Il maestro: Giovanni Sartori, diffidate degli imitatori

El maestro tenga cuidado de los imitadores

 

En una de sus innumerables entrevistas, el profesor Giovanni Sartori fue cuestionado severamente debido a sus argumentos altaneros, irónicos y hasta arrogantes con los cuales se refería a la clase política italiana. Él contestó satíricamente argumentando que había “ciertos personajes que son pigmeos y era inevitable no mirarles desde arriba”. Respuesta muy propia a su carácter e intelecto. El lucido académico, considerado uno de los intelectuales más importantes de la ciencia política de nuestro tiempo, quizá sólo a la altura está su compatriota Norberto Bobbio y Robert Dahl. Autor de importantes ensayos que son referentes obligados en el análisis de las democracias, los sistemas de partidos políticos y su compromiso con las garantías y las libertades de la sociedad abierta, Sartori murió hace poco más de un mes y por ello, en esta nota se busca dar cuenta brevemente de su gran legado.

Giovanni Sartori nació el 13 de mayo de 1924 en Florencia, la nobleza de la formación escolar le permitió desde niño estudiar y entender con facilidad el latín y el griego. Además de conocer a fondo a los clásicos de la filosofía y la lógica. Entre muchas de las experiencias que marcaron su vida, experimentó el fascismo y la fragilidad de la democracia italiana de ese tiempo. Se licenció en Ciencias Sociales por la universidad de su ciudad natal en 1946 y en la década de los cincuenta consiguió los doctorados en Historia de la Filosofía y Teoría del Estado.

El papel del teórico es “observar bien la política, con toda la honradez posible, y hacerla entender a los ciudadanos”, repetía constantemente Sartori, quien aportó brillo y claridad para explicar el contexto social del sistema político italiano, casi siempre con un gran sentido de ironía, salpicado de una gran carga académica y científica, lo que le llevó a pasearse con elegancia en un terreno por excelencia áspero y lleno de baches.

Sartori conocía la fuerza y potencia de su conocimiento, sólo esperaba el momento preciso para atacar con eficacia el “analfabetismo politológico”. Por ende  fue un severo crítico de la clase política que ostentaba el poder en Italia, sobre todo en los últimos 25 años, no en balde forjó los términos “Porcellum” (marranada) para definir las deficientes leyes electorales italianas. Empero, una de sus obsesiones fue la crítica constante hacía Silvio Berlusconi, a quien le dedicó el libro “El Sultanato”, obra que versa sobre una serie de sus artículos periodísticos. Aunque también su crítica se enfocó en el adversario político de Berlusconi, Matteo Renzi, de quien siempre denotó su “falta absoluta de vergüenza”.

En su labor académica, al incorporarse a la cátedra de la Universidad de Florencia, en donde llegó a ser profesor emérito, Sartori tuvo la gran responsabilidad de refundar la ciencia política, contando siempre con el apoyo de Norberto Bobbio y de Gianfranco Miglio. Posteriormente, por su magnífico trabajo en Florencia, recibió ofertas de universidades prestigiosas como Oxford.

En 1971 fue fundador y director de la Revista Italiana de Ciencia Política. Además, desde 1969 ya era colaborador asiduo del diario “Il Corriere della Sera” hasta sus últimos días, en donde disfrutó plenamente realizar sus editoriales.

En 1976 decide irse a trabajar a Standford por tres años y después se convierte en titular de la cátedra de Humanidades Albert Schweitzer en la Universidad de Columbia de Estados Unidos.

Ya de vuelta en Italia, se convirtió en invitado recurrente de las tertulias televisivas debido a la claridad y lucidez analítica de sus opiniones llenas de sarcasmo e imaginación. Era duro con todos, pues no sólo criticaba a los comunistas sino que también incomodaba a los democristianos. Su pugna con la clase política se basaba en que los cargos públicos debían estar separados de los negocios privados.

El maestro Sartori es uno de los grandes referentes de la ciencia política contemporánea. Su mayor preocupación fue describir y analizar los sistemas democráticos occidentales. Al leerlo, quizá de forma no tan escrupulosa, se puede percibir como enfatizaba disponer de todo el conocimiento práctico y aplicado, que permitiera al investigador diseñar acciones que buscaran mejorar la vida social. En este sentido, se puede advertir que su trabajo académico se decantó por tres vertientes: el método de las ciencias sociales, la teoría de la democracia y las instituciones, partidos y estructuras políticas.

Hasta sus últimos días mantuvo una intensa actividad académica e intelectual. Entre sus obras de referencia se cuentan una veintena de libros que han sido traducidos a más de 30 idiomas entre estos volúmenes hay algunos que pueden considerarse, sin exageración, indispensables.

Pongamos por primer caso, la obra “Partidos y Sistemas de Partidos” (1976) cuya segunda parte nunca veremos terminada. Hay un antes y un después en esta obra. Lanzó a Sartori a otros niveles. Se considera un texto clásico que ningún estudioso de los sistemas políticos se puede permitir ignorar.

Sartori tuvo la gran responsabilidad de reinventar la ciencia política desde la casa de Maquiavelo. Así que desde temprano se dedicó a limpiar el vocabulario conceptual que se empleaba. Su finalidad buscó darle una identidad diferenciada, por un lado, de la filosofía política, y por otro, de la acción e ideología de la práctica política. Era necesario que la  ciencia política se emancipara para dedicarse a estudiar con todo rigor académico los hechos reales. Despreciaba severamente la ciencia política llena de fórmulas y cargada de pretensiones cuantitativas, pues lamentaba que los politólogos habían aprendido a sumar para olvidarse de pensar los hechos sociales. Por lo cual formuló una ciencia política basada en un lenguaje preciso y un método riguroso, en donde la política, método y lógica de las ciencias sociales eran referentes irrefutables del debate actual. Este objetivo en gran medida se consigue con “La Ciencia Política, Lógica y Método en las Ciencias Sociales” (1979).

Otro de sus grandes trabajos fue “¿Qué es la democracia?” (1997). Al acercarnos a este texto inmediatamente se advierte un ataque frontal a los denominados populismos actuales. Para Sartori sólo hay una democracia que siempre defendió, la liberal y representativa.

La teoría de la democracia de Sartori se asienta en equilibrios y compensaciones de debate tales como: debates contemporáneos-problemas clásicos, realismo-idealismo, valores‑hechos, democracia horizontal‑democracia vertical, poder‑libertad, gobernabilidad‑control del poder, gobierno del pueblo‑gobierno sobre el pueblo. En este antagonismo, la democracia se fundamenta en la yuxtaposición de diversos planos que equilibran el sistema.

De esta forma, la democracia liberal que propone Sartori articula procesos políticos ascendentes y descendentes. La base se conforma por una plataforma horizontal: la opinión pública y las elecciones. Ahí, el poder de la ciudadanía descansa en la decisión electoral y en la fuerza de las opiniones colectivas. De esta forma, las elecciones son procesos de selección que tienen una función valorativa. Es decir, el voto no es el espejo del pueblo, sino que veía en el voto ese instante de la igualdad, un mecanismo que permitía seleccionar a los mejores, reclutar a los más competentes, premiar a los más talentosos. Creía que la democracia no podía ser el imperio del número. Por ende, la representación política no debía convertir las asambleas o al parlamento en un reflejo directo de la diversidad, sino también una palanca de la decisión.

Un gobierno democrático, además de democrático debe ser gobierno. El maestro Sartori reescribió muchas veces el mismo libro sobre la democracia. Lo extendió y lo resumió. Pero hay un mensaje claro: la democracia es un régimen y es, al mismo tiempo, la crítica de ese régimen. Es el régimen de la inconformidad: la democracia no es nunca lo que debe ser.

Uno de los trabajos más importantes de esta última etapa académica fue “Homo videns: la sociedad teledirigida” (1998). Aquí se manifiesta su animadversión contra la televisión, al señalar que la pantalla chica estaba transformando al ser humano, al grado de poner en riesgo su capacidad para ejercer la ciudadanía. Las personas ya eran incapaces de pensar su única reacción era ante las imágenes. Sin reflexión no hay ciudadanía. Sin ciudadanía no hay democracia.

Por este texto, se convirtió en uno de los referentes del mundo de la comunicación. Pues los medios masivos, la información sobre lo público y la confusión generada por la televisión formaron parte de su cuerpo teórico. Para Sartori, no sólo la educación o la política han sido alteradas por la presencia de la televisión, sino también la manera en que las personas se relacionan entre ellos y con el mundo. La formación de conceptos se ve sustituida por la pasiva percepción de imágenes.

En los últimos años, las reflexiones de Sartori se dirigieron hacia el ámbito de la migración y la necesidad de que las instituciones democráticas gestionen sociedades cada vez más populosas y más heterogéneas. De ahí sus trabajos “La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y extranjeros” (2001) y  “La carrera hacia ninguna parte. Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro” (2015).

Entre las numerosas distinciones que recibió por su carrera profesional, se encuentran el prestigioso premio a toda su carrera de la International Political Science Association en 2009. Pero Sartori estaba muy orgulloso de haber recibido el Premio Príncipe de Asturias a las Ciencias Sociales en 2005, aquí su discurso íntegro.

“En mi ya larga vida de estudioso he sido muy extravagante, he enseñado asignaturas muy distintas y me he ocupado de todo un poco, de asuntos muy variados. Y es que soy un animal curioso. Pero en mi extravagancia la democracia, la teoría de la democracia, ha sido un hilo conductor constante. En esta solemne ocasión me siento obligado, por eso, a volver a este antiguo y nunca adormecido amor.

Desde la Segunda Guerra Mundial en adelante la democracia, la liberal-democracia, ha estado en expansión; y la caída del régimen soviético y de su ideología le ha abierto nuevos espacios de conquista. Pero, mientras que la economía se ha hecho verdaderamente global (en el sentido de que la economía de mercado ha desbaratado realmente la planificación económica colectivista de tipo soviético), los sistemas políticos permanecen divididos, en el mundo, entre democracias y no democracias. Y esta constatación abre el interrogante sobre la exportabilidad de la democracia (en qué medida y en qué condiciones). Está claro que este interrogante presupone que la democracia nace desde y en la civilización occidental, y que las denominadas “democracias de los otros” son imaginarias (tal y como era imaginaria y estafadora la noción de democracia comunista). Dicho esto, en lo que se refiere a la exportabilidad-difusión de la democracia existen (estoy simplificando, está claro) dos teorías básicas.

La primera teoría es economicista: y es que la democracia se ve obstaculizada por la pobreza y está relacionada con el bienestar. Históricamente no ha sido así: la liberal-democracia como demo-protección, o sea, como sistema de libertad y de protección constitucional, nació en sociedades pobrísimas; y el liberalismo instituye el Estado limitado, el control del poder y la libertad desde (desde el Estado); nada más y sólo esto. Pero hoy ya no es así. Hoy a la demo-protección se añade un demo-poder que exige demo-distribuciones (de riqueza). Y en este contexto la tesis de los economistas llega a ser que, si produces riqueza, al final produces democracia. La tesis de los sociólogos es más prudente. En la versión clásica de S. M. Lipset, “cuanto más próspero es un país, es más probable que sostenga la democracia”. Sí, es verdad. O sea, es verdad que el bienestar facilita la democracia. La duda, actualmente, es si el bienestar continuará creciendo, y si la guerra a la pobreza (en el mundo) podrá ser vencida.

Personalmente lo dudo. En menos de un siglo la población mundial se ha triplicado. Hoy somos más de seis mil millones, y continuamos aumentando en 70 millones al año: todos en países pobres, y probablemente destinados a seguir siéndolo. De lo cual me limito a deducir, aquí, que la teoría economicista no nos debe hacer olvidar que la democracia como sistema político de demo-protección es un bien en sí mismo, y que es siempre mejor ser pobres “libres”, en libertad, que no pobres en esclavitud.

La segunda teoría es cultural y de “visiones del mundo”. Si es verdad -como lo es- que la democracia liberal nace del seno de la cultura occidental y en función de su laicización, entonces tenemos que esperar que, de vuelta por el mundo, se encuentre con resistencias, incluso reacciones de rechazo, culturales. Sí y no. La democracia se ha exportado al Japón por la fuerza de las armas, pero después ha arraigado. En India la democracia es una herencia inglesa, pero ha sido plenamente adoptada. Así pues, se dan casos de exportaciones culturalmente improbables que sin embargo han sido un éxito. Existe, sin embargo, una segunda cara de la moneda: la de la importación (inmigración) a Occidente de culturas alógenas. Aquí el problema es de integración y la pregunta es si los asiáticos, indios, africanos, árabes se integran o no, aceptan o no las instituciones democráticas de los países en los cuales se casan. También a este propósito se puede responder que a veces sí y a veces no. Pero para ser más precisos hay que puntualizar qué se entiende por integración. Para empezar integración no es asimilación. Los indios, japoneses, chinos, trasplantados a Occidente mantienen su identidad cultural (y en este sentido no se dejan asimilar), y sin embargo se han integrado en la ciudad democrática y se han hecho buenos ciudadanos de ella. Y en este resultado no hay ninguna contradicción. Porque la integración necesaria y suficiente es solamente la adhesión a los principios ético-políticos de la democracia como sistema político. Nada más, pero tampoco nada menos.

Entonces, ¿cuál es el elemento, el factor, que hace rígida, casi impermeable, una identidad cultural? A mí me parece indudable que es el factor religioso, y más concretamente el monoteísmo, la fe en un Dios único que por eso mismo es el único Dios verdadero. Este monoteísmo puede ser neutralizado y detenido -como sistema de dominio teocrático- por la rebelión de una sociedad laica que separa la religión de la política. Esta separación ocurrió en el mundo cristiano desde el 1600 en adelante. Pero no ha pasado en el islam, que era y sigue siendo culturalmente un sistema teocrático que todo lo abarca (de todo mezclado junto).

Así pues, ¿voluntad del pueblo o voluntad de Dios? Mientras prevalece la voluntad de Dios, la democracia no penetra, ni en términos de exportación (territorial) ni en términos de interiorización (donde quiera que el creyente se encuentre). Y el dilema entre voluntad del pueblo y voluntad de Dios es y seguirá siendo -por robarle un título a Ortega y Gasset- el tema de nuestro tiempo. “Siempre es mejor ser pobres ‘libres’, en libertad, que no pobres en esclavitud”

Majestad, Alteza, he terminado. Pero no puedo acabar sin decir (aunque está claro sin decirlo) lo honrado y profundamente conmovido que me siento por el premio que me ha sido otorgado. Gracias, gracias de corazón.

Cuando se nos va un grande, perdemos a alguien que nos enseñó a pensar. Con Sartori esa pérdida se aplica a un personaje que con sarcasmos e ironía supo divertirnos. El mejor homenaje que podemos hacerle es leer su obra.

 

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