Por Erika Rosete

Esperó durante horas sentado en una mesa del café “San Rafael” en Montevideo. Desde su mesa podía ver la barra, la cocina, a los meseros moverse como bailarines en una gran pista de baile, con platos modestos y gestos amables.

Entonces ya había leído la historia desgarradora de amor entre Laura de Avellaneda y Martín Santomé. Confesó que era la primera vez que alguien lo hacía llorar, alguien a quien ni siquiera conocía. Pero eso terminaría en cuestión de horas, justo cuando sintiera desfallecer la esperanza de encontrarse con Mario Benedetti y, de tener suerte, cruzar un par de palabras con él.

Habían sido, quizá, los doce días más maravillosos de su vida, pero entonces él no lo sabía. Estaba en ese pueblito convertido en país, en “el corazón del mundo” como muchos años después se referiría a Uruguay, sentado en una barra de un café en otra ciudad, ya muy lejos de ahí.

Para Carlos Barrón el periodismo ha sido una hecatombe personal y al mismo tiempo un milagro inaudito. Se desempeñó como reportero de deportes desde los 18 años, cuando salió directo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM a la redacción de un periódico. En 2016 escribió “Tiempo de Compensación”, después de coleccionar varias de las historias que su trabajo diario le permitió atesorar. Y fueron muchas.

Considera que se inclinó hacia el periodismo narrativo, aunque fuera más castigado, sobre todo en un país como el nuestro, en el que algunos editores, la inmediatez y la nota diaria, recortan y limitan los deseos literarios de cierta especie de reporteros, actualmente en peligro de extinción.

Dice que el fútbol cuenta la historia del mundo. Está seguro de ello, y le molesta que la gente pida siempre triunfos y no se dé cuenta de que el juego es como la vida, no siempre se puede ganar, y no siempre hay orgasmos qué celebrar.

Recuerda la historia del jugador polaco Enrst Wilimowski, que pasó de ser un héroe en su país, entre otras cosas, por meterle cuatro goles a Brasil en Estrasburgo -en 1938- a convertirse en el peor villano polaco, cuando decidió cambiarse de nacionalidad y adoptar la alemana para evitar a los nazis en la Segunda Guerra Mundial y terminar portando la camiseta germana.

Barrón habla de la época que le toca vivir a cada generación de futbolistas y la manera en la que ello condiciona sus existencias. La política, por ejemplo, como uno de los factores determinantes para las grandes historias.

Hakan Şükür

Cuenta la tragedia de Hakan Şükür, uno de los mejores futbolistas en la historia de Turquía, que en el Corea Japón 2002, anotó el gol más rápido en la historia de las Copas del Mundo, hazaña que le valió la felicitación del entonces Primer Ministro del país, Recep Tayyip Erdogan. El mismo hombre que en 2015 sufriría un intento de Golpe de Estado y que por críticas a través de su cuenta de Twitter hacia su persona, expulsaría al astro delantero del país.

Hoy, Hakan Şükür, tiene una cafetería en Palo Alto, California, porque el gobierno de quien fuera su amigo años atrás, le ha impedido regresar a su país.

Y con cierta cercanía relata también aquella casi ficción que vivió la selección de Corea del Norte en Sudáfrica 2010, cuando el máximo líder del país los obligó a estar durante seis horas parados y en firmes frente al Palacio de la Cultura Popular de Pyongyang por haber quedado en último lugar.

¡En Corea del Norte no hay liga! Los tipos son amateurs, pero el líder sí salvó a uno que se puso a chillar en el himno. Un tipo que vive en Japón, que tiene iPad, iPhone, y que no metió un solo gol en el mundial, pero que se salvó porque se puso a llorar.

Cuando relata lo ocurrido, parece que Barrón ha presenciado la feroz reprimenda de aquel vergonzoso régimen. Se ríe, pero al mismo tiempo muestra el enojo contenido a la distancia de las ironías que hace la historia del hombre.

Dice Barrón que le gusta esto de contar las historias desde los ángulos que nadie espera leer, el “ángulo de los perdedores” y así lo hizo en su libro “Tiempo de Compensación” donde confesó haber logrado, entre muchas otras cosas, que Tomás Boy hablara, por primera y única vez, de su vida personal y de la historia que él mismo quiere borrar sobre la relación tan distante y violenta con su padre.

También logró trasladarnos hasta los orígenes del  ex futbolista chileno naturalizado mexicano, Rodrigo “El Pony” Ruiz, cuya historia familiar en un hogar donde ambos padres fueron sordomudos, le sirvió para narrar uno de los capítulos más bellos del libro, tal vez sea por la belleza del título “Los goles que no se gritaron”, o por la del testimonio de donde salió. Cuando Barrón cuenta haberle preguntado al “Pony” si le hubiera gustado que sus padres gritaran y escucharan uno de sus goles en un estadio repleto que le aplaudía solo a él.

“Pony” Ruiz

Barrón se permite una reflexión en medio de esta historia:

“Cada día matamos nuestros mejores impulsos si no recordamos el origen que nos ha dado la peculiaridad de nuestro carácter”.

Y sabe muy bien de lo que habla. Él mismo tiene encima una historia familiar que parece sacada de una ficción mexicana de los años cincuenta, con una maravillosa abuela cómplice que le relató al oído los secretos más profundos de su árbol genealógico tan solo unos días antes de morir.

El fútbol como refugio en medo del tiradero más grande de basura del Valle de México; el fútbol como una maldición de la que el Boca Juniors se pudo salvar gracias a la intervención de una bruja de Catemaco, pero de la que el Cruz Azul no  ha podido librarse.

Y desde la vida de aquellos que un día fueron grandes figuras, Carlos Barrón pasa a los grandes momentos que marcaron el destino de países enteros, de aficiones, de vidas truncadas; como el silencio sepulcral del Maracaná tras la derrota de Brasil ante Uruguay en el Mundial de 1950; o el teatro que le costó la carrera al ex portero de Chile, Roberto Rojas, con el llamado “Bengalazo” en 1989 cuando con una cuchilla pequeña oculta en su guante fingió haber sido alcanzado por una bengala que una cómplice lanzó desde las gradas, para lograr que su equipo avanzara.

Bengalazo

El fútbol como memoria colectiva de relatos que no nos casamos de contarnos, para recordarnos que la vida es un juego que es imprescindible pasar.

La tarde en que Carlos Barrón conoció a Mario Benedetti era la última que pasaría en Montevideo. Tenía 21 años y una pasión desmedida por la literatura y el fútbol.

Se había enamorado por primera vez de una ciudad, la misma que era escenario de una historia en un libro que lo había hecho llorar.

Benedetti entró del brazo de su esposa Luz, ambos cargaban encima un par de existencias infinitas. El pelo totalmente blanco, las enfermedades a cuestas. Cuenta Barrón que durante esos cincuenta pasos que la pareja dio desde la entrada del lugar hasta su mesa, su corazón se detuvo, su respiración se disipaba en pequeños espasmos imperceptibles. No reaccionó, no se movió, hasta que el joven mesero que le habría atendido desde las más de seis horas anteriores, le recomendó que hiciera lo que había ido a hacer y le aconsejó abordar al escritor justo después de que le tomara la orden.

Así fue; con nada más que sus recuerdos de cuentos, historias, y con la evocación  de la imagen que había creado de Satomé y Avellaneda, caminó hacia la mesa y le dijo a Mario Bendetti que quería hablar con él de fútbol.

El “ángulo de los perdedores”… justo ahí se sintió cuando de forma amable y educada,  Benedetti lo rechazó y le dijo que no tenía nada qué decir de algo que ni siquiera le interesaba. Como un puñal en el costado izquierdo, escuchó Barrón cómo el gran escritor lo mandó de vuelta a su mesa.

¡Qué hubiera sido de Carlos Barrón de no haber sido por esos treinta minutos de voyerismo involuntario!

Las manos de Luz acariciaban la cara de Benedetti y viceversa; comían despacio, como si ya no existiera el tiempo, como si todo lo que habían vivido hubiera sido suficiente para alcanzar este estado de tranquilidad milagrosa. Se acercaban ambos a los noventa años y seguían actuando como si se acabaran de enamorar.

“Benedetti se veía pequeño, frágil, viejo, débil. Y entraron; dos viejitos de la mano. La prueba más clara de que el amor existe.”

En la mesa, una servilleta se deslizó de las manos de Benedetti donde escribió algo con cierta ternura, para ponerla después entre las manos de Luz. Ambos sonrieron.

Tal vez la juventud y la historia del mexicano rechazado por su compañero, conmovieron a Luz, que  no paró de mirarlo desde su mesa dedicándole algunas sonrisas y miradas que no terminaba de interpretar.

Por fin, Benedetti se levantó de su mesa y le pidió a Carlos Barrón que se acercara…

– Yo no voy a hablar de deportes, entonces creo que no te sirvo.

– Bueno, entonces hábleme de amor.

– De eso sí que podemos hablar.

Y entre reproches literarios y largas historias que partieron desde las venas de “La Tregua”, Mario Benedetti y Carlos Barrón hablaron los poco más de treinta minutos más largos y profundos de la existencia del periodista.

A unos cuantos metros un viejo, un adulto y un niño los observaban desde la calle, atentos y recargados en el vitral. Eran tres generaciones de una familia aficionada al fútbol. Cuando levantaron la mano para saludar efusivamente a Benedetti, Barrón pudo distinguir que los tres vestían orgullosos la playera del Peñarol.

.- “Tiempo de compensación” es un libro de crónicas a nivel cancha, escrito por el periodista deportivo Carlos Barrón y editado por Almadía.

 

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