Soy vago. Me gusta caminar solo y, algunas veces, sin sentido. En ocasiones coincide lo que quiero en ese momento y lo que me sale al encuentro. André Breton llamaba “azar objetivo” a este acontecimiento fortuito.

La acción de vagar se ha diversificado desde el surrealismo hasta el presente. Hoy navegamos en Internet y pasamos de un canal televisivo a otro. Vagar no significa, necesariamente, caminar. Podemos ser un flaneur sin salir de nuestra habitación. 

Algunas veces se combina el desplazamiento del cuerpo en un lugar específico con el tránsito intelectual entre archivos digitales.

Me gusta imaginar que siempre estoy vagando y que una parte de mí, a través de mis textos, fluye libremente en el ciberespacio al encuentro de alguien que también busca algo pero que no sabe a ciencia cierta qué es aquello que busca.

Hace tres semanas fui a ver “Río”, una instalación del artista mexicano Gustavo Artigas en el Museo del Chopo, en la Ciudad de México. Yo conocía sus obras vinculadas con la noción de riesgo y de juego pero esta nueva obra trata de la fiesta y de la pintura. Desde que salí del museo mi pensamiento anduvo vagando sin sentido por algunas semanas. No sabía cómo abordar esta pieza para escribir el texto que ahora tienes frente a ti.

Hace un par de días hice un viaje largo en autobús y busqué en los archivos de mi tableta un nuevo texto para leer. Fue entonces que me encontré con el artista ruso Ilya Kabakov y su libro Sobre la instalación total, el cual puede ser descargado de manera gratuita aquí.

En las primeras páginas pude leer lo siguiente: “Para mí, este es un periodo crucial y nuevo en la historia, igual que aquellos tres ‘grandes’ periodos que se sucedieron en el arte europeo, que surgieron y se desarrollaron de manera lógica uno a partir de otro. Son el icono, el fresco y la pintura. En esta honorable sucesión se sitúa la instalación, y creo y siento que tomará su lugar, remplazando poco a poco a la pintura, incluyendo a la pintura en sí misma” (p. 13).

Fue entonces, a bordo del autobús, que vino a mi mente la imagen de la exposición de Gustavo Artigas, la cual es un gran dispositivo que utiliza varios recursos, entre ellos la pintura. Al entrar a la galería se pueden observar en la penumbra, uno frente a otro, dos pequeños vitrales circulares que me remitieron a la forma esférica de la luna. Enfrente había luz y sonido, como cuando uno se acerca en la noche hacia un antro. Al atravesar un pequeño pasillo oscuro me encontré con la imagen simultánea de tres proyectores que presentaban distintas vistas de una fiesta. Los invitados se organizaban para bailar alineados y caminar alrededor del salón de fiestas entre las mesas y las sillas. Tomé un par de audífonos colgados de la pared y escuché que la música que bailaban era samba, la clásica pieza que tocaban en cada fiesta hace unas décadas, esa que dice “Charlie Broown, Charlie Broown”.

Me quité los audífonos y reconocí que en el cuarto siguiente había música más contemporánea, caminé hacia allí y vi un conjunto de cuadrados luminosos en el piso; era una pista de baile. En las paredes y arriba de la pista, colgando del techo, se podían observar una serie de pinturas abstractas con formas planas y libres. Cada que cambiaba el color de las luces del piso, los colores de las pinturas cambiaban también. El color luz y el color pigmento interactuaban y bailaban al ritmo de la música.
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El texto de introducción a la muestra señalaba que la obra de Artigas trata de una reflexión crítica sobre el texto Fenomenología del relajo, de Jorge Portilla, en donde se argumenta que el relajo conlleva hacia una falta de compromiso y a la individualidad. No he leído este libro, por lo que no puedo argumentar nada al respecto, sin embargo he leído a otros autores que hablan sobre la fiesta.

En la fiesta existe libertad pero también compromiso, hay reglas estipuladas que uno debe seguir para no ser un aguafiestas. En los espacios destinados a la recreación lúdica existen signos que indican el tipo de actividad que deben ejecutar las personas en cada lugar del salón de fiestas, lo que permite llevar la celebración  en paz. La iluminación de la pista de baile señala el lugar específico para danzar. Uno no baila entre las mesas y mucho menos se sube en ellas. A menos que uno sea una mujer u hombre joven y con un cuerpo espectacular, esta acción es vista como un acto vulgar y de mal gusto. Tampoco es adecuado terminar a golpes en la pista de baile.

Ir a bailar a un centro nocturno es un acto colectivo en donde existe un compromiso con los demás, al menos con nuestra pareja mientras bailamos una pieza. Esto quiere decir que existen acuerdos sin necesidad de cruzar palabras.

El arte también es colectivo, siempre implica la co-participación del autor y del espectador. Ir a una exposición de arte es como ir a una fiesta.

Dice Ilia Kabakov: “Con esta metáfora, me gustaría decir que la “pintura”, sin perder nada de su independencia (aunque, claro, si hablamos con más precisión, pierde su independencia), continúa viviendo en la instalación, y adquiere ahí un nuevo sentido” (p. 18). Me hubiese gustado asistir a la inauguración de “Río” para ver la pista llena de gente bailando al ritmo del color.

En la sociedad actual hacen falta más fiestas y menos aguafiestas. El sentido de la fiesta es convivir.

Imágenes obtenidas en edify.mx

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