Los niños no trasnochan ni beben café, es una máxima que llevan las madres a rajatabla, temerosas de que sus vástagos aprendan demasiado pronto lo que la vida ofrece. La primera droga que pueden adquirir con sus cincuenta pesetas semanales, el primer territorio en el que van a buscar refugio cuando comiencen a disfrutar cometiendo actos ilegales, la noche en la que se difuminan los contornos de lo correcto.

Así que la primera infancia termina un día en el que se ven pasar por el Casio digital de correa de plástico la una y las dos de la mañana, y a la mañana siguiente se vislumbra en el fondo de la taza el negro de la cafeína, mucho más negro que el cola cao que nunca se vuelve a tomar hasta que la publicidad y la nostalgia lo recuperan para las vías aéreas décadas después. En mi caso, en aquella primera noche, hace veinticinco años justos, Policarpo Díaz aguantó los doce asaltos en Norfolk, Virginia, al campeón mundial del peso ligero, Pernell Whitaker. Estuvo rondando el centro todo el combate, y mientras las piernas aguantaron bailó mucho más que Sweet Pea. Fue la estrella fugaz bajo aquella parafernalia extranjera, bajo aquella imitación roñosa de lo que Rocky nos había enseñado antes en pantalla grande. Porque la nuestra de esa noche era pequeña, un televisor Elbe que nos había acompañado en una reciente mudanza, que observábamos desde un sofá hecho trizas con la única ayuda de una bombilla de sesenta vatios que iluminaba a duras penas el cuarto de estar.

Podría haber sido una gran lección de vida aquella. Un español bajito, sobrado de sangre y corajudo, tendría para eso que haber derribado al brillante extranjero de piel dura, supongo. Si lo hubiera hecho quizá se hubiera quedado grabado en mis meninges que la gloria se puede rozar desde un suburbio de Madrid, que hay un camino casi directo de aquí a las estrellas y que cualquiera puede tomarlo. Esa hubiera sido la lección que hubiera podido repetir al despuntar el alba, con la adrenalina del combate todavía regando mis terminaciones nerviosas y las ojeras mojando el café con leche. Al contrario, perdió Poli y a la mañana siguiente solamente quedaba el consuelo de que había aguantado en pie los doce asaltos.

No he llegado a comprender hasta hoy que de eso se trataba todo. De levantarse, de aguantar sin besar la lona, de irse a casa con la cabeza alta.

Y de aprender del café, siempre.

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