territorio autónomo. Libre de molestias, de leyes de cualquier tipo y por supuesto, de invasiones extranjeras.

Por eso me purga que a media siesta vespertina toquen a mi puerta para ofrecerme cazuelas irrompibles, guitarras de Paracho hechas en China y tamales de elote transgénico. Antes salía a ver quién era el responsable de tan urgente llamado a mi casa, pensando en un aviso importante, y al darme cuenta que eran vendedores les cerraba la puerta en sus pestañas. Ahora es distinto, no le abro la puerta ni aunque llegara Conaculta a ofrecerme una beca para estudiar la calidad de la mota en Uruguay.

Luego de varios años de inactividad, las consecuencias llegaron, como vendedores a la puerta de mi casa: indeseables y molestas. Hace poco, el médico me tuvo noticias: debo caminar, mínimo, 40 minutos al día. Debo hacerlo ahora para alejar a doña diabetes y a don infarto, cuyas visitas a cualquier casa casi siempre terminan en funeral. Y yo amo mucho a mi hamaca, pero amo todavía más ese rosario de congojas que llamamos vida.

Así, contra todo pronóstico (pues nadie me ha visto pisar cancha alguna), con tenis y ropa deportiva (lo cual me daba un aspecto de botarga mal fajada) salí de mi casa con ganas de correr el ultramaratón. Me sentía fuerte. Capaz de arreglar mi salud en dos días. La noticia de mis males había picado mi orgullo y me sentía preparado para correr como el mismísimo Abebe Bikila. Me sentía tan veloz como Usain Bolt y con el aguante de un tarahumara. Pero la realidad fue otra: menos de 300 metros en la pista de la Unidad Deportiva bastaron para poner mis ínfulas olímpicas en su lugar: con la lengua llegándome al pecho y las piernas temblorosas, me tomé mi primer descanso.

Seseaba como cuche correteado. El sudor se me metía en los ojos y en la boca. La respiración se tornó difícil, jalaba aire con la misma fuerza con la que el buzo sale a la superficie, luego de 2 minutos bajo el agua sacando ostiones.

Como se imaginarán, incapaz de superar los 800 metros, salí de la Unidad. Mi primer día en la pista había terminado. Cansado y sin ilusiones, pero igual de gordo que siempre, volví a mi casa en taxi y me trepé a la hamaca.

En su libro De qué hablo cuando hablo de correr, el japonés Haruki Murakami afirma que “el deporte, practicado desde el placer, puede ser fuente de inspiración para tomar decisiones cotidianas o incluso para contestarse las grandes preguntas de la vida. Al fin y al cabo, correr, como leer o escribir, es una oportunidad para estar solo un buen rato”.

No estoy de acuerdo con Murakami, no porque se equivoque, sino porque el que está mal quizá sea yo: el deporte no me da placer. Al practicarlo, no me invade ninguna gloria, ningún espíritu y menos aún, inspiración alguna. Simplemente sólo me da molestias: me cansa, me hace sudar. Agota mi mente, y en la baraja y el tabaco, la mente debe estar siempre en su punto.

Al segundo día, adolorido y humillado, volví a la Unidad Deportiva dispuesto a vencer hasta al runaholic más calado. Había leído que antes de correr hay que calentar 10 minutos. Así que decidí seguir con las reglas. Primero caminé, cual señora, por toda la pista. Alzaba y bajaba los brazos. Pero después de la primera vuelta observé que algunas señoras caminaban más rápido que yo. Aquello era intolerable. Decidí salvar mi honor. Aceleré el paso. Mi obsesión por no dejarme ganar por unas señoras de anchas caderas y tenis Step Gym me impedía ver a los corredores con cierta práctica. Si yo no los vi, ellos menos. Tal vez me rebasaron con la misma satisfacción que les daría rebasar a un refrigerador.

Total que allí iba. A la zaga de aquellas señoras. Cuando el dolor en mis pantorrillas comenzó a agudizarse. Mis pulmones se llenaban cada vez de menos aire. Las señoras me fueron dejando atrás. Cuando sentí que me llevaban un buen trecho, decidí correr, pero mis pies se fueron haciendo más y más pesados. 20 segundos después detuve mi loca carrera. Sentía que me asfixiaba. Ahí me quedé hasta que me tranquilicé. Entonces recordé de una frase de Kilian Jornet en su libro Correr o morir: “No es más feliz quien llega primero, sino quien disfruta más de una carrera”. No dudo que las señoras hayan disfrutado la carrera, aunque sospecho que siquiera se percataron del estupendo contrincante que fui. De nueva cuenta volví a casa y me trepé a la hamaca. Pero ahora, además de ninguneado, también iba con una lesión.

Decidí que el tercer día tendría que ser el definitivo: o me consolidaba como corredor novato o de plano volvía a la baraja. Sin embargo, recordé los resultados de mis análisis: colesterol alto, triglicéridos altos, glucosa alta. También me acordé de las cifras sobre obesidad en México: Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en su último informe The State of Food and Agriculture 2013, somos el país con más gordos en el mundo. Un 70% de la población mexicana padecemos sobrepeso y un 32%, obesidad. 4 millones de niños en el país son anchos como yo. La esperanza de vida se reduce 15 años entre los gorditos. Y entonces me entró un miedo inmenso.

En su libro Nacido para correr, Christopher MacDougall sentencia: “correr reúne nuestros dos impulsos más primarios: el miedo y el placer”. De modo que al tercer día, impulsado por un miedal de antología, salí a la Unidad Deportiva a jugarme el todo por el todo. Mi salud estaba de por medio.

Llegué a la pista de tartán con el ímpetu de un gladiador. Caminé durante 10 minutos. No me cansé. Por el contrario, a cada paso mi energía parecía que aumentaba. Entonces empecé a trotar y en unos minutos, me sentí capaz de acelerar. Apreté el paso. Me sentía un guepardo. Sentía el aire que chocaba contra mis orejas. La sensación, he de reconocerlo, era placentera. Pero de pronto, un objeto me hizo perder el equilibrio y azoté cual gordo soy, no sin antes dar dos vueltas sobre el afamado tartán. Más que mis rodillas peladas y sangrantes, me dolió la vergüenza de que todos los demás me vieran caer como costal de jícamas.

Decidí huir de esos lugares llenos de sudor y gloria. Iría a mi casa a treparme en mi hamaca, sacar mi baraja y fumar como chacuaco. Esperaría mi destino sin miedo y con gordura digna. Sin embargo, antes de cruzar la salida, con la rodilla brillante de sangre y el orgullo abollado, juré regresar, como Terminator.

 

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