Por Alejandro González Castillo

Son viejos románticos. Porque estrellan caguamones al son de “Ace of spades” y practican air guitar como los ancestros mostraron debía hacerse en casos como éste. Porque creen y aman ciegamente. Se hallan hacinados en un minúsculo antrillo de Viaducto, agitando las cabezas a un volumen insano, oyendo a Mötorhead mientras en el televisor del sitio un concierto de AC/DC tiene lugar. Cruzando la avenida, miles andan las rutas lodosas que ayer forjaron a punta de slam las botas de hartos matudos barbones, pero parece que la prisa jamás llegará a este lado de la calle. Todo indica que poco importa que decenas de músicos estén a unos pasos, sobre diversos escenarios repartiendo watts. Está claro acá que para que el metal se diluya en el torrente sanguíneo, tal como el amor inunda arterías al primer beso, basta con que los decibeles alcancen números peligrosos.

El Hell & Heaven tiene mala reputación. Por desorganizado. Por malhechote, cuentan. Por mexicano, vaya. Y justamente por todo aquello es exitoso. Aunque claro, también jala banda recio porque sólo éste se atreve a juntar a los salvajes de Mastodon, Refused, Gwar, L7, Kadavar y Bad Religion con dóciles encantadores como Ozzy Osbourne, Scorpions, Marilyn Manson, Brujeria y The Darkness. Ser honestos es importante: tal como sucede con la cabellera de Zakk Wylde, el viento hace lo que quiere con el sonido que de las bocinas escapa en la cuarta curva del autódromo. Los organizadores del festival están seguros de que todos los artilleros padecen tinnitus agudo. Además, hace frío, hay tumulto y canas por doquier. Afilando la mira, las arrugas de Dave Mustaine pueden apreciarse en las pantallas, así como las huellas de la edad en el coco de Rob Halford. A los ojos de los rapases, pareciera que la decrepitud impera. Pero habría que mirar con más hondura.

Bajo los múltiples escenarios, con cerveza en mano se pasean complacidas barrigas y decolorados tatuajes. Se reparten codazos y abrazos, brindis y toques. La vieja guardia está de fiesta, pero, aunque ésta domina el panorama, una gruesa cantidad de menores de treinta repite los modos y fachas de la chavorruquiza. Tras esconder pomos y mota en los filtros correspondientes, generaciones conviven jocundas. Adolescentes, tíos y abuelos tensan cuellos bajo la guía del riff de “Black night” y uno que otro niño hace lo propio mientras se prende con cocacola. Las hordas metaleras -otrora celosas, francamente mamonas con los ajenos- de pronto abren sus brazos a todo aquel que quiera adherirse; un fenómeno que en los terregales del reguetón, por ejemplo, ámpulas alzaría. Los palos verticales de las dos haches que sobre los escenarios se empotraron apuntan al cielo nublado; a sus lados, lánguidos gargajos de fuego se escupen: el imaginario es hostil en apariencia. La realidad: el sentimiento que en el aire repta es unificador. Manso como el silbido de “Wind of change”.

Son dos días de cuero y acero. De flying v´s y sg´s. De bombos dobles y amplificadores. De todo eso que parece arcano, inútil en la era del flow y el swag. Y en ese antro de Viaducto, lejos de las cervezas de menos de medio litro que tras los torniquetes se venden, suena “Ace of spades” a todo mecate. Se goza cabrón en ese paréntesis citadino donde la prisa no tiene acceso. Todo pasa justo cuando la noche del sábado cae y un grupo de parroquianos se levanta para abrazarse, creando un círculo que brinca y canta como si al otro día un meteorito fuera a estrellarse en la capital azteca. Son headbangers de cepa. Metaleros a muerte. Todos esos y todas esas. Con las arterias taponeadas con mercurio ardiente. Y sí, son viejos. Y también irremediablemente románticos.

The Darkness

Mastodon

L7

Fotos: Arturo Lara para Revista Marvin

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