Al término de nuestro errar, aquí, en esta promesa, está el lugar.

Yves Bonnefoy, El territorio interior.

I

Desde la lectura de Bonnefoy, me obsesiona la idea de un Territorio interior. En un ensayo de este mismo título, el poeta vuelve la mirada hacia las geografías fijas en su pensamiento: el campo de Toirac, las rutas de viaje y la isla de Capraia─ donde el horizonte es tan bajo que parece ocultarse entre las raíces de los árboles─ Desde su hallazgo, Bonefoy habita esos paisajes en la misma medida en que ellos lo habitan a él.

¿Qué es ahora de esos sitios donde una luz de rara intensidad, era también más verdadera?─Geografía y arquitectura, me respondo─ Caducidad. Al paso del tiempo, coordenadas equívocas de lugares que fueron, borraduras en un mapa, ruinas de templos y casas de infancia. Pero siempre existe, o debiera existir, una manera de volver físicamente a esos espacios. Bonnefoy regresa a ellos en la contemplación de la pintura italiana del Renacimiento, pero no encuentra ahí la plenitud que lo une al territorio evocado. Inútil acudir a las representaciones, a las réplicas: el lugar a esas alturas, solo es en el espíritu; no en los sitios que responden a su nombre, ni en la fidelidad de las imágenes, no en las palabras, no. La descripción del Territorio interior, por minuciosa que sea, fracasa y obliga al silencio o a la resignación:el que intenta develarlo con palabras se sabe dueño del lugar, lo conoce bien, lo lleva dentro, pero nunca podrá conducir a nadie más hasta ahí. El territorio interior impone dos condiciones: su ser secreto, su soledad.

II

Nunca he estado en Francia o en Italia. No conozco las montañas, el río, ni los valles, no la huerta en la casa del abuelo, ni las calles en que transcurrió la vida verdadera del poeta. Reconozco un territorio interior en las fachadas sin brillo de mi ciudad, en el jardín de mi primera casa y en ciertos salones de escuela. El Territorio interior son construcciones, calles y casas tocadas por la plenitud de los instantes en que se está más vivo. Es también una serie de abandonos físicos, objetos que se dejan sin que nuestra emoción se aparte de ellos. Territorio interior: el vaso desechable en que se bebe despacio, deseando que el café no se acabe. De manera obsesiva se conservan remanentes, pruebas, rastros físicos del instante: ropa que no calza, postales y vasos de cartón, pero el País verdadero permanece a salvo del tiempo que tememos, erigido en otra parte.

III

Comparable al gozo de abrir la puerta que divide al salón de la terraza, comparable a abrir la ventana en un día de clima bueno, otro placer: el de cerrarlas. Hacer particular la vista, adueñarse del paisaje sencillo de la casa. La frontera entre ese territorio y el externo es una puerta que se cierra delicadamente, sin que la conciencia lo advierta. Imaginemos que dos, sentados a la misma hora en la terraza, descubren la trayectoria de un caracol sobre la mesa. Un pintor podría representar el instante, pero nunca llegar, en esencia, hasta él. La escena, tal cual, existe solo en la mirada de quien repara en la acción, sin poder dilucidar en donde ocurre el movimiento del caracol: dentro o fuera, en el mundo común o en el íntimo.

IV

Mi padre construyó para mí una casa, sobre un terreno de campo al sur de Chihuahua. No la habito. Viví en ella apenas un verano que no bastó para sentirla mía. Adecuada a mi necesidad, la casa es pequeña y blanca, la luz entra suficientemente en cualquier estación del año y no hace frío. Me pareció bella entonces, pero no con la intensidad con que me lo parece ahora. Al girar la perilla de la puerta por primera vez, el espacio me recibió como a un huésped, o quizá fui yo quien no reconoció la casa verdadera en esas imágenes domésticas. Dos meses después, me mudé pensando que nada de mí se quedaría en esa finca, salvo una cajita con bisutería, una muñeca de porcelana y algún maquillaje que no quise empacar. Era otoño cuando me fui y recuerdo que para no volver la vista hacia la casa, clavé la mirada sobre un peral joven al que no le auguré mucho tiempo en la vida. Un otoño después de tres años, volví a la casa y al entrar, las pocas cosas que dejé estaban limpias y en su sitio. No había polvo sobre el tocador, en los espejos, ni en los estuches de maquillaje; los cajones no guardaban olor a humedad y no encontré desgastados los vestidos que no llevé conmigo. Mi padre dijo: “No te fuiste” y ahí, donde él limpió cuidadosamente cada objeto para que el tiempo no pasara, le di la razón. El Territorio interior es un lugar del que nunca nos marchamos, sin ser por ello estático. Un tiempo distinto transcurre en él y lo transforma. Al salir, vi que en el peral ya colgaban maduros los primeros frutos.

V

No soy reseñista ni crítica en esta página web. Intento acaso, un diario de viaje, un registro de experiencias que, si bien pudo surgir de la relación con otra cosa, esta vez se desprende del libro de Bonnefoy. El Territorio interior, en tanto objeto, es para mí algo distinto de sí mismo; una encrucijada, el mapa del País verdadero que conoció el poeta, pero también el acceso a otro: el mío. A partir de su lectura imagino el intento en vano de recobrar la huella de una pisada en la nieve y el intento, también en vano, de recuperar cualquier otra, por ejemplo, esta leve, sobre un banco de arena.

9788415601630

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